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miércoles, 18 de mayo de 2011

Lorca, tras la estela de una tragedia

Con las primeras luces del alba comienzo a preparar los pocos enseres que he decidido me acompañen (bolígrafo, cuaderno de notas, gafas, mi inseparable gorra y por supuesto mi cámara de fotos, calzado cómodo y prendas ligeras).
Mi casa está situada a unos 100 kilómetros del lugar de la tragedia, Lorca.
Confieso que a pesar de la cercanía no conozco la zona, aunque sí he pasado con motivo de otros viajes (Sevilla, Granada…) cerca de esta ciudad; mezcla de culturas y encrucijada de caminos, ostentando el meritorio título de Conjunto Histórico-Artístico gracias a su legado arquitectónico, verdadero emblema del barroco español.

Durante el trayecto el mar con ese azul que comienza a imaginarse va quedando a mi izquierda. La carretera es despejada y mis pensamientos se van abandonando entre bellos paisajes de mar y montaña que se van inventando para mí.

Apenas una hora ha transcurrido y a medida que me voy aproximando se va haciendo patente el trasiego de coches y vehículos. La ciudad ya se divisa al fondo. Lo primero que se nos descubre a lo lejos y frente a nosotros es la conocida como Fortaleza del Sol, bastión defensivo que marcó durante siglos la frontera entre el reino cristiano y el musulmán, atalaya que es la seña de identidad de la ciudad y su territorio.
Un paseo amplio donde cientos de vehículos en caravana nos vamos agolpando en el acceso a la ciudad. Apenas se avanza pero el tiempo de espera entre arrancada y arrancada es imperceptible. La vista se pierde buscando los detalles de la tragedia entre las fachadas de las primeras viviendas.
Observo personas formando corros, hablando, saludándose. Seguramente compartiendo sus particulares odiseas. Ante mí comienzan a aparecer los primeros estigmas de la tragedia. Fachadas apuntaladas, zonas cercadas y precintadas, bajos de edificios totalmente abiertos dejando desnudos los pilares. Es en ese momento donde uno comienza a adquirir conciencia del horror vivido por estas personas.
Quiero llegar, ya siento como deseo mezclarme con la gente, respirar esas calles, captar (si es que con una simple cámara ello es posible) todo el dolor y toda la tragedia que se vivió.
No sé donde debo aparcar, ni tan siquiera donde debo dirigirme. Ignoro si estoy cerca o lejos del lugar donde me gustaría estar. Hay muchas fuerzas del orden (Guardia Civil; Policía Nacional; Policía Local...) que van indicando y desviando a los vehículos por accesos señalizados al efecto. Intento pasar el control para adentrarme en el casco de la ciudad. Finalmente consigo separarme del resto de la caravana y dirigirme, llevado del sentido de curiosidad, hacía otro lugar. He llegado a una calle de las principales del núcleo urbano y es ahí donde decido aparcar el vehículo y disponerme a «empaparme» de emociones.
La calle es amplia, atravesada por una vía con doble sentido de circulación. Edificios relativamente nuevos de varias plantas. En los bajos comerciales se van sucediendo bancos, establecimientos de moda, bares, cafeterías, locales comerciales. Toda la calle dispone de mobiliario urbano y elementos decorativos que la embellecen: jardineras cuidadas, farolas,... Da la sensación de ser una calle de las llamadas principales, una arteria de paso obligado.

Lo primero que uno descubre al bajarse del vehículo es una extraña sensación, un escalofrío que recorre todo el cuerpo, al contemplar, en una primera mirada los daños de esas construcciones. Grietas en todas las fachadas; unas mayores otras menores. Grietas que como cicatrices atraviesan en todos los sentidos y direcciones las fachadas de todos inmuebles. Montones de escombros que están siendo recogidos por las cuadrillas de hombres que afanosamente están trabajando. A medida que voy recorriendo la calle voy reparando en escenas que captan mi atención. Escenas que en otro momento o lugar hubieran pasado desapercibidas. Una chica en la puerta de un establecimiento que callada contempla la escena, acaso pensando y recordando el fatídico momento cuando tembló la tierra bajo sus pies; dos personas que seguramente no se habían visto desde entonces fundiéndose en un sentido y solidario abrazo; esa madre que lleva a su hijo de la mano quizá mas apretado que nunca…

A medida que van pasando los momentos y uno se va sobreponiendo a ese primer impacto visual, comienzo a caminar dejándome llevar de ese sentido natural de orientación que uno se reconoce a si mismo. Todas las calles están cortadas o precintadas en su totalidad o en una buena parte de ellas. Las personas se amontonan en grupos –tertulias urbanas improvisadas– donde el tema de conversación es el mismo en cualquiera de sus múltiples variables.
El trabajo de limpieza y aseguramiento de las zonas peligrosas por parte de los equipos de trabajadores destinados a ello es ágil. Se trabaja con aparente organización, unos amontonan escombros, otros fijan paredes y fachadas, otros descuelgan definitivamente trozos de cornisas y revestimientos que caen produciendo sonoros estruendos al chocar contra el suelo. Profesionales con cascos blancos que auscultan las dolencias de todos y cada uno de los edificios, marcando con colores, como en la vida, (el verde: la esperanza, el mañana; el rojo: el dolor… el derribo) los instantes que vamos viviendo.
El trasiego de personas y de vehículos el grande. Sin embargo se respira en el ambiente un clima de vuelta a la normalidad. Los bares comienzan a llenarse; las tiendas van recuperando su habitual trajín.
Los rincones y las formas imposibles dejadas tras el temblor en casi todas las construcciones de todo tipo, comienzan a captar mi atención tras el primer impacto.
Con la cámara en la mano voy dejándome llevar. Es como si mis pies fueran siguiendo el rastro de miedo dejado por lo que a buen seguro tuvieron que ser aquellos interminables segundos de angustia e incertidumbre.
Voy pasando tras algunos precintos y me cuelo en iglesias que están siendo apuntaladas por los trabajadores que me miran con cierta extrañeza; en portales de edificios donde no hay nadie porque todos tuvieron de salir con lo puesto; en entradas a garajes donde la puerta solo se puede intuir entre el escombro; un graffiti llama mi atención (la imagen de una niña escribiendo) ya que la casualidad ha querido que imagen y escombro construyan un solo momento donde simbólicamente la niña parece estar pintando sobre el escombro; torres y campanarios «heridas de muerte» atravesadas por enormes grietas; fachadas totalmente derruidas formando un montón de escombro que impide ver la otra vivienda…
Un largo etcétera de momentos y sensaciones que ninguna cámara seguramente jamás podrá ser capaz de captar.
Quiero más, quiero adentrarme en las zonas donde el acceso es imposible. En aquellos lugares donde el horror se cebó. Lugares que permanecen total y absolutamente sellados al público.

Pienso que lo mejor, sin ambages ni rodeos es dirigirme al Ayuntamiento y presentarme a alguna autoridad correspondiente al objeto de solicitar me asignen una persona que me facilite dicho acceso. No en vano mi intención es intentar, en un sincero ejercicio solidario, mostrar y compartir el dolor dejado por este azote de tragedia. Al llegar a la Plaza del Ayuntamiento, comprendo que mis intenciones pueden esperar, son infinitamente secundarias, no tiene ninguna importancia en comparación a lo que mis ojos ven. Cientos de personas haciendo colas interminables que atraviesan la plaza de lado a lado. Personas que buscan una silla con una mesa donde apoyarse para poder escribir. Personas que explican y detallan a otras personas cómo hacer aquello que deben de hacer. Están rellenando formularios y documentos donde tienen que explicar y detallar todos los desperfectos de todo cuanto tenían, que en mayor o menos medida a todos afecta. Los hay que lo han perdido todo; con otros la fuerza de la naturaleza habrá sido un poco más compasiva. En las caras de todos se refleja esa resignada actitud que, acaso sin demasiada esperanza, decide volver a confiar en que todo pueda ayudar a volver a la ansiada y necesitada normalidad.

Esa plaza donde hoy todo el mundo escribe, también y como paradoja del destino, tiene una placa dedicada del pueblo de Lorca al genio de las letras D. Miguel de Cervantes.
La cola de personas es grande y va serpenteando sobre toda la plaza y sobre sus cabezas se divisan algunas estatuas de la Iglesia del Carmen mutiladas por el terremoto.
Trato, observando aquellas escenas, de ponerme en la piel de quién en apenas en 10 segundos lo ha perdido todo. Trato de hacerme a la idea de cómo o qué escribir en aquél papel para explicar «mis daños», cuando estos son, para quién los vive en primera persona, tan grandes.
Tan fuerte es el impacto de aquellos pensamientos y reflexiones, que finalmente desisto de quitar un solo segundo a ese responsable para dedicarlo a mi y mis intenciones, que por muy loables y solidarias que puedan ser, siempre serán infinitamente menores que aquellos a los que la urgencia en la restitución de sus bienes tanto apremian. Es por ello que continúo con esta dolorosa visita, sin terminar de desprenderme del nudo de la garganta.

Voy deambulando por calles donde inevitablemente se van mezclando las sensaciones. Calles estrechas –de toda la vida– adornadas con plantas y macetas multicolores (geranios, gitanillas; pensamientos...) en sus balcones cuidadas con mimo que dan un aire de alegría y hospitalidad, y que se ven mezcladas con montones escombros. La vida y el color junto a miseria y la destrucción, todo mezclado en un metro cuadrado. Quizá sea esta la mejor fotografía de la vida.
Finalmente y antes de regresar quiero ver donde están las personas. Quiero ver los campamentos. Ver como las autoridades –todas– se han volcado con los afectados. Es muy difícil llegar, los accesos están restringidos. Vivimos en el país de la picaresca y desgraciadamente ni aún en la desgracia mayor algunos «saben estar».
Aún así consigo llegar al recinto. Antes de llegar se divisan las enormes tiendas de campaña de los militares formando «mares caquis», (en mis años las conocíamos como las Parker, muchos buenos y malos momentos vividos entre aquellas rígidas e inmensas lonas verdes).
Tras aparcar el vehículo a cierta distancia del lugar, me dirijo a pié mientras voy buscando con la mirada algo que capté mi atención. Ciertamente y en la medida que me aproximo mis ojos van reparando en el gran despliegue de material y personal que ante mi se aparece.
Tiendas de Campaña de todos los colores agrupadas por misiones o responsabilidades: Blancas de la Cruz Roja; Naranjas de Protección Civil; Verdes del Ejército (heroica Legión); tiendas Blancas de distintos Consulados;…

Trailers y camiones, unidades móviles y punto de conexiones para TV y otros medios de difusión.
La puerta del recinto custodiada por miembros de la Policía Nacional y empresas de seguridad privada. Decidido a pasar me dirijo hacía la entrada y a la pregunta ¿Qué desea?, ¿motivo del acceso? ¿tiene acreditación? La respuesta es clara, rotunda y sincera:
–No tengo acreditación, no soy prensa, solo quiero entrar para hacer un «particular» reportaje, tengo muchos amigos y quiero contarles lo que he visto.
–¡Pase usted! –es la respuesta.

Una vez dentro del recinto de nuevo el alma en los pies. De nuevo la sensación de impotencia y tristeza. Es la hora de la comida o eso creo. Hay varias colas de personas –en su mayoría inmigrantes– que a pleno sol esperan. Dicen que están asignando unas pulseras para controlar a los damnificados de quienes llegados de otros lugares puedan no serlo. Aun así la escenas son impresionantes, mujeres con niños pequeños en brazos, hombres y mujeres hablando, callados,…

Me dirijo a la zona de las tiendas y calles entre ellas van formando, puertas de lona subidas frente a frente, separadas por unos metros. En ellas observo, teniendo la sensación de estar invadiendo con la mirada su forzada privacidad, personas sentadas en las literas preparadas al efecto; niños durmiendo bajo las atentas miradas de sus padres; otros jugando con un balón en el lateral de aquel improvisado hogar de lona: niñas que hablan con sus muñecas quizá contándoles aquello que aún no terminan de comprender.

Decido finalmente no hacer ninguna fotografía en ese lugar. Siento que estoy ocupando un lugar, una casa, (esto es lo que ese recinto es ahora para estas personas), a la que no he sido invitado. No deseo fotografiar el dolor o desconsuelo de una mirada. Prefiero quedarme con la esperanza de una pronta recuperación. Quiero que mis fotografías hablen de destrozos y daños… pero superables.

Salgo del lugar y en la puerta hay un pliego de papel pegado a la pared, donde se han ido dejando escritas las muestras de solidaridad y apoyo a estas personas. Y esto si quiero captarlo. Todo lo escrito en ese trozo de papel por grandes y pequeños, por hombres y mujeres por blancos o negros, por españoles o extranjeros, todo quiero que sea captado por esta fotografía. Sin duda esta será la fotografía de la solidaridad. Con esta me quiero quedar.
Es hora de regresar. Han sido varias horas de intensa emoción. Horas donde ha habido una mezcla de emociones y sensaciones.




Donde he llegado a comprender, una vez más, la fragilidad del ser humano frente a los desastres naturales. Donde he sentido el poco valor que puede llegar a tener las cosas materiales. Donde he podido ver personas haciendo grupo y unidas en la tragedia pero confiadas en la recuperación. Personas que sienten las pérdidas pero que han decidido continuar con la mirada puesta en el nuevo mañana. Y por supuesto me marcho con el recuerdo compartido de las victimas (9 vecinos) que dejaron sus vidas entre los escombros. Espero que estas letras, hayan hecho justicia al sentimiento que aquella mañana viví en Lorca. Sensaciones y emociones que fui descubriendo en cada calle y en cada mirada de cada persona con la que me crucé.

Quiero rendir con estas letras un sentido homenaje a las victimas de esta tragedia y un sincero abrazo solidario a todos los vecinos y habitantes de esta bella y gran ciudad.


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Reportaje (texto e imágenes): ©Juan A. Pellicer

Pueden ver el resto de imágenes de la catástrofe, tomadas por el autor, cliqueando en el siguiente enlace: http://www.los4murosdejpellicer.com/index.php?option=com_community&view=photos&task=album&albumid=111&userid=66&Itemid=54
 
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domingo, 15 de mayo de 2011

Èxit a la "Marató Poètica" de la Llibreria Catalònia



El tradicional recital (dins del Festival Internacional de Poesia de Barcelona) que, enguany, ha homenatjat la figura de Joan Maragall, ha reunit a fans, curiosos i abrandats d'aquell gènere literari mig oblidat i en desús anomenat poesia



Entre alguns dels poetes que coincidiren a la sessió del matí, es trobaven membres del «Grup de Viladecans», i col·laboradors d'aquest bloc (com Àngel Brichs o Txus Garcia).













Foto: Àngel Brichs, recitant un poema de la seva sèrie Maragallianes (14/5/2011).
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miércoles, 11 de mayo de 2011

Agenda cultural de mayo, II. Presentaciones e inauguraciones:




Inauguración de la Biblioteca Germán Dehesa. El próximo 13 de mayo a las 12.30 h en el recinto de la USBI-X. Organiza: Universidad Veracruzana (México).










Presentación del poemario Versos de azul, de Juan Antonio Pellicer, colaborador de LITERATURA DEL MAÑANA. En el acto también participarán algunos poetas (como María Dolores Anaya o Jerónimo Conesa), los cuales recitarán algunos poemas del autor. El próximo 19 de mayo a las 20.00 h en el Museo Ramón Gaya; Plaza de Sta. Catalina s/n (Murcia).




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domingo, 8 de mayo de 2011

Prosas escogidas, XV: Jorge Luis Llópiz


Los amantes


Después de tantos años de planear la fuga de la isla, los enamorados se abrazaron sobre la lancha. Navegaban en dirección a Cayo Hueso con la esperanza de vivir en una playa desprovista de rencor. Estaban a punto de lograrlo cuando los guardacostas americanos los detuvieron. En menos de cinco minutos, fueron esposados; y Ventura vio alejarse, una vez más, la posibilidad de vivir junto a su esposa en la costa de sus sueños.
El apresado había vivido en Cojímar casi un cuarto de siglo, preguntándose cómo sería la vida después del horizonte. ¿Estaría allí la felicidad? Muchas veces había intentado burlar la vigilancia de los guardacostas criollos y siempre lo sorprendían antes de entrar en aguas internacionales. Era conducido a la municipalidad y encarcelado por varios meses. No le importaba. Estaba buscando su dicha. Una vez le llegó casi sin proponérselo.
La suerte tocó a su puerta en las manos de su tío quien le enseñó, en esa instante, los secretos de la navegación antes de lanzarse al mar. Estaba vez ningún guardia, ni americano ni criollo, iba a apresarlo. Luego de navegar varios días por aguas desconocidas, ancló su ilusión en tierra firme. La arena de Cayo Hueso estaba en sus manos. La dejaba deslizarse entre los dedos mientras el viento la transportaba hacía cualquier parte del litoral.
Era, como lo había imaginado, un lugar paradisíaco con aguas cristalinas y arenas blancas. Palpaba su propio sueño; sin embargo, no estaba contento. Lidia se había quedado atrás en la ribera de su pasado. La última vez que la vio fue la noche de fuga en masa de los habitantes de Cojímar hacia las aguas de la Florida. Ese día su tío Matías le trajo la noticia. Le habían arrestado por escaparse en bote de la isla; pero lo soltaron, gracias a un nuevo decreto. El gobierno estaba dando luz verde para la salida ilegal del país. Cualquiera podía hacerse de una balsa, lanzarse al mar e irse bien lejos del litoral sin problemas con la justicia. Al principio el joven no le creyó a Matías. Su tío tenía unos ochenta años y fantaseaba con viajar a Tampa para reunirse con su hija; pero ¿cuál fue la sorpresa del sobrino cuando llegó a la playa? Bajo un pedazo de luna, pegada en una noche sin estrellas, encontró a una muchedumbre saltando y bailando en la arena. Todos cantaban la estrofa: «En el mar, la vida es más sabrosa; en el mar, se goza mucho más . . .», de manera acoplada como lo haría un grupo coral integrado, en este caso, por peninsulares y criollos. Era difícil para cualquiera en la aldea ver a los criollos compartiendo una canción en fuga con sus enemigos de siempre.
En medio de la algarabía nocturna, Ventura escuchó las palabras dulces de su tía Dolores: «Hace falta milagros para aliviar los rencores». Ella había conseguido con sus invenciones narrativas reunir en un mismo techo a chicos criollos y a peninsulares durante la época de los apagones interminables. Ahora, el enamorado era testigo del segundo milagro, cuando un vecino criollo le abrazaba y le invitaba a bailar. Toda esa alegría era un mazazo a la memoria de los peninsulares, repleta de injurias y de golpes; pero también, una prueba de que los odios podían abandonarse, como trastos, colgados en el olvido.

Ventura comenzó a construir su balsa, mientras su esposa Lidia le ayudaba. No era mucho lo que podía hacer. Estaba embarazada. A la hora de la partida, le prometió a su amada recogerla pronto. Llegaría a Cayo Hueso, buscaría trabajo; y con el primer salario, alquilaría una embarcación confortable. La recogería y navegaría sin peligro. Luego, vivirían felices del otro lado del horizonte. Nada parecía imposible para los amantes. Podían tocar el futuro de sus vidas esa noche de despedida. El soñador remaba, viendo a su esposa, con su panza grande, decirle adiós desde la orilla. Tuvo una extraña impresión. No era él quien se alejaba, sino su amada. Ella, sin moverse, se distanciaba, lentamente, de la balsa hasta convertirse en un punto más de la penumbra. Cuando una nube cubrió por completo el pedacito de luna, el mar fue una extensa llanura negra. La oscuridad densa y pesada no les permitía a los tripulantes divisarse entre sí. Los cantantes del estribillo: «En el mar, la vida es más sabrosa . . .», halaban los remos en completo silencio.
Dos años después, Ventura no quiso recordar la trayectoria. Muchos de los marinos no pudieron llegar. Algunos cayeron al agua, agotados de tanto remar y se quedaron dormidos en el fondo del mar; otros arrastrados, por las olas gigantes, eran separados de la balsa y se les veía agitar las manos a la manera de un adiós. El pichón de marino estuvo tratando de borrar esa maldita noche de sus noches durante largo tiempo. Todavía la tenía anocheciendo en su mente cuando había decido montarse en una lancha, recorrer el estrecho de la Florida y llegar al muelle de Cojímar para encontrarse con su amada. En esta ocasión nadie le impediría rescatarla del infierno.
Esa esperanza de reencontrarse con su esposa lo mantuvo siempre a salvo. Fue bálsamo para sus heridas, sobre todo las de las primera llegada, sin ropa, con ampollas en la espalda y casi deshidratado. Fue, también, el impulso para trabajar en una fábrica, sin apenas, estar recuperado. En una semana, ya tenía un puñado de billetes para alquilar una pequeña nave. Esta vez hizo el recorrido sin tanta zozobra, acompañado de otras embarcaciones. Los marinos navegaban alegres de reanimar los lazos de unión con sus familias. Cuando el amante llegó al muelle de Cojímar, allí estaba Lidia con su hija cargada en brazos. Había una línea de personas muy larga como una soga perdiéndose a lo lejos. El bote del esposo se iba acercando al dique donde los criollos del gobierno escogían a los viajeros.

Llegó al atracadero y hombres desconocidos abordaron la nave, mientras su mujer permanecía en la fila. No tuvo tiempo de protestar. Los guardias cortaron la soga de anclaje y la embarcación siguió su camino. El marido, parado en la proa, movía con fuerza los brazos prometiéndole a su esposa que regresaría. Así lo hizo. Apenas comió durante la semana para guardar todo centavo. Reunido lo necesario, alquiló de nuevo la lancha. De vuelta a la isla, tuvo un mal presentimiento. Algunas embarcaciones regresaban con poca gente; y otras venían vacías. Al llegar al litoral de Cojímar, los guardacostas no le dejaron desembarcar. Se tiró al agua para nadar hasta la orilla, pero los guardias lo capturaron y lo devolvieron a su bote.
Hacía dos años de su regreso involuntario a Cayo Hueso. Desde entonces, sólo sabía de Lidia a través de un grupo de fotografías. Las imágenes le aseguraban que seguía siendo bella. Ya lo tenía todo preparado. Un bote, con un motor fuera de borda, esperaba por él en el desembarcadero. Le había llevado meses y meses para poder comprar su propia lancha. En esta ocasión, no sería como la primera vez; nadie podría detenerlo. Sacó un permiso para pescar en las aguas del estrecho de la Florida en las oficinas de la flotilla americana. Saliendo a las cinco de la tarde, llegaría a Cojímar al anochecer. Ya se veía en los brazos de Lidia y, acariciando el cabello de su pequeña hija. Sólo quién había visto nacer, llorar, mamar, balbucear, gatear, caminar. . . a su hija, a través de las fotografías, podía comprender la ansiedad de un padre de estar cerca de ella, de sentir su presencia, su realidad.
La noche, a diferencia de aquella noche, tenía estrellas y una luna llena. Ventura debía navegar con cautela. Debía mantenerse en la jurisdicción de pesca hasta ver la nave de los guardacostas americanos pasando por sotavento. Le daría tiempo de perderse tras la marejada. Una vez a salvo tenía un nuevo reto. No ser capturado como a un pez por los guardacostas criollos dentro de las aguas territoriales. Se dejaría llevar —como se lo había recomendado Matías—, por la corriente del sur. Era una especie de atajo no custodiado por los marines. Lo seguiría con los ojos cerrados. Confiaba en los consejos de su tío. Ellos le habían salvado la vida en el primer viaje. En esa ocasión, una tormenta alejó a la balsa de su rumbo a la Florida; y la embarcación comenzó a dar vueltas en un pedazo de mar. Las corrientes empujaban la balsa varios kilómetros y luego, la regresaban al mismo lugar.
Los remeros estaban mareados y agotados. El sobrino, recordando las enseñanzas de Matías, salió del encierro marítimo. Encontró el pasadizo de agua para desembarcar en la playa de Cayo Hueso.
Dos años después, el mar estaba tranquilo y había cientos, tal vez, miles de estrellas en el firmamento. La luna se reflejaba en el agua para descubrir a los peces sacudiendo sus aletas. Era una escena maravillosa. «Tantas estrellas», pensó el navegante, y millones de ojos sin verlas. ¿Para qué Dios se había tomado el trabajo de hacerlas? No podía olvidar los insultos de los criollos, ni tampoco el amor por su familia; por eso, ahora, tenía puesto el timón rumbo al sur para recoger lo más importante de su pasado. Iba pensando todo eso y, muchas otras cosas más, cuando las luces del pueblo de Cojímar se vieron en la lejanía. Había tenido suerte, ningún guardacostas lo había sorprendido.
Después de tocar la arena de la playa, el marino se encontró con la amada. ¡Qué linda estaba! La abrazó, la besó, la olió todita como hacía tiempo no lo hacía; y tocó, por primera vez, a su hija. ¡Sí, era real! ¡Era más bonita que en las fotografías. La abrazó, suavemente, para no despertarla. Debían marcharse pronto y se subieron en la embarcación. Delante de ellos estaba el horizonte, con un trozo del edén, y atrás quedaba la costa de sus ancestros.

La nave se deslizaba, velozmente, en dirección a Cayo Hueso. Los amantes abrazados se besaban, lentamente, como queriendo aliviar tantos años de soledad. Fueron tantas las caricias que el amante se le olvidó enseñarle a Lidia las estrellas de Dios. Pocas horas después ya divisaban la costa de la Florida. Casi amanecía cuando una lancha de guardacostas americana apareció en la distancia. Se vistieron con premura, y los marines abordaron la embarcación. Ventura le mostró el permiso de pesca; y el guardia, al ver a la niña durmiendo en el camarote, preguntó por los papeles de los pasajeros. De nada le valieron sus explicaciones. Las pasajeras eran sus seres más queridos. Las había rescatado del mismo infierno. Ya no serían vapuleadas, otra vez, por el rencor de los criollos. Fueron muchas sus razones; mas los guardacostas no las escucharon. Los apresaron a todos.
Meses después el reo salió de la cárcel. Los jueces dictaminaron su inocencia. No era un traficante de personas, ni su embarcación servía para transportar drogas. Con la sentencia de libertad en las manos, Ventura preguntó por su esposa y por su hija.
Las habían deportado para Cuba. Estaban ilegales. Fue una respuesta como un martillazo en la cabeza. Lo había dejado aturdido, perdido en una calle de la ciudad. Estaba mareado, como el día de la tormenta en el mar, y comenzó a dar vueltas a la misma cuadra varias veces. Si no hubiera sido por el instinto marino, heredado de su tío, se habría quedado para siempre encerrado entre las cuatro esquinas de aquella manzana de concreto.
Otra vez, el empecinado marinero contempló el horizonte desde la playa de Cayo Hueso. Debía completar la geografía de su paraíso. Echó, de nuevo, el bote al agua y puso proa rumbo a Cojímar. ¿Cuántas veces tendría que hacer la misma travesía? No lo sabía; pero estaba confiado. Esta vez, Lidia y su hija llegarían a la tierra anhelada. Sus antiguos ancestros le ayudarían, sobre todo, Matías, el viejo lobo de mar, la única persona que sabía el secreto de las corrientes marinas.








Jorge Luis Llópiz (Cuba, 1960) es gradudado en Filología por la Universidad de la Habana. Entre algunas de sus publicaciones podríamos destacar el ensayo La región olvidada de José Lezama Lima (1994), o Los papeles de Ventura (2010), una antología de relatos del que Los amantes, cuento que le publicamos hoy en LITERATURA DEL MAÑANA, está entre ellos. También lo sabemos colaborador de revistas digitales como Letralia, La Habana Elegante, o El ataje, entre otras. Desde 1995 vive en Estados Unidos donde, en la actualidad, ejerce como profesor en una escuela del Estado de Texas.
En 2002, su relato La gloria eres fue elegido como representativo de la literatura cubana escrita fuera de Cuba.



Relato, fuente para la reseña y foto: ©Jorge Luis Llópiz


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Prosas escogidas, XIV: Tomás Juárez


Chicles eran los de antes

Mi abuela Rita decía que mascar chicles era bueno para los dientes, que ella jamás había tenido caries, que no usaba cepillo ni pasta dentífrica. Recuerdo que compraba sus gomas de mascar en una distribuidora del Mercado Sur y las escondía en su dormitorio, a resguardo de manos traviesas.
Tenía un hábito curioso. Cuando terminaba de almorzar se sentaba en una vieja poltrona de madera y, durante un buen rato, mascaba un chicle doble Zambomba que luego guardaba adentro de un pañuelito para volver a usarlo a la noche. De esa manera, un chicle le duraba una semana.
A veces me convidaba uno; otras veces yo los robaba. Así, durante años, me especialicé en inflar globos inmensos que explotaban en mi cara, siendo imposible quitarlos de la nariz sin recurrir al agua caliente.
Debo reconocer que mi abuela era una persona muy buena. Yo era un mocoso insoportable. Sin embargo, ella me colmaba de privilegios: preparaba mi merienda para el colegio, mantenía mi ropa prolijamente planchada y mis zapatos impecables. Pobre, con las tareas escolares nunca pudo ayudarme porque era analfabeta.
Heredé de ella una caja casi completa de chicles dobles Zambomba. Heredar, lo que se dice heredar, no es lo más ajustado a la verdad. En realidad yo me sentí su albacea natural y después del entierro, sin que nadie me viera, entré a su dormitorio y me apoderé de los chicles para luego esconderlos en un pasadizo secreto de mi ropero. Eran tantos, y tanto el tiempo que los hice durar, que aún hoy me quedan algunos.

Años después de la muerte de mi abuela, al terminar la escuela secundaria, conocí a Angelina. Una muchacha muy agraciada que logró despertar mis primeras fantasías amorosas.
Ustedes pensarán: ¿Qué tendrá que ver mi abuela Rita, los chicles doble Zambomba y aquella muchacha? Ahora paso a contarles:
Vivíamos en un barrio con una plaza hermosa rodeada de canteros, mucha vegetación y banquitos de cemento separados por un laberinto de ligustrines que se prestaba a la privacidad de los enamorados. Una tarde invité a Angelina a tomar un helado con toda intención de intimar y, para mi sorpresa, aceptó rápidamente pero con la condición de que fuésemos acompañados por su hermano, un salvajito insoportable que no nos dejaba ni a sol ni a sombra.
Recuerdo que en un momento Angelina se agachó para recoger una lapicera y al ver que yo miraba las piernas de su hermana, el mocoso comenzó a burlarse de mí diciendo repetidamente:
–Calentón, calentón, sos un gordito calentón...
Al cabo de varias semanas, la situación resultó insostenible: cada vez que tomaba la mano de Angelina o estaba a punto de besarla, la cabecita hirsuta de su hermano se interponía entre nosotros y, haciendo sordina con las manos, decía a viva voz:
–¡Están de novios! ¡Están de novios!
Una tarde, harto, llegué a plantearle a Angelina que lo nuestro no podía seguir así, que debíamos ir solos al cine o andar en bicicleta por el parque, que su hermano era un incordio, que no lo aguantaba más. Ella me dijo que esa era la única manera de seguir viéndonos, que jamás nos dejarían salir solos antes de cumplir los dieciocho.
De nada valieron mis maniobras extorsivas de compra de helados, algodones de caramelo o vueltas en una calesita ubicada a unos pasos de donde solíamos sentarnos. Digo «solíamos» porque después de aquellos intentos fallidos comencé a pergeñar un plan definitivo para deshacerme del insecto.
Yo había observado que el pequeño Belcebú comía chicles saborizados e intentaba hacer globos sin lograrlo. Comprendí que el problema no era él: los chicles eran de mala calidad y por más que soplaba y soplaba, siempre se reventaban. Fue entonces cuando recordé que aún me quedaban algunos chicles de mi abuela Rita.
Al día siguiente volví a la plaza, al mismo banco, siempre en compañía de Angelina y de su hermano, pero esta vez con cinco chicles dobles en mi bolsillo. Angelina alcanzó a comentarme que le había ido bien en su examen de matemáticas e inmediatamente se levantó para saludar a unas amigas que se habían reunido en la esquina de la plaza. Como desde allí no podía verme, aproveché para llevar adelante mi estrategia y, sonriendo falsamente, le dije al enano:
–¿Sabés por qué no te salen los globos?
–A mí qué mierda me importa –contestó.
Sin inmutarme, saqué un chicle doble Zambomba del bolsillo y, como lo había hecho durante años, comencé a masticarlo haciendo globos inmensos.
Finalmente logré sorprenderlo, sus ojos se desorbitaban de curiosidad empujados por miles de diablitos interiores.
–Es una vieja técnica que me enseñó una bruja –dije sin darle mayor importancia.
Continué haciendo globos de distintas formas y tamaños mientras el pequeño demonio, gritando, requería caprichosamente:
–¡¿Cómo lo hiciste?! ¡¿Cómo lo hiciste?!
Miré por encima de los canteros con flores: Angelina aún conversaba con sus amigas.
–Lo primero que hay que hacer es tomar mucha gaseosa para que se te hinche bien la panza. Después, masticar un chicle doble Zambomba, no uno de esos pedorros que mascás vos. Tenés que ablandarlo bien y ubicar la goma entre los dientes y los labios. Así, respirando por la nariz, empujando con la lengua y soplando por la boca, podés hacer globos inmensos; tan inmensos que hasta podés volar con uno de ellos si seguís soplando y te agarrás fuerte con las manos… En el bolsillo tengo un par de chicles de los buenos. ¿Querés probar?
Desbordado por la curiosidad, asintió pícaramente.
Como un rayo crucé la plaza, entré al maxi-kiosco y pedí una botella de Coca grande. «Al natural», dije al encargado. Sabía que con esa temperatura, haría mucha más espuma al tomarla. De inmediato volví a la plaza.
El mocoso me esperaba con una sonrisa que jamás olvidaré.
En menos de cinco minutos, Belcebucito se tomó toda la Coca y comenzó a masticar los chicles vorazmente.
–¿Sabés qué? Si querés volar alto, tenés que respirar y soplar, respirar y soplar…
La última vez que lo vi, iba muy contento colgado de un inmenso globo naranja que el viento empujaba hacia la iglesia. Lamentablemente, al rozar el campanario, fue perdiendo altura y cayó abruptamente en el patio de las monjas.



 


Tomás Juárez Beltrán, natural de Córdoba (Rep. Argentina), es uno de esos story-teller que poco abundan. Su prosa, ágil y elaborada, argumenta acerca de las different minds de la población del campo respecto a la de las ciudades, sendas presionadas, siempre, por esa rueda que todo lo mueve, sujeta a los cambios que incentivan la modernidad; eso sí, ejercida –a semejanza que lo hiciera Bartelme– con las exiguas y peculiares formas que caracterizan a ese género llamado metaficción.

Al margen de sus colaboraciones en prensa latinoamericana y española ha publicado diferentes antologías de cuento, de entre las que podríamos destacar: Historias enmascaradas y otros sucedidos (El Emporio Ediciones, 2006), El Mal Ejemplo y otros cuentos Urbanos (Ediciones del Boulevard, 2000), o más lejanas en el tiempo como Cuentos ásperos (Lerner Editora, 1992), entre otras.





Relato, fuente para la reseña y foto: ©Tomás Juárez Beltrán


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Prosas escogidas, XIII: Teresa Reyes

LA OTRA CARA
(Pandémica sin zeleste)

Pasa en las noches en que el bourbon ablanda tu caparazón de tortuga vieja y divagas sobre el amor. Entonces repites que para saber de amor es necesario haber estado solo, insistes en lo de las cuatrocientas camas diferentes… Yo te escucho entre brumas, mientras continúas tu discurso de siempre, inmerso en la humareda de los puros que fumas a compás de trago. Examino los surcos que dibujan tu rostro, los veo como muescas en la pistola de un asesino a sueldo. Cuando vuelves a casa, después de una de esas noches de cazador de orgasmos, aparece otro pliegue que acentúa tu expresión de hombre insaciable y solo. Luego, queda el frío y el silencio, hasta que llega otra noche en la que comulgas de nuevo con la botella y me dices, otra vez, lo del tierno amor para dormir al lado.






Teresa Reyes es la alegoría de esa mujer emprendedora, pero sensible y amante de las letras, que poco abunda ya entre sus compañeras de generación. De naturaleza polifacética, es la actual propietaria de la popular coctelería-restaurante Margarita Blue, en el «Gótico barcelonés». Hábil instigadora de la diversión, apego que hace bien a su nombre con las numerosas actividades conque ha lanzado su local; sólo le faltaba a esta madame de la bohemia barcelonesa cotizar en el nada generoso mercado bursátil de las «artes muertas» (de las que la poesía, dentro de la literatura, es la reina).
El texto que nos trae, es una readaptación del poema Pandémica y celeste (de Jaime Gil de Biedma) visto, no como réplica autocopiante, sino como un espejo deformado de esa tosca realidad social-literaria que los versos del de Barcelona en sí mismos ya traían. Un relato compuesto como resumen que se nos muestra como un retrato arrogante y canallesco de la promiscuidad, fruto experimental —cómo no— de uno de esos talleres literarios que se acentúan en nuestros días (lo que se traduce en una suerte de revisionismo, imantado con la percepción literaria del cronista, o sea, del segundo autor).

 
Relato, fuente para la reseña y foto: ©Teresa Reyes 

 
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viernes, 6 de mayo de 2011

Amigos e íntimos

A menudo, algunos confunden la amistad con algo más. ¿Cómo es posible si no, que dos desconocidos se inspiren una confianza inusual que les acabe dando apoyo emocional y ganas de compartirlo todo? En el mundo que hoy día conocemos, es mucho más fácil esconderse de los demás y autosometerse, cabizbaj@, a todo aquello que no tienda a resucitar esos viejos temores (por no decir tabúes) que todos guardamos para sí. Debilidades y complejos que nos precipitan a una ausencia mucho más dolorosa que la de un amor perdido: un desequilibrio anímico que nos llevará, irremediablemente a la soledad, y a una pérdida de autoestima que, frecuentemente, relacionamos con un fenómeno que es ya moneda de cambio de nuestra sociedad: el individualismo.

Pero si vivir solo no es bueno, y para ello gozar de unas buenas amistades puede sugerir inteligencia, también es necesaria una buena dosis de «razón propia» para mal interpretarla como el sustrato de una posible relación. No funcionaría. Muchos se pavonean de tener amigos pero nunca dejan espacio para buscar una «pareja real». Y se jactan de estar con chicas. Se autoconvencen de algo que ni siquiera existe. Para eso mejor tumbarse en casa, hojeando una Playboy (vendría a ser lo mismo que estar solo). Traspasar la frontera e ir más allá, eso sí que es coraje; por ello la mayoría, al verse presionados buscan, en sus instintos más viscerales, el placer que no pueden alcanzar. Una falsa estabilidad que alude a una insatisfacción e infelicidad personales, la cual es apoyada por un canal transmisor usado desde siempre: el sexo.

Por último —como siempre— tenemos el amor. Un concepto inmaterial, pero inmanente de la persona, el cual ejerce su poderoso influjo mediante un proceso bioquímico sin aparente sentido. ¡El colmo de la irracionalidad! Aunque gracias a este fuerte estímulo y la habilidad de cada cuál para comprenderlo conseguimos el fruto esperado de toda vida humana: la convivencia. Al fin y al cabo, tan sólo se trata de matemáticas: instinto (-) + irracionalidad  (-) + razón (+) = relación (+).



Artículo: ©Ángel Brichs
Imagen:  ©Wikimedia Commons (Bobi Bobi)


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Poetry on blog XXXI: Ángel Brichs



















Wind, fast wind


froze our veins


hung in the arms


in the mind


on the spirit


on the lack


and the lies...






Storm that lives,


our future has gone.









Poem: ©Ángel Brichs
Photo: ©Wikimedia Commons




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Una visión neoliberal de España: "Historias de un pueblo"


En la tónica de esa nueva interactividad que nos ha dado Internet; Ibiza Melián es una de esas nuevas autoras que han hecho del post su canal de publicación preferido. Hecho que tampoco ha quedado al margen de la política, donde se ha visto —desde los últimos comicios generales en España— una euforia progresiva por dar un especial protagonismo a las nuevas herramientas comunicativas venidas con el nuevo milenio. Y es precisamente en un blog, el de la autora, donde ésta suele proyectar sus futuras publicaciones, donde se ha forjado uno de sus últimos engendros, Historias de un pueblo (Editorial Bubok, 2010). Un relato político que pretende descubrir, más allá de los sinsabores expresivos (un tanto cáusticos) propios de la literatura política, unas —como diría Nietzsche— cuestiones intempestivas, que a la vez son algunos de los interrogantes que los españoles han llevado a cuestas a lo largo de generaciones, en espera de una solución que nunca llega. Planteamientos que nacen, como nos expone Ibiza en su introducción:


«[...] Historias de un pueblo nació con vocación de hallar una respuesta para determinada pregunta que me hacía insistentemente: ¿por qué nuestra situación democrática vigente se ha desvirtuado considerablemente? Y más aún, ¿por qué siendo de tal gravedad las circunstancias por las que atravesamos, no existen apenas debates sobre la concreta cuestión? Apoderándose de nuestro ánimo una pueril huida hacia delante.
Una reflexión que me llevó, de la mano de las vicisitudes de unos personajes, acaecidas en un hipotético pueblo español, Matahambre, a abordar los principales problemas que corroen los cimientos de nuestro Estado y que comienzan por el primer escalón, los Ayuntamientos [...]».




Unos razonamientos políticos que buscan en la comparación de dos grandes épocas políticas liberales (la restauración y la democracia), el nodo con el que recabar en un regeneracionismo, un poco a ultranza, e incluso tardío, pero necesario en un país como España, en que el curso de los acontecimientos de estos últimos años la ha puesto al borde del colapso económico.
Ideas, utopías, realidades, impulsos y deseos de renovación de lo antiguo para crear algo nuevo. Contrapuntos que llaman a nuestras conciencias (o a las de almenos esa parte de la población que aún le preocupa la política), a pocas horas de empezarse la campaña final que las distintas formaciones políticas lanzarán en las próximas municipales. Unos comicios que siempre se caracterizaron por su carcácter populista y quizás, los únicos, donde las pequeñas ideas obtienen esa, a menudo, buscada respuesta.




Título: Historias de un pueblo
Género: Novela política
Autor(a): Ibiza Melián
205 páginas
Ed. Bubok, 2010

Disponible en e-book y en papel desde el siguiente enlace:



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lunes, 2 de mayo de 2011

Agenda cultural, I (maig de 2011). Recitals, fires, xerrades i subhastes:

IX Fira Modernista.
Els propers dies 6, 7 i 8 de maig d'enguany, com ja és habitual, Terrassa remmemorarà el seu llegat modernista, amb tota una sèrie d'activitats adreçades a tots els públics, de les que en podríem destacar (d'entre les dues-centes que es preparen): el partit d'època de hockey sèniors, en commemoració del centenari del C.D. Terrassa Hockey (al pati de l'Escola Pia, al Carrer Col·legi, 14), el dissabte 7 de maig, a les 17.30 h; o el fastuós gourmet «Absenta, musa, creps i modernisme» que s'ha organitzat a la casa modernista de l'entitat Creativitat Arts (a la Rambla d'Ègara, 71), on s'elogiarà la vessant cultural del modernisme tancant-se, el diumenge, amb una exposició de pintura ràpida, on es mostraran les obres que els artistes crearen el dia anterior



Sopar-tertúlia: «Càtars, catalans i occitans», a càrrec de Bertan de la Farge. El proper 10 de maig de 2011 a les 19.00 h a l'Ostal d'Occitània; 11 rue Malcosinat (31000 Toulouse). Es prega confrmar l'assistència abans del 6 de maig a: contact@cadrescatalans.com  , 06 76 59 22 53 o http://www.cadrescatalans.com






Marató Poètica en Homenatge a Joan Maragall (organitzada per l'AELC i coordinada per la Llibreria Catalònia). Com cada any, la Llibreria Catalònia (Ronda Sant Pere, 3) organitza la Marató Poètica en homenatge a un poeta de la nostra tradició. Enguany hem pensat en Joan Maragall. La Marató Poètica serà el dia 14 de Maig de 10 a 20 hores, en torns de cinc minuts per persona, per tal que tothom que ho desitgi pugui retre el seu particular homenatge al poeta. Per a inscriure-s'hi o demanar més informació, contacteu amb el Sr. Jordi Valls a la següent adreça electrònica: catalonia@llibreriacatalonia.cat




Intercanvi i subhasta de col·leccionisme. El proper dissabte 21 de maig de 2011 a les 6 de la tarda a la seu social de l’entitat, Rambla d’Ègara 340 2a (Edifici  «Centre Cultural») de Terrassa. Podeu descarregar-vos el llistat de béns que s'exposaran, a l'enllaç següent: http://ateneuterrassenc.terrassa.net/files/3-4053-annex/llistat_subhasta_correu1.pdf












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domingo, 1 de mayo de 2011

Lo sagrado de las pequeñas cosas (artículo)

Ernesto Sábato fue un hombre a la altura de su tiempo, un soñador con los pies en la tierra. Su trayectoria está signada por decisiones trascendentales, que a la vez lo vuelven un profeta. Haber tenido en sus manos la bomba atómica que después se usó en Nagasaki y Hiroshima lo marcó para siempre. Un poco de ese Sábato físico, de laboratorio, voló por los aires en Japón y con esos huesos, de aquel agosto del 45, decidió, sin más amor que el de la palabra, escribir a favor de la naturaleza humana sin miedo a la muerte.

Quienes leímos con pasión sus libros, en nuestras horas adolescentes, adultas, nos enfrentamos de golpe con nuestras propias esperanzas, oscuridades, fragilidades, recorriendo laberintos y lugares y sentándonos en un banco de Plaza Lezama para entenderlo. Darnos cuenta de nuestras propias miserias, incapacidades y de lo mucho que todavía nos falta para hacer una sociedad justa no es tarea fácil. El escritor hacía que tomemos conciencia del valor de la palabra por sobre los actos de prepotencia, que avasallan nuestra dignidad, contra los que necesitan levantar la voz para imponerse por la fuerza del dinero.

Ernesto Sábato nos enseño un camino para la paz y la concordia. Existencialista, ateo, hacedor de lo sagrado de las pequeñas cosas cotidianas, leer para él era un gesto a favor del género humano, porque pensaba que el encuentro con los otros salva, abre la integridad del alma y nos permite vernos en un espejo.

Muchos pensarán que sus libros hablan de la oscuridad, de cosas macabras, de pesadillas inabordables, de ciegos, de informes, de procesos, de amores contrariados; pero cuando el maestro escribe sobre esto lo hace para enseñarnos el camino de la luz, para hacernos tomar conciencia que nuestra existencia, aún estando sumergida en el ahogo de la propia voz, siempre tiene salida porque existe el amor, la espontaneidad del abrazo. En esto se visualiza esa Fe demencial que tenía por creer al hombre capaz de la solidaridad.

Acorde a su pensamiento, decidió enfrentarse y ver el horror de la última dictadura militar, cara a cara, aceptando participar de la redacción del Nunca Más. Asumió la tarea con valentía y no renunció, ni claudicó. No necesitó falsear la historia para escribirla, lo que habla de su coraje. Su encuentro con el testimonio del dolor le permitió comprender, llorar, creer más. Trabajar por la justicia era hacer lo que pensaba porque su corazón buscaba como un náufrago el calor de la vida.

Escritor de oficio, de trabajo, obrero de la expresión precisa, Don Ernesto Sábato nos deja con una gran responsabilidad, una tarea titánica por cierto, la de retomar sus libros, todas sus palabras y hacerlas florecer, para que podamos tener la valentía, que el sí tuvo, para construir una sociedad justa, más humana, que recupere el valor sagrado de la amistad, de la conversación, de la dulzura, de la política, de la existencia misma.
 
(Breves palabras acerca de Ernesto Sábato, desde el Círculo de Escritores del Comahue)



Artículo: ©Santiago Ocampos
Imagen:  ©Wikimedia Commons



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