¿Qué lecturas os seducen más?

domingo, 8 de mayo de 2011

Prosas escogidas, XIV: Tomás Juárez


Chicles eran los de antes

Mi abuela Rita decía que mascar chicles era bueno para los dientes, que ella jamás había tenido caries, que no usaba cepillo ni pasta dentífrica. Recuerdo que compraba sus gomas de mascar en una distribuidora del Mercado Sur y las escondía en su dormitorio, a resguardo de manos traviesas.
Tenía un hábito curioso. Cuando terminaba de almorzar se sentaba en una vieja poltrona de madera y, durante un buen rato, mascaba un chicle doble Zambomba que luego guardaba adentro de un pañuelito para volver a usarlo a la noche. De esa manera, un chicle le duraba una semana.
A veces me convidaba uno; otras veces yo los robaba. Así, durante años, me especialicé en inflar globos inmensos que explotaban en mi cara, siendo imposible quitarlos de la nariz sin recurrir al agua caliente.
Debo reconocer que mi abuela era una persona muy buena. Yo era un mocoso insoportable. Sin embargo, ella me colmaba de privilegios: preparaba mi merienda para el colegio, mantenía mi ropa prolijamente planchada y mis zapatos impecables. Pobre, con las tareas escolares nunca pudo ayudarme porque era analfabeta.
Heredé de ella una caja casi completa de chicles dobles Zambomba. Heredar, lo que se dice heredar, no es lo más ajustado a la verdad. En realidad yo me sentí su albacea natural y después del entierro, sin que nadie me viera, entré a su dormitorio y me apoderé de los chicles para luego esconderlos en un pasadizo secreto de mi ropero. Eran tantos, y tanto el tiempo que los hice durar, que aún hoy me quedan algunos.

Años después de la muerte de mi abuela, al terminar la escuela secundaria, conocí a Angelina. Una muchacha muy agraciada que logró despertar mis primeras fantasías amorosas.
Ustedes pensarán: ¿Qué tendrá que ver mi abuela Rita, los chicles doble Zambomba y aquella muchacha? Ahora paso a contarles:
Vivíamos en un barrio con una plaza hermosa rodeada de canteros, mucha vegetación y banquitos de cemento separados por un laberinto de ligustrines que se prestaba a la privacidad de los enamorados. Una tarde invité a Angelina a tomar un helado con toda intención de intimar y, para mi sorpresa, aceptó rápidamente pero con la condición de que fuésemos acompañados por su hermano, un salvajito insoportable que no nos dejaba ni a sol ni a sombra.
Recuerdo que en un momento Angelina se agachó para recoger una lapicera y al ver que yo miraba las piernas de su hermana, el mocoso comenzó a burlarse de mí diciendo repetidamente:
–Calentón, calentón, sos un gordito calentón...
Al cabo de varias semanas, la situación resultó insostenible: cada vez que tomaba la mano de Angelina o estaba a punto de besarla, la cabecita hirsuta de su hermano se interponía entre nosotros y, haciendo sordina con las manos, decía a viva voz:
–¡Están de novios! ¡Están de novios!
Una tarde, harto, llegué a plantearle a Angelina que lo nuestro no podía seguir así, que debíamos ir solos al cine o andar en bicicleta por el parque, que su hermano era un incordio, que no lo aguantaba más. Ella me dijo que esa era la única manera de seguir viéndonos, que jamás nos dejarían salir solos antes de cumplir los dieciocho.
De nada valieron mis maniobras extorsivas de compra de helados, algodones de caramelo o vueltas en una calesita ubicada a unos pasos de donde solíamos sentarnos. Digo «solíamos» porque después de aquellos intentos fallidos comencé a pergeñar un plan definitivo para deshacerme del insecto.
Yo había observado que el pequeño Belcebú comía chicles saborizados e intentaba hacer globos sin lograrlo. Comprendí que el problema no era él: los chicles eran de mala calidad y por más que soplaba y soplaba, siempre se reventaban. Fue entonces cuando recordé que aún me quedaban algunos chicles de mi abuela Rita.
Al día siguiente volví a la plaza, al mismo banco, siempre en compañía de Angelina y de su hermano, pero esta vez con cinco chicles dobles en mi bolsillo. Angelina alcanzó a comentarme que le había ido bien en su examen de matemáticas e inmediatamente se levantó para saludar a unas amigas que se habían reunido en la esquina de la plaza. Como desde allí no podía verme, aproveché para llevar adelante mi estrategia y, sonriendo falsamente, le dije al enano:
–¿Sabés por qué no te salen los globos?
–A mí qué mierda me importa –contestó.
Sin inmutarme, saqué un chicle doble Zambomba del bolsillo y, como lo había hecho durante años, comencé a masticarlo haciendo globos inmensos.
Finalmente logré sorprenderlo, sus ojos se desorbitaban de curiosidad empujados por miles de diablitos interiores.
–Es una vieja técnica que me enseñó una bruja –dije sin darle mayor importancia.
Continué haciendo globos de distintas formas y tamaños mientras el pequeño demonio, gritando, requería caprichosamente:
–¡¿Cómo lo hiciste?! ¡¿Cómo lo hiciste?!
Miré por encima de los canteros con flores: Angelina aún conversaba con sus amigas.
–Lo primero que hay que hacer es tomar mucha gaseosa para que se te hinche bien la panza. Después, masticar un chicle doble Zambomba, no uno de esos pedorros que mascás vos. Tenés que ablandarlo bien y ubicar la goma entre los dientes y los labios. Así, respirando por la nariz, empujando con la lengua y soplando por la boca, podés hacer globos inmensos; tan inmensos que hasta podés volar con uno de ellos si seguís soplando y te agarrás fuerte con las manos… En el bolsillo tengo un par de chicles de los buenos. ¿Querés probar?
Desbordado por la curiosidad, asintió pícaramente.
Como un rayo crucé la plaza, entré al maxi-kiosco y pedí una botella de Coca grande. «Al natural», dije al encargado. Sabía que con esa temperatura, haría mucha más espuma al tomarla. De inmediato volví a la plaza.
El mocoso me esperaba con una sonrisa que jamás olvidaré.
En menos de cinco minutos, Belcebucito se tomó toda la Coca y comenzó a masticar los chicles vorazmente.
–¿Sabés qué? Si querés volar alto, tenés que respirar y soplar, respirar y soplar…
La última vez que lo vi, iba muy contento colgado de un inmenso globo naranja que el viento empujaba hacia la iglesia. Lamentablemente, al rozar el campanario, fue perdiendo altura y cayó abruptamente en el patio de las monjas.



 


Tomás Juárez Beltrán, natural de Córdoba (Rep. Argentina), es uno de esos story-teller que poco abundan. Su prosa, ágil y elaborada, argumenta acerca de las different minds de la población del campo respecto a la de las ciudades, sendas presionadas, siempre, por esa rueda que todo lo mueve, sujeta a los cambios que incentivan la modernidad; eso sí, ejercida –a semejanza que lo hiciera Bartelme– con las exiguas y peculiares formas que caracterizan a ese género llamado metaficción.

Al margen de sus colaboraciones en prensa latinoamericana y española ha publicado diferentes antologías de cuento, de entre las que podríamos destacar: Historias enmascaradas y otros sucedidos (El Emporio Ediciones, 2006), El Mal Ejemplo y otros cuentos Urbanos (Ediciones del Boulevard, 2000), o más lejanas en el tiempo como Cuentos ásperos (Lerner Editora, 1992), entre otras.





Relato, fuente para la reseña y foto: ©Tomás Juárez Beltrán


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Prosas escogidas, XIII: Teresa Reyes

LA OTRA CARA
(Pandémica sin zeleste)

Pasa en las noches en que el bourbon ablanda tu caparazón de tortuga vieja y divagas sobre el amor. Entonces repites que para saber de amor es necesario haber estado solo, insistes en lo de las cuatrocientas camas diferentes… Yo te escucho entre brumas, mientras continúas tu discurso de siempre, inmerso en la humareda de los puros que fumas a compás de trago. Examino los surcos que dibujan tu rostro, los veo como muescas en la pistola de un asesino a sueldo. Cuando vuelves a casa, después de una de esas noches de cazador de orgasmos, aparece otro pliegue que acentúa tu expresión de hombre insaciable y solo. Luego, queda el frío y el silencio, hasta que llega otra noche en la que comulgas de nuevo con la botella y me dices, otra vez, lo del tierno amor para dormir al lado.






Teresa Reyes es la alegoría de esa mujer emprendedora, pero sensible y amante de las letras, que poco abunda ya entre sus compañeras de generación. De naturaleza polifacética, es la actual propietaria de la popular coctelería-restaurante Margarita Blue, en el «Gótico barcelonés». Hábil instigadora de la diversión, apego que hace bien a su nombre con las numerosas actividades conque ha lanzado su local; sólo le faltaba a esta madame de la bohemia barcelonesa cotizar en el nada generoso mercado bursátil de las «artes muertas» (de las que la poesía, dentro de la literatura, es la reina).
El texto que nos trae, es una readaptación del poema Pandémica y celeste (de Jaime Gil de Biedma) visto, no como réplica autocopiante, sino como un espejo deformado de esa tosca realidad social-literaria que los versos del de Barcelona en sí mismos ya traían. Un relato compuesto como resumen que se nos muestra como un retrato arrogante y canallesco de la promiscuidad, fruto experimental —cómo no— de uno de esos talleres literarios que se acentúan en nuestros días (lo que se traduce en una suerte de revisionismo, imantado con la percepción literaria del cronista, o sea, del segundo autor).

 
Relato, fuente para la reseña y foto: ©Teresa Reyes 

 
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viernes, 6 de mayo de 2011

Amigos e íntimos

A menudo, algunos confunden la amistad con algo más. ¿Cómo es posible si no, que dos desconocidos se inspiren una confianza inusual que les acabe dando apoyo emocional y ganas de compartirlo todo? En el mundo que hoy día conocemos, es mucho más fácil esconderse de los demás y autosometerse, cabizbaj@, a todo aquello que no tienda a resucitar esos viejos temores (por no decir tabúes) que todos guardamos para sí. Debilidades y complejos que nos precipitan a una ausencia mucho más dolorosa que la de un amor perdido: un desequilibrio anímico que nos llevará, irremediablemente a la soledad, y a una pérdida de autoestima que, frecuentemente, relacionamos con un fenómeno que es ya moneda de cambio de nuestra sociedad: el individualismo.

Pero si vivir solo no es bueno, y para ello gozar de unas buenas amistades puede sugerir inteligencia, también es necesaria una buena dosis de «razón propia» para mal interpretarla como el sustrato de una posible relación. No funcionaría. Muchos se pavonean de tener amigos pero nunca dejan espacio para buscar una «pareja real». Y se jactan de estar con chicas. Se autoconvencen de algo que ni siquiera existe. Para eso mejor tumbarse en casa, hojeando una Playboy (vendría a ser lo mismo que estar solo). Traspasar la frontera e ir más allá, eso sí que es coraje; por ello la mayoría, al verse presionados buscan, en sus instintos más viscerales, el placer que no pueden alcanzar. Una falsa estabilidad que alude a una insatisfacción e infelicidad personales, la cual es apoyada por un canal transmisor usado desde siempre: el sexo.

Por último —como siempre— tenemos el amor. Un concepto inmaterial, pero inmanente de la persona, el cual ejerce su poderoso influjo mediante un proceso bioquímico sin aparente sentido. ¡El colmo de la irracionalidad! Aunque gracias a este fuerte estímulo y la habilidad de cada cuál para comprenderlo conseguimos el fruto esperado de toda vida humana: la convivencia. Al fin y al cabo, tan sólo se trata de matemáticas: instinto (-) + irracionalidad  (-) + razón (+) = relación (+).



Artículo: ©Ángel Brichs
Imagen:  ©Wikimedia Commons (Bobi Bobi)


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Poetry on blog XXXI: Ángel Brichs



















Wind, fast wind


froze our veins


hung in the arms


in the mind


on the spirit


on the lack


and the lies...






Storm that lives,


our future has gone.









Poem: ©Ángel Brichs
Photo: ©Wikimedia Commons




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Una visión neoliberal de España: "Historias de un pueblo"


En la tónica de esa nueva interactividad que nos ha dado Internet; Ibiza Melián es una de esas nuevas autoras que han hecho del post su canal de publicación preferido. Hecho que tampoco ha quedado al margen de la política, donde se ha visto —desde los últimos comicios generales en España— una euforia progresiva por dar un especial protagonismo a las nuevas herramientas comunicativas venidas con el nuevo milenio. Y es precisamente en un blog, el de la autora, donde ésta suele proyectar sus futuras publicaciones, donde se ha forjado uno de sus últimos engendros, Historias de un pueblo (Editorial Bubok, 2010). Un relato político que pretende descubrir, más allá de los sinsabores expresivos (un tanto cáusticos) propios de la literatura política, unas —como diría Nietzsche— cuestiones intempestivas, que a la vez son algunos de los interrogantes que los españoles han llevado a cuestas a lo largo de generaciones, en espera de una solución que nunca llega. Planteamientos que nacen, como nos expone Ibiza en su introducción:


«[...] Historias de un pueblo nació con vocación de hallar una respuesta para determinada pregunta que me hacía insistentemente: ¿por qué nuestra situación democrática vigente se ha desvirtuado considerablemente? Y más aún, ¿por qué siendo de tal gravedad las circunstancias por las que atravesamos, no existen apenas debates sobre la concreta cuestión? Apoderándose de nuestro ánimo una pueril huida hacia delante.
Una reflexión que me llevó, de la mano de las vicisitudes de unos personajes, acaecidas en un hipotético pueblo español, Matahambre, a abordar los principales problemas que corroen los cimientos de nuestro Estado y que comienzan por el primer escalón, los Ayuntamientos [...]».




Unos razonamientos políticos que buscan en la comparación de dos grandes épocas políticas liberales (la restauración y la democracia), el nodo con el que recabar en un regeneracionismo, un poco a ultranza, e incluso tardío, pero necesario en un país como España, en que el curso de los acontecimientos de estos últimos años la ha puesto al borde del colapso económico.
Ideas, utopías, realidades, impulsos y deseos de renovación de lo antiguo para crear algo nuevo. Contrapuntos que llaman a nuestras conciencias (o a las de almenos esa parte de la población que aún le preocupa la política), a pocas horas de empezarse la campaña final que las distintas formaciones políticas lanzarán en las próximas municipales. Unos comicios que siempre se caracterizaron por su carcácter populista y quizás, los únicos, donde las pequeñas ideas obtienen esa, a menudo, buscada respuesta.




Título: Historias de un pueblo
Género: Novela política
Autor(a): Ibiza Melián
205 páginas
Ed. Bubok, 2010

Disponible en e-book y en papel desde el siguiente enlace:



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