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lunes, 3 de octubre de 2011

Algunas prosas escogidas, XXVI: Rodrigo Conde




La vida de los dioses

Como una sombra del hades deambulo cerca del estigia, doy vueltas procurando que una forma de tiempo transcurra. Camino sin monedas de oro esquivando al caronte, sabiendo por los dolores en mi pecho que estoy vivo. Como sombras violáceas son las ojeras que hunden mi mirada y es tan fácil para mí escribir poesías como llorar de dolor y callada impaciencia, sabiendo que no soy lo que debería ser ni lo que puedo.

¿Hay un talento o un don necesario para ser feliz?, ¿hay una causa o cualidad que determine la gloria o al menos la certeza de una flecha de placer en su blanco de goce?

Acaso los dioses Apolo, Atenea, Marte, debieron errar por vidas comunes siglos y siglos, para llegar a perfeccionar el arte de su arco? Siglos y siglos de cursilería y mugre, de monotonía y vulgaridad para llegar a purificar sus ropas y mostrar la blanca desnudez de un dios?
Deambulas desnudo, mugriento, como un monótono vulgar en el cursi entrevero de amor, en el insulso vestigio de belleza y reclamas para ti los dones y regalos de un destino que aquiles, que héctor o que prometeo no se animarían a pedir.

¿Podrías sufrir las desventuras una y otra vez y al ver destruida en la mañana la casa que construiste la noche anterior tendrías la fuerza para volver a construirla de nuevo? Podrías sufrir el destierro y la soledad y al quedarte en el páramo de los olvidados sin nadie que te quiera gritarías tu propio nombre sin que se quiebre el orgullo?

¿Serías capaz de vivir sin un dios y saber que nadie puede ayudarte? Puedes aceptar vivir sabiendo que vas a sufrir una y otra vez?
Sólo la voluntad del sueño de virgilio une mis estrofas y hace que este escrito no se quiebre ni desmorone para caer en pedazos a los acantilados del egeo. Sólo la voluntad de un dios me mantiene vivo y como una perséfone raptada del Olimpo recorro oscuros laberintos sin esperanza de una salida (porque la salida sería abandonar este laberinto que es la vida). Porque sólo el sueño de ser un dios me ata a esta vejación, a este ultraje que es ver pisoteadas mis ambiciones y mi orgullo de belleza. Porque sólo esta estúpida vanidad de mujer cortejada me hace seguir negando que no soy cursi, que no soy vulgar y que no soy un insulso mortal en su mugrienta monotonía.
Y escribiendo estrofas estériles (éstas estériles estrofas) trato de negar con la vehemencia de un místico que no seré hermoso, que no seré brillante y no seré perfecto y que ni en siglos de equivocación, dolor y muerte llegaré a ser un apolo, una Perséfone, un Aquiles o una ninfa cortesana.

¿Pero es que acaso no sirve todo este candor que siento, este desesperado grito por estar vivo, para —al menos— poder comprar el favor de algún dios que trastoque el azar y me de por condescendencia lo que no merezco por destino?
Busco entonces las monedas de oro, mendigando entre afortunados, robo instantes de placer leve, digo frases agradablemente tristes, cumplo inteligentes actos y beso alguna criatura complaciente. Cuando tenga las monedas las pondré en mis ojos y me acostaré en la barca que tiene que llevarme. Pero mientras tanto espero que, antes de que el can Cerbero devore mi corazón, toda esta dramática comedia que es mi existencia conmueva el fútil placer de una venus o de un dionisio y me arranquen de la mortalidad y el olvido.


 
Relato e imagen: ©Rodrigo Conde

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