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miércoles, 18 de julio de 2012

Algunas prosas escogidas, XXXIX: Jon Iradier



Sierra chuquisaqueña, regalo de la historia...


Aún con la resaca del carnaval, viajo durante toda la noche hacia el sur con mi compañera de asiento, una niña de unos 10 años, utilizándome como almohada auxiliar. Enternecido, soy incapaz de desacomodarla, así que en ocho horas el único que se duerme aquí, a parte de ella, es mi brazo izquierdo.


A las cinco de la madrugada llego a Sucre y recorro sus callejuelas silenciosas. Deambulando como yo, encuentro a dos mochileros chilenos, también recién llegados, con los que inauguro el día que se anuncia fumando en una plazoleta. Cuando despunta el sol, busco, acompañado de mis nuevos amigos, un alojamiento. De ésta manera, pasamos un par de días entre visitas turísticas, fumata verde y divertidos juegos de habilidad de importación chilena. Sucre es una hermosa ciudad, su centro histórico está plagado de casas coloniales blancas, como una suerte de Potosí pálido. En cada esquina, una hermosa iglesia o plaza sorprende al paseante. Sus mercados están llenos de vida y autenticidad, especialmente el mercado campesino, que aún conserva la esencia de la Bolivia tradicional, anterior a la masificación turística que se está dando en el país.




Imagen: Atardecer en los tejados de Sucre.





A los dos días de estancia en la ciudad me despido de mis compañeros chilenos. He decidido huir del turismo y refugiarme en Tarabuco, un pueblecito ubicado en un valle de montaña no muy lejos de aquí.


Tarabuco, que en quechua significa «lugar con viento», me recibe con guiños propios de un pueblo español de la posguerra: casas de adobe, ropas oscuras y cholitas que despiden el carnaval con sus mantos punteados al viento. Dentro de lo que cabe, ésta es una población de relativa importancia y ciertamente occidentalizada, pero el continuo devenir de exóticos campesinos llegados de las montañas y valles vecinos dispara mis expectativas sobre la región.

Cada vez que me alejo de los principales núcleos turísticos compruebo satisfecho que aún queda Bolivia castiza. Una Bolivia tan pintoresca que cuesta asumir como real: mirando la estética de los quechuas, invariable desde hace siglos, cuesta persuadir a la mente de que no se trata de una puesta en escena.
Durante tres días paseo por el pueblo y sus alrededores admirando la belleza de su valle y bailando con una comparsa cuya bastonera (la mujer encargada de animar a la gente a menearse so pena de azotes) se encapricha de mí. Asisto también a la Pucara: el ritual en honor a un fallecido en el cual se coloca gran cantidad de productos gastronómicos en una columna. Dicha ofrenda pasa a ser propiedad de uno de los familiares o amigos que, a su vez, deberá surtir la Pucara del año venidero. De esta manera, se rememora al difunto año tras año.


Foto: María, la bastonera.
Al amanecer del cuarto día me despido de Tarabuco, de su mesera chismosa y de su vía-crucis verde; partiré caminando hacia Puka-Puka, mi próximo destino. Según dicen, la comunidad quechua de Puka-Puka mantiene aún vigente el ayllus, la forma de organización comunitaria heredada de los incas.
Cuál es mi sorpresa al encontrarme una carretera decentemente empedrada que me lleva, en menos de dos horas y sin riesgo de pérdida, hasta mi destino. En lugar de mi idealizado ayllus, me encuentro una población hastiada de turistas y de sus fotos. Unos bolivianos «occidentalizados» de Tarabuco ya me habían advertido de que, por su ubicación geográfica, Puka-Puka era la comunidad que recibía los principales impactos de «gringos a la caza de indígenas», y me habían recomendado Paredón, situada valle adentro.


Foto: Casyano y su mujer.


Cuando Casyano, el único nativo que chapurrea algo de castellano, me aborda y me invita a comer y dormir en su casa, no puedo evitar una sonrisa satisfecha y una mirada al cielo: una mirada de agradecimiento a mi suerte, que ha conseguido integrarme entre los herméticos quechuas.
Después de comer y de presentarme a la familia, procedemos a realizar la Chálla: la ofrenda a la Pachamama (madre tierra) que siempre sigue al carnaval. Casyano me lleva a su campo y desentierra una minúscula patata. Con la sequía de éste año amenazando con condenarles al hambre, la ayuda de la madre tierra se antoja imprescindible. Así, durante toda la tarde y parte de la noche, vamos decorando con cintas de colores un campo tras otro e instalándonos en ellos para obsequiarlos con coca y licores de infame sabor. Toda la comunidad se une al ritual, en el que no dejan de rotarse hoja de coca, tabaco y bebidas; las familias propietarias de cada terreno que visitamos se encargan de que no falte abastecimiento.


En la foto: La chálla a la Pachamama.
 
 
Bajo la luz de la luna, con las montañas perfilándose fantásticamente en el horizonte, continuamos el ritual recorriendo los campos y cantando, desafinados por algún que otro entusiasta, más generoso con su estómago que con su tierra.
Recorridas todas las parcelas, la comunidad continúa de fiesta, pero me retiro a descansar abrumado por la experiencia. A la luz de una vela, me tumbo en el suelo de tierra de la cabaña de Casyano y repaso mentalmente el día.

Aquí todas las normas occidentales de salud y propiedad se difuminan en el Ayllus: los niños orinan en sus propios patios, las mujeres dan de fumar a sus hijos pequeños, las puertas no tienen sistema alguno de seguridad y toda la comunidad colabora para recoger la cosecha de cada familia o construir una nueva casa. Una persona que se guíe por el rígido concepto occidental de lo normal creería haber perdido el juicio, y yo, tampoco ando muy lejos.

Al día siguiente, aún atónito por la extraordinaria vivencia, resuelvo continuar caminando de espaldas a la civilización. Mis reservas de agua potable se agotan pero, según dice Casyano, con medio día de camino podría atravesar la sierra y descender al valle vecino de Pampa Lupiara, donde podré abastecerme.

Me despido de mis amigos y continúo el ascenso. El paisaje gana espectacularidad con los metros: arcaicas terrazas incas, alguna casa de piedra engastada en las laderas, cactus milenarios, simas retorcidas, enormes mochuelos y colibríes de montaña… Al principio, apenas avanzo entre foto y foto; pero Inti, el sol del medio día, quema mi piel y reseca mi garganta, fustigándome para continuar. Mi botella está casi vacía; con la hoja de coca como mejor aliada, recorro y bajo la sierra en una marcha extenuante y sin pausa. A media tarde, llego agotado y deshidratado a Lupiara. El nivel de «desarrollo» del pueblo es considerable, comparándolo con Thayvaca, pero no así su costumbre de ver extranjeros: he coincidido con la salida de la escuela y 20 pares de ojos infantiles me observan atentos y exaltados. La señora del único kiosco del pueblo me refugia en la trastienda y me ofrece un asiento y un plato de arroz.

Repuestas las fuerzas, me dispongo a buscar un rincón para acampar, pues el único colectivo que conecta el valle con el resto del mundo sale mañana a la mañana, y el estado de mi espalda desaconseja subir y bajar otra vez la sierra hasta Puka-Puka. Mientras camino, una pareja de aldeanos me llama desde la puerta de su casa: les fascina España y al saber mi «nacionalidad» pronto quieren que me quede con ellos para realizar un completo proyecto de emigración familiar. Así, encuentro una nueva familia que me hospeda y que me enseña su valle.
La libertad del espacio verde y abierto, las nubes contorneadas y definidas en el horizonte, los niños corriendo detrás del extranjero, los pastores que regresan con sus rebaños, un campesino terminando su tejado con paja y barro, las mamitas cosiendo a las puertas de sus hogares… Al atardecer, Lupiara me regala un último paseo por el tiempo antes de regresar a mi realidad; urge escribir, asimilar, integrar tamaña experiencia.




Los montes y valles de Chuquisaca esconden en sus entrañas la auténtica esencia del pueblo quechua y de sus ancestros, los incas. Aún con la imagen de aquellas gentes y aquellos parajes en la retina, no puedo dejar de sentirme afortunado por haber conocido, en primera persona, esta civilización atemporal que resiste, atrincherada entre sus montañas, contra viento, marea y raciocinio occidental.




 
 
 
 
 
 
 







 
Jon Iradier López de Sosoaga (Vitoria-Gasteiz, 1985), es uno de esos tantos jóvenes de esa generación que entrevienen conocimientos y experiencias vívidas y que vagan, en su nomadismo, de uno a otro lugar, sin rumbo fijo, salvo guiados por esa pasión primario-juvenil que nutre todos los actos que realizan. A este creativo periodista, activista de Greenpeace y colaborador inconsciente de casi más proyectos de cooperación de los que pudimos imaginar, lo encontramos en la calle.
Es autor del blog «Mochila de sueños», desde el que intenta contar no tanto sus experiencias vividas en el ámbito de la solidaridad internacional sino ese aspecto un tanto aventurero, que nos sirve de amalgama para acercarnos del mundo estético del cronista a aquél otro al que visita, en una especie de interacción cultural propia de toda la literatura de viajes.








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