¿Qué lecturas os seducen más?

jueves, 30 de junio de 2011

"Reencuentro con Juan", una novela existencial

A caballo entre la autoayuda y un existencialismo vacuo (con un cierto regusto a la narrativa española y europea de la segunda mitad del XX, algo presupuesto por la «writing age» del autor), Julián Melero nos trae este alegato a la madurez del hombre; una visión dual (en cuerpo y espíritu), para profundizar en algunas de las cuestiones que amenazan nuestra paz interior (estrés, trabajo, familia...).

Un relato filosófico-existencial, con numerosos diálogos, que busca aquel estado de consciencia absoluta (lo que en yoga se denomina «vacío corporal»), lejos de la insidiosa afluencia irracional de pensamientos causados por nuestra rutinaria vida, al tiempo que todos los «actos reflejos» que se derivan de aquélla. Y para conseguir eso, el personaje principal decide huir al campo, en busca de ese «beatus ille», de una tranquilidad que ni el calor del hogar ni su ajetreada vida logran darle. Y he allí, en lo primario de nuestros orígenes, donde se reencuentra consigo mismo:



 
«[...] Tomaba un café al lado del fuego, miré hacia el cielo. Éste estaba lleno de estrellas y la luna en fase creciente. Percibí en aquella soledad de la noche un cierto calor como si en realidad no estuviera tan solo. No sentía miedo ni reparo. Me encontraba a gusto y bien conmigo mismo, el entorno estaba tranquilo. Estuve observando aquello que podía ver en la oscuridad, sólo cortada por la luz de la hoguera durante un buen rato. Me noté cansado y decidí irme a dormir. Arropado en el calor que producía el saco de dormir, cerré los ojos y me vi en...[...]».



(Reencuentro con Juan; página 19)

Con el acicate del exotismo de culturas lejanas, y un argumento que se debate entre el género de aventuras y las incursiones en el mundo de lo onírico, Julián Melero enebra un croquis literario muy común de aquellos escritores tardíos que necesitan páginas para expresar aquellas experiencias que la vida les ha dado, sin mostrar más trascendencia que en la habilidad autodidacta de cada cuál para dilucidarlas en el sentido más poético posible.


Reencuentro con Juan

Género: novela

Autor: Julián Melero

Editorial: Ediciones Dédalo, 2010

ISBN: 978-84-934853-1-3

120 páginas

Precio: 5,79 €
(en la versión e-book, descargable en www.lulu.com).
Para comprar en papel, consultad: www.julianmelerotienda.blogspot.com  







 

Un alegato ciber-literario: "La niña de las naranjas"

Caracterizadas por su fuerte individualismo, las bitácoras (o blogs), se nutren de todo pensamiento cazado al vuelo y se nos muestran, a las puertas de una época donde el papel empieza a verse una reliquia del pasado, como una herramienta pseudoliteraria cargada de un narcisismo desenfrenado:




«[...] El saber que no somos como los demás y esa mezcla de querer-y-no-poder. Muchas veces empezamos no dando la nota. Siendo siempre la calladita y tímida del colegio. Hasta que te das cuenta que los demás no muerden, y que tú tienes unos dientes hermosísimos.

Y mordemos. Pero luego no sabemos parar las hemorragias ni que los demás muerden a matar. Es entonces cuando empezamos a observar todo lo que nos rodea. Nos gusta y lo aborrecemos casi a partes iguales. Unos se tragan las palabras y no las vomitan en su vida, y otros las empiezan a digerir. Y escriben. Y crecen, aunque nos duela, crecen. Porque es agradable ver cómo hay alguien que lo ha pasado tan jodidamente mal como tú lo has hecho en tiempos. Por supuesto que sé el final de la historia, pero no me quiero poner maternalista, más que nada porque llevo seis cervezas y mi cerebro ya no asume nada. Y menos dar moralejas. Cerraré el ordenador pensando lo que siempre hago cuando leo a Awi, y es que me recuerda-tanto-a-mí... Que no me queda otra más que amarla [...]».
(La niña de las Naranjas, prólogo; página 8)

El libro-blog, todo un híbrido literario que aún no ha llegado a la pubertad, es algo así como una adaptación autocopiante de lo que ya se ha leído en formato html; un ejemplo (como vemos en el caso de Bañares) de lo que el «fenómeno blog», en cuanto a la satelización de la escena social-literaria, quiere dar a conocer. Ante todo, una nueva herramienta que hace de la escritura algo más que una fuente sociológica de nuestra existencia; un estado de ánimo que hace entendernos, quizás, un poco más. Y todo ello, rezando dentro de una narrativa experimental, aun en una cierta línea entre el underground o la metaficción, y el biópic más convencional. Una forma de incursionar dentro del estilo de vida y pensamiento de la generación @, lo que nos ayuda a entender algo más el mundo de lo visual en el que vivimos:


«[...] He aquí La Niña De Las Naranjas:
La más grande.
El exponente máximo, máximo exponente, del egocentrismo
más explícito.


Hipocondríaca y Feliz.
Vivía Feliz la Sirena con SIDA.


Como lo siento ajeno a mí, lo quiero más.
Me dan ganas de arrancármelo y guardarlo en un tarrito
de cristal.


Para sacarlo de paseo y presentarlo en sociedad:
He aquí mi corazón, reemplazado por un vibrador.
Se ha dormido, se ha ido [...]».
(La niña de las naranjas, fragmento del poema Insensible; página 9)


Frente al esnobismo calculado que traspúan sus relatos, esta obra ofrece un cariz muy real, en la que se reflejan las —a veces, e inverosímiles— reflexiones de toda esa generación que ha hecho de las redes sociales un medio de vida. Un apoyo logístico que ha visto nacer un nuevo género literario (aún sin catalogar), pero conocido por todos nosotros (el blog). Un ensayo econarcisista que vierte en ese nuevo canal que es Internet, toda una serie de experiencias, a menudo cargadas de un gran egocentrismo pero que conlleva, explícito, algunos capítulos de gran agudeza sentimental, donde se pierden todos los miedos y nos desinhibimos por completo.



El libro, en su contenido, pese a las numerosas paráfrasis sin sentido y veleidades bordadas en una sucesión de temas dispares sin orden ni control, se añaden junto con el proceso de «cortar y pegar», en toda la literalidad del término, llevando al mundo del libro neologismos, locuciones y conceptos que solamente vemos en la red (como vemos en el Epílogo, con la inserción íntegra de un mensaje recibido por E-mail, las fotos que visten el blog original de la autora, o conceptos crípticos como Photofinish o Follamigo).
Preceptos muy a tener en cuenta en este «género saliente», el cual, dado su liberalismo, está sujeto a un número insospechadamente indeterminado de mutaciones, en su mayoría subproducto de un individualismo prejuicioso que todo lo envuelve y, que, a su tiempo, es el argumento suficiente para definir esta sociedad súper monopolizada y altamente competitiva en la que vivimos. Y el colmo de todo ello podría resultar ser el poema de Bañares Over Me, que, sin duda alguna nos lleva a esa soledad categórica, fruto del desánimo provocado, en parte, por nuestra rutina diaria; una singular característica de esta «generación perdida» que ha visto de lejos a Remington Steele, odia a Pipi Länstrum y recuerda, con nostalgia, a El club de la lucha:


 
«[...] Siento el calor de tu cuerpo.



Ardes.


Y yo tengo tantísimo frío...


Al cerrar los ojos sólo veo lucecitas de colores,


pequeños destellos, puntitos diferentes que se mezclan


y rehúyen.


Continuamente, van y vienen.






Esta cama está helada. Todo mi cuerpo tiembla, y me agarro a ti.


Tengo tanto frío que apenas siento mi cuerpo.


Sólo somos mi mente y tú.


Sólo te siento, y ni siquiera eres tú.


Estás en mí, pero estás ausente.


Estás en mí: desapareces[...]».


(La niña de las naranjas, poema Over Me; página 11)




Compartir nuestras vidas, de forma indiscriminada, es un precepto de esta generación de bloggers, treintañeros con una fuerte dosis de cultura en la mollera y un empleo deficiente con el que no suplen ni un 20% de sus expectativas vitales (en cuanto a su formación académica se refiere); chicos(as) que necesitan de un terreno más amplio en el que dar rienda suelta a sus temores, y deseos, una autopista de seis carriles por banda con tránsito fluido y libertad total para adelantar y acelerar. Ello lo han encontrado en Internet, y el vehículo que conducir, el blog, el medio por el que darse a conocer y expresarse sin trabas.

Y autopublicar es algo que siempre está sujeto a una ineludible dosis de autobombo y egocentrismo exacerbado, al tiempo que aflorar los sentimientos, como hace en su blog Awixumayita (Adriana Bañares), también conlleva una cierta irracionalidad, la cual también tiene algo más de visceral que todos los argumentos artificiales que podamos encontrar en libros, cómics y revistas.

Dicen los psicólogos que la disociación de ideas nace de un fallo en los neurotransmisores del cerebro. Pero lo cierto es que todos hemos querido volar alguna vez, también los ecritores. Cosa que nos trae, irremediablemente, al blog, un artilugio pensado para la difusión, con un programa muy intuitivo y, lo que más importa: su carácter gratuito, lo que le añade un interés especial; hasta hace poco, nunca dado en literatura. Lo que, por fin, se ha definido como un elemento más de nuestras vidas, y por ende, dado su carácter escrito, en una práctica literaria. La niña de las naranjas, palabra de Awixumayita, es la prueba de ello.
 
 
 
 
La niña de las naranjas
 
Autora: Adriana Bañares Camacho

Editorial: Ediciones Emilianenses, 2010
(X Beca de Jóvenes Artistas «con proyección»,
en la modalidad de literatura, del Ayuntamiento de Logroño)

120 páginas

ISBN: 978-84-938035-1-3

Precio: 15 €










 
 Imprimir artículo Wikio

domingo, 12 de junio de 2011

Prosas escogidas, XVI: María García


El pupitre de al lado

Tenías mucho miedo porque jamás habías estado en una escuela. Me dijeron que hacía dos meses que estabas en el pueblo, y que las autoridades competentes habían decidido que ya era hora de que te educaran. Te pusieron en mi clase porque ya tienes los doce años, así que, por edad, has empezado a cursar 1º de la ESO.

No me ha sido difícil buscarte un pupitre y colocarte al lado de mi mesa. Por suerte, en este pueblo, lo más grande es el colegio, y sus aulas son espaciosas y los alumnos caben en ellas sin necesidad de sentirse rebozados unos en el olor de los otros. Me consta que esto no es así en la mayoría de las escuelas de España; por eso digo que mi colegio es especial y que tú has venido a caer en él por gracia del destino. El miedo no pude quitártelo. Ibas tapada con un pañuelo grande y con él cubrías un cabello que yo imaginaba negro azabache. Sólo una vez te pedí que te lo quitaras y negaste con la cabeza, bajando los ojos al tablero de la mesa.

Cuando te di los enseres para escribir me di cuenta de que jamás habías dibujado una palabra. No acertabas a coger el bolígrafo, no sabías para qué servía el cuaderno. Te quedaste embobada mirando la cubierta del libro multicolor.
Me dio pena tu ignorancia, o eso quise pensar.

Durante dos semanas no hice otra cosa que cuidar de tu integración en nuestra escuela, en nuestro curso, en nuestras vidas. Las otras alumnas no mostraban demasiado entusiasmo en ser tus amigas. Te evitaban y sólo aparentaban hacerte algún caso cuando yo les llamaba la atención. Durante los recreos solía observarte: estabas sola y no comías nada. Un día te pregunté si querías una manzana, y negaste con la cabeza bajando los ojos al suelo. Luego supe que estabas de Ramadán. Y Como no entendía muy bien qué significaba eso, me conecté al Wikipedia y me informé. Sólo quería comprenderte.

«[...] El ayuno es la abstinencia total de todo aquello que rompe la meditación (bien sea comida, bebida o relaciones sexuales) desde el alba hasta la puesta del sol. Los menores de edad, en la pubertad, no están obligados a ayunar, pero los musulmanes aconsejan a los padres que los animen a hacerlo para que se acostumbren, y lo puedan practicar sin mucha dificultad cuando sean mayores. Lógicamente, tienen que estar sanos y poder hacerlo sin repercusiones adversas [...]».

Decía el artículo, pero tú tenías doce años y estabas enferma, porque eres diabética. Sin embargo, en casa, tu padre os inculcó la costumbre que respetabas con una abnegación singular. Durante seis meses estuve enseñándote las palabras básicas del castellano. Lo único que deseaba era que supieras comunicarte y decirnos a todos los de la clase qué pensabas de tu nueva vida, qué te gustaba de este pueblo nuestro, cuáles eran tus costumbres o si echabas de menos tu tierra.

Desde luego, eres una chica lista, porque, pese a tu miedo inicial, pronto empezaste a dibujar y a agarrar el lápiz y el bolígrafo con firmeza. Los primeros garabatos hicieron reír a las niñas más avispadas de la clase. Pero luego, al mes y poco, ya sabías escribir el abecedario con corrección y conocías palabras que utilizabas a tu antojo para comunicarte conmigo.

Una tarde empezó a llover con mucha furia. El patio del colegio se inundó rápidamente y el director mandó que cada maestro llamara a los padres de los alumnos para que vinieran a recogerlos. Pero tú no tenías forma de avisar a los tuyos. Cuando te pregunté por tu padre susurraste trabajo, y cuando pregunté por tu madre negaste con la cabeza y bajaste los ojos hasta tus manos, que se pellizcaban una a otra.

No entendí esa respuesta, aunque sentí un escalofrío que no sabría explicar. Así que te expliqué que yo te llevaría a casa esa tarde y te pusiste contenta.

Recogimos tus cosas y nos dirigimos a mi coche. En Conserjería me habían dado tus señas, porque no estaba yo muy segura de que tú pudieras indicarme dónde vivías.

En coche tardé media hora en recorrer la distancia entre el centro escolar y tu casa. Supe que andando estabas cerca de 70 minutos cada día. También supe que no te quedabas a comer en el colegio, pero que tampoco regresabas a tu casa, por la distancia. Tu almuerzo consistía en un poco de fruta que tomabas el parque del centro del pueblo, tú sola, o tú y la soledad, si hemos de ver en ella lo que ha sido hasta hoy: una compañía o la única compañía que has tenido.

Aparqué delante de un edificio enfermo de aluminosis. Destacaban las antenas parabólicas y los trozos de cordero colgados a secar en unos balcones que se desplomaban de puro asco. Llovía, y menos mal que llovía, porque el olor que sentí cuando traspasamos ambas el umbral del edificio estaba diluido por el agua de la lluvia, por eso pude subir. Si llega a hacer calor, no creo que hubiese sido yo capaz de encaramarme por esas escaleras que conducen al piso que tus padres tienen alquilado. Eso de piso, también es un decir. Cuando llamaste a la puerta, porque no había timbre que tocar, una chica adolescente nos abrió, y un puñetazo de incienso me dio en la nariz. Es Fátima, dijiste. Y ella me sonrió porque no sabía hacer otra cosa. No hablaba más que bereber. Me hiciste entrar en tu casa y Fátima me sirvió un té delicioso. Cuando pregunté por tu madre, tomaste mi mano y me llevaste hasta una habitación húmeda y pegajosa, donde un espectro de mujer se abandonaba a una duermevela eterna. Tu madre es tetrapléjica. Cuando tú naciste, ella se quedó inválida. Eso fue un mal augurio para tu padre. Sin embargo, el hombre no la abandonó. Se la trajo a España desde Nador, una vez tuvo él sus papeles en regla. Al igual que a vosotras. A ti y a tu hermana. Bueno, a tu hermana no, porque no es tal. Esa adolescente que vive en tu casa y que cuida de tu madre, de tu padre y de ti es tu madrastra. Tu padre se ha casado con ella en Marruecos y se la ha traído a vivir aquí, para que os ayude. Tiene dieciocho años y está feliz con su destino. Me has dicho que su familia es pobre, aunque más que la vuestra.

Sacaste unas fotografías y me fuiste señalando cada una de ellas explicándome, como podías, quién eras tú, quién era tu padre, quién fue tu madre. Hablas rifeño, desciendes de los tuaregs y quieres aprender mucho para regresar a Nador y enseñar tu cultura, ahora que ya han pasado los Años de Plomo. Tu padre había pertenecido al PDAM, aunque eso, en Marruecos lo llevabais en secreto, por la cuenta que os traía. De hecho, hasta que lo echaron de la fábrica de acero habías llevado una buena vida.

Tu madrastra puso un poco de música Amazigh de la región Tuareg y volvió a servirme té con menta. De repente, transportada por el sonido de las palmas, los chillidos de las mujeres y los tambores de la música, la habitación miserable que nos cobijaba a las tres y que tanto se alejaba de tu madre postrada y enferma, tuvo sentido. Los colores bailaban en el desierto de la pared una danza antigua de tribu imuhagh alrededor de cinco rombos de plata. Luego me enseñaste el turbante azul añil que había usado tu padre en el desierto, cuando vivíais con el resto de la tribu, antes de trasladaros a la fábrica de acero en Nador. Por eso tienes ese miedo supersticioso contra el hierro y te proteges tanto del mal de ojo dibujando en el aire, continuamente, algo parecido a la letra Z.

No te queda nadie en la tribu del desierto. La última sequía acabó con tus abuelos. A tu padre le costó mucho dejar vuestro hogar libre, donde cada cual es siempre uno mismo y no tiene necesidad de querer ser, porque ya es. Pero era pura supervivencia. Tu madre estaba muy mal. Tú eras pequeña. La ciudad parecía el resplandor del tesoro. Pero como todos los tesoros, era sólo un espejismo.

Tu padre no tuvo otra opción. Llegó a España cabalgando, como hacía en el desierto, pero esta vez cabalgó dos días enteros sobre las olas hasta llegar a una playa de Cádiz. Apenas puso el pie en la arena, se desplomó. Una familia cuidó de él hasta que se puso fuerte. Otra familia le dio un empleo hasta que pudo alquilar este piso donde estamos ahora. El cura del pueblo lo ayudó en la gestión de la reunificación familiar. Vosotros, los abandonados por Dios, estáis buscando un destino que os ayude a regresar a ese espacio lleno de estrellas y de luces tórridas. Tú, que tienes nombre de princesa, sueñas con volver a caminar sobre la arena tibia, y con sentarte al ascua del fuego de la tarde, frente al resto de la tribu de tu padre. Fátima te sonríe y asiente: ella te acompañará siempre porque eso prometió cuando aceptó en matrimonio a tu progenitor.

Cada día contemplo este pupitre que tengo a mi lado. Su vacío es una lanza contra los sueños de los niños, contra la esperanza de una vida mejor. Es una desesperación que muerde rabiosa mis ojos y no sé si apartarlo o dejarlo a mi lado como símbolo de tu paso por mi vida, como muestra de lo que pudo ser, si la ignorancia no hubiera vencido. Aquella noche de tormenta se quedaron tus ojos en blanco porque tuviste una subida de azúcar. Pero ni Omar ni Fátima sabían qué era eso. Así que, vueltas las palmas de sus manos al cielo, rezaron a Alá.

A la mañana siguiente Mercedes, la asistenta social, se presentó en la escuela a la hora del recreo. Nos informó a todos de tu muerte.

El desierto, he leído, es un espacio vacío. Tan vacío que uno puede escucharse el corazón y encontrarse a sí mismo. He viajado a tu desierto, Kella, para escuchar mi alma. He visto las estrellas caérseme encima. He oído susurrar al viento y he pedido a una tribu que me dejará vestir de azul. Pero en lo extenso de esas dunas, en lo volátil de esas arenas plateadas, no he encontrado un vestigio de tu presencia.

Un hombre muy anciano se ha hecho traducir y me ha dicho que deje a tu espíritu en paz. Yo le he preguntado que dónde puedes estar en este momento. Me ha sonreído y ha señalado a un grupo de niños que viven en este poblado. La traductora ha sido tajante: Kella está en cada uno de ellos: todos hablan bereber y aprenden su escritura. Todos recogen en sus pensamientos la enseñanza del desierto.

He sabido que sí, que permaneces, porque tu deseo de enseñar tu cultura ha sobrevivido a tu muerte. He decidido aprender yo también una brizna de tanto cuanto sabías. Porque ahora veo que la ignorante era yo, que lo único que conocía era la escritura, y tú me has enseñado el significado de las cosas.

El cielo en el desierto no es azul. El cielo en el desierto tiene el color del alma, y lo envuelve todo. El silencio del desierto no es tal, es una voz sosegada que te va explicando el misterio de la vida, el latido del corazón, la inmensidad de lo que significa ser persona.




María García es natural de Palamós, Girona (España). Esta profesora, licenciada en Filología hispánica y premiada con el Villa Portugalete (1998), colabora en revistas digitales como Cinosargo o Letralia. Aun adscrita a la narrativa corta, hecho que nos muestra aquí con El pupitre de al lado, un clásico relato con referencias postcoloniales, se le reconocen publicaciones en el campo divulgativo, como su artículo Estructura narrativa e intención moral: la función del prólogo y los discursos en El Desdeñado más firme de Leonor Meneses, Docente XXI, nº 16, pág. 42 h. 52.




 

Imagen y relato: © María García Trinidad




Imprimir artículo Wikio

El museo-colección Amalia Lacroze de Fortabat


Visitar el Museo-colección Amalia Lacroze de Fortabat puede ser una opción para los que pasan enero en Buenos Aires. Ubicado en el barrio porteño de Puerto Madero, frente al yacht Club Puerto Madero, el museo se erige como una propuesta cultural singular. Al lado del Museo, está el bar-restaurant La Colección donde se puede tomar algo disfrutando de la espléndida vista al río y a los yates amarrados ahí. 

El edificio fue diseñado especialmente por el Estudio Rafael Viñoly Architects PC con sede en la ciudad de Nueva York.

Frente al Yacht Club Puerto Madero, el museo alberga la colección de arte de Amalia Lacroze de Fortabat, quien fue una de los dos argentinos reconocidos en la edición de Architectural Digest dedicada a 100 años de diseño (abril de 1999) junto con el arquitecto César Pelli. La señora de Fortabat fue en esa edición destacada como coleccionista de arte y se publicó su fotografía en su living de estilo francés. Entre los grandes coleccionistas, Architectural Digest destacó a Amalia Lacroze de Fortabat y al Barón Thyssen-Bornemiza.

El museo de la colección Fortabat se organiza en cuatro niveles: el recorrido empieza en el primer subsuelo con la Sala Familiar donde se pueden ver retratos de la coleccionista, de Alfredo Fortabat, y cuadros que corresponden al Paisaje, la ciudad y la tradición, Siglos XIX y XX.
El segundo subsuelo corresponde a Arte Internacional, El Espíritu de la modernidad, Figuraciones I, Figuraciones II y Antonio Berni.
En el primer piso, se pueden ver pinturas correspondientes a abstracciones y nuevas formas de la figuración.
Y en el segundo piso Raúl Soldi y objetos de la colección.


En la foto: Amalia Lacroze de Fortabat




Vale la pena hacer el recorrido y encontrarse con deslumbrantes pinturas de arte argentino y latinoamericano: Fernando Fader, Lino Enea Spilimbergo, Pedro Figari, Raquel Forner, Fortunato Lacámera, Juan Carlos Morel, Emilio Petorutti, Xul Solar, Miguel Victorica, Antonio Seguí, Benito Quinquela Martín, Carlos Gorriarena, Guillermo Roux, Juan Carlos Castagnino, Carlos Alonso, Roberto Aizemberg, Líbero Badii, Juan Batle Planas, Luis Fernando Benedit, Vicente Forte, Juan Lascano, Adolfo Nigro, Leopoldo Presas, Raúl Russo, Clorindo Testa.

Y en arte internacional importantes obras de: Pieter Brueghel II, Jan Brueghel I, Marc Chagall, Salvador Dalí, Gustav Klimt, Roberto Matta Echauren, Auguste Rodin, Andy Warhol (un retrato de Amalia Fortabat), Manolo Valdés, Joaquim Miró i Argenter, Félix Ziem, Sir Lawrence Alma-Tadema, Hermenegildo Anglada Camarasa, entre otros.

También se incluye una pintura del escritor Ernesto Sábato, quien en sus últimos años se dedicó a pintar y realizó varias exposiciones internacionales y pinturas de Amalia Amoedo.

La entrada cuesta $ 15.
Tarifa para menores de 12 años, jubilados, estudiantes y docentes: $8.

Dirección: Olga Cossettini
141, Puerto Madero (Buenos Aires)
Horario: martes a viernes de 12.00 h a 21.00 h; sábados y domingos de 10.00 h a 21.00 h; lunes cerrado.

Hay visitas guiadas en español de martes a domingo a las 15.00 h y a las 17.00 h y en español y en inglés, en grupo se reserva con anticipación: +54 (11) 4310-6600.


Artículo: ©Araceli Otamendi 


 
Bibliografía:

  • Nota de Alberto G. Bellucci en revista Cultura (Segunda época): Una excepcional edición de Arquitectural Digest recorre el siglo a través de sus décadas publicada en  julio de 1999 (Buenos Aires).


Imprimir artículo Wikio

sábado, 4 de junio de 2011

Poesía en blog, XXXIII: Roser Amills

 



Un día, cualquiera, tendré el corazón viejo.


Uno egocéntrico borroso parpadeo



taciturno murciélago inofensivo que lanzará


ecos hasta el fondo de todas las gargantas


que encuentre a mi paso.



Ese día, cualquiera, podré esperar sin más


como esa postal que cayó del expositor.





Porque entonces ya no seré más salvaje ni muñeca

de carne y nata piernas temblorosas


sandalias planas


y coleta de quinceañera.





Pulcra. Despreocupada. Habré crecido lo suficiente


para no tener ya que odiar nada

de todo aquello que era y por encima de todo


también a ésa

que ya no era cuando fuimos contigo.









Por eso nos separamos y asciendo hasta la cumbre


sola, en blanco y negro,


con los ojos bien abiertos y me dejas que lo haga

como se permite el sonar de las cosas mineralidad absoluta


y no nos entendemos una palabra de lo que el otro


trata de expresar


de la etimología rala y merecida


red de puntos interconectados






y así no hay manera así ya todo se puede volver transparente


como un dibujo rápido y precioso sobre una hoja inmaculada,


como el goce en bandeja que no importa


si sólo queda narrar sin tapujos más itinerarios


que incurrirán en direcciones evolutivas imprevisibles


cueste lo que cueste,






si sólo queda gritar a los cuatro vientos que el amor


es la pornografía extrema, que los placeres,

que los males van a extenderse a lo largo y ancho de la tierra

proceso de desnudamiento continuo que quizás jamás nadie,


como nosotros,


a tiempo.













Quería hablar de la fina línea


que media entre todo ese silencio que quiero expresar


y cualquier ruido.






El índice sobre los labios. Un precioso ejemplar


de hembra resabiada me imita en la pantalla.






Con los cascos y a oscuras repito el gesto,


me acerco al personaje y a la historia,


quiero comprobar quién imita a quién y hasta qué punto


me despreocupé de que alguien creyera


que me dedicaba a la escritura al sexo


a los desengaños como terapia.








Poemas: ©Roser Amills


Imágenes: ©Wikimedia Commons


Imprimir artículo Wikio

Poesía en blog XXXII: Beatriz Iriart






 
HECHICERA DE LUNAS



Te llamaron.

Te interrogan.
Te trasladás


a lunas, incontables lunas…


Los ausentes


no saben de los días.


Hoy es lunes 16 de agosto


y no estás.

Comprendo


que el reencuentro


es un vocablo, una pieza de ajedrez

en el inmenso tablero existente


entre el cenit y el averno.
















LEGADO ANCESTRAL



Lamento no dar lo que requieren.


Lamento no obviar dos trazos de “Rayuela”


para alcanzar el “cielo”.


Lamento no transmutar heridas de antaño


ulceradas, putrefactas


en malestares leves.


Pero más lamento


no atiborrar con sabiduría y afecto


y regar tus huecos de huérfana


desolada y esquiva.














Poemas: ©Beatriz Iriart


Imágenes: ©Nina Nikolova
 
Imprimir artículo Wikio

"O revólver de gesso" (crítica de arte)

«[...] a pintura não foi feita para decorar apartamentos.
É uma arma de guerra para o ataque e defesa contra o
inimigo [...]».
Picasso



Objeto : revólver de gesso, esponja e vidro


 
O revólver é objeto simbólico da exposição. Na mira do artista, a arma é uma experiência lúdica e racional que desperta interrogações, o motivo para mergulhar artista e espectador numa experiência de liberdade, autonomia e possibilidades para questionar um fragmento da realidade. A arte é a imagem de si mesma, um lugar onde as transgressões são permitidas e o desejo ultrapassa limites, um dispositivo que altera a ordem das coisas e da linguagem para colocar o espectador diante de um saber. A essência está na própria arte, na desconstrução da linguagem convencional, nesse caso, direcionada para outra perspectiva, o desejo de paz.

A exposição na opção estética de cada artista, propõe a construção de um outro discurso soberano e livre que inventa outroscódigos. Não se reproduz o cotidiano bélico. É um espaço de rupturas, de invenção de um outro discurso sobre o objeto/arma a favor da vida.



Imágem é artículo: ©Almandrade


Imprimir artículo Wikio

Agenda cultural de juny de 2011. Exposicions i activitats diverses:


Com cada any, l'Ateneu Terrassenc celebra el seu tradicional sopar de germanor. El proper 10 de juny d'enguany a les 20.30 h, a l'Hotel Don Càndido; Rambleta del Pare Alegre, 98 (Terrassa). Per a reservar plaça o saber-ne més, consulteu el web de l'Ateneu: www.ateneuterrassenc.terrassa.net





 

En aquesta primera quinzena de juny, la Fundació Tàpies ha organitzat diverses activitats al voltant de la figura de Pere Noguera, una manera diferent de veure la fotografia des de la memòria. Més informació a: www.fundaciotapies.org















Imprimir artículo Wikio

Related Posts with Thumbnails
Se ha producido un error en este gadget.

Archivo de blog

Espacios publicitarios: