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lunes, 3 de junio de 2013

Algunas prosas escogidas, LIV: Los Tipos Duros No Escriben Blogs







Malas compañías


Aquel jovencito se sentaba en un taburete de la barra tocando su cara recién enrojecida y dijo: “ojalá estas mujeres no fueran tan estrechas”. Dave dejó inmediatamente el paño con el que secaba las copas y se le acercó, para soltarle el mismo discurso de siempre, el que ya he escuchado muchas veces: Muchacho, voy a ser muy claro. Compré este club hace mucho tiempo y he trabajado demasiado para dejar que lo infecte tu inocencia, solo porque una camarera te haya dado una bofetada. La noche es atractiva, luce un encanto especial, un extraño tapiz nublado que podría marear al whiskey en el ambiente más sórdido. Pero créeme muchacho, lo sé de sobra, no es sencillo ni romántico, aquí podrías lastimarte mirando a cualquier chica. Muchacho, esto no es el cine, donde ves a Paul Newman emborracharse y salir del bar con su mirada azul. Maldita sea, si ese tipo hubiera pasado un par de horas en el Korova se le habría vuelto negra la sonrisa. Hazte un favor y vuelve a casa antes de que te roce la metralla del perfume de alguna chica.

Durante años camareras, coristas y mujeres de moral relajada arrastraron su reputación por el Korova. Todo tipo de mujeres que dejaron un reguero de víctimas, y Dave quiso advertírserlo al chico antes de que fuera demasiado tarde. Quizás para que no le ocurriera como a Guido Fischetti, un pistolero de Frank Nitti habitual del local que presumía de curriculum e invitaba a copas, gestos siempre apreciados por los que frecuentaban el club. Guido, con trajes recién planchados y peinado impecable, se pavoneaba de no casarse porque no encontraba a ninguna mujer que hiciera juego con sus antecedentes. Hasta la noche que Claudia Simons entró al local.

Se abrió la puerta y estuvo media hora entrando mujer. Satisfecha de no hacer prisioneros con las miradas del local, buscó una mesa con buena luz que luciera sus piernas. Solo Guido reunió el aplomo suficiente para acercarse. Ella le invitó a sentarse, desplegó su sonrisa y aparecieron setecientos cincuenta y tres dientes. Desde la barra Dave, avezado en este tipo de encuentros, negaba con lo cabeza. Había visto demasiados como éste.

Durante semanas Claudia y Guido se dejaron ver por los mejores locales de la ciudad. Restaurantes, teatros, cines. Dólares. Ropa cara, joyas y perfumes, muchos dólares. Guido abrazaba su trofeo luciéndolo, con el mismo orgullo con que ella mostraba los diamantes que adornaban sus dedos. Disparaba billetes de cien pavos como antes vaciaba su glock. Más tarde Guido comprendió que no hubo problema entre ellos mientras hubo dinero. Sólo el día en que su cartera titubeó más de la cuenta comprendió que la sonrisa de Claudia era pura bisutería. Los billetes dejaron el sitio en la cartera a las discusiones. Un par de días más tarde y ella ya se había marchado con un joyero de paso por la ciudad. Guido sólo volvió al Korova para despedirse. Sabía que Frank Nitti no le aceptaría a su lado, que a un tipo realmente duro jamás le habría ocurrido algo así. Lo último que supimos de él fue que andaba trabajando en un negocio de tintorerías en Cleveland. Guido pensó que una mujer así le cambiaría la vida. Y no erró.


Por casos así Dave anda siempre atento. Detesta que espanten a sus clientes. 
Pike, hay ciertas mujeres que son peligrosas, me decía acodado en la barra. Solo con una mirada podrían hacerte mear sangre durante tres días. Dios santo Pike, mujeres así, serían capaces de infectarte la pus.







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domingo, 21 de abril de 2013

Algunas prosas escogidas IL: Irene Sanz Montero


Mar de oro
 
El viento cálido del sur mece las altas espigas de cebada que cubren la tierra como un manto viviente de color marfil. El mar dorado ondea alrededor de una hermosa figura mientras un tropel de gorriones parduscos le arrebatan al silencio su hegemonía desde el cielo. El aroma de cien plantas dibuja una sonrisa en los labios de la figura, que alza los ojos a las nubes e invita al viento a acariciar sus largos cabellos de cobre. Y el viento hunde sus dedos intangibles en la bella inmensidad anaranjada, mueve los pletóricos pliegues de su vestido y arranca escalofríos de su piel aterciopelada. Espera incansable la llegada de alguien que jamás se ha presentado, y describe en el diario de su corazón las plácidas tardes de soledad esperanzada como si el tiempo fuese irrelevante.
Miles de ideas pasean por su mente cuando la brisa musita palabras de aliento en su oído. Otea el horizonte y despliega gozosa las alas de su fantasía para mantenerse con vida día tras día. No desfallece, no desiste, no se vence.
Durante un atardecer el sol encendido de poniente revela la llegada de un caballero y su montura. Y la dama sonríe. La soledad abandona su causa y la luz retorna a sus ojos cansados.

 

 


Con una hipersensibilidad por lo fantástico, adorando viejos tópicos simbolistas y emulando claramente aquéllos prerrafaelitas, bebedores absenta, regeneradores de las viejas leyendas europeas (claramente apreciados en el microrrelato que nos trae), Irene Sanz Montero (1988), licenciada en Humanidades (Universidad de Alcalá de Henares), publicó su primera novela en 2011: Una Leyenda de Alion Dindirmen. Actualmente trabaja como tarotista, y colabora con numerosas redes sociales y blogs literarios.







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sábado, 16 de junio de 2012

Algunas prosas escogidas, XXXIX: Cintia Espinoza


 

PLANIFICANDO LA VIDA O EL TREN CIRCULAR
(Robbie Williams suena en la radio con el cover Say something stupid like I love you)


Y yo me quise embarcar otra vez en este mismo tren que no va a ninguna parte.
Este tren que transita en círculos para salir y volver siempre del mismo lugar. Del mismo.
Entonces llega cada domingo y de nuevo tengo que convencerme que la palabra siempre sencillamente no compartirá conmigo; que la felicidad significa para otros y que sobre mi descolorido mantel, sólo se sirve la tristeza. Pero viene el lunes y el lunes hay que trabajar y no se puede hacer desconcentrada, entonces, en la mañana, me pego una ducha de lágrimas para que se me termine de correr el maquillaje sobrecargado que estrené el fin de semana por las puras.
Entonces me vuelvo a vestir de colores para que no se me note el gris de la derrota y otra vez me pregunten si estoy enferma. Me calzo la ropa del lunes para renacer en la semana, para trabajar a contratiempo, para no tener que dar explicaciones.
Cuando llegue él, voy a fingir una vez más el cansancio, el trabajo y una amarga pelea con el jefe. Entonces me quedo dormida mirando hacia la blanca pared como todos los lunes, pensando en las palabras que quiero decirte, que debo decirte y me cansé de decir. Entonces ya agotada de tomar este tren circular, lloro a solas, a gritos sin que tu me oigas. Y viene el martes y en la mañana me pongo de nuevo la ropa del martes hasta que vuelva el domingo, hasta que pasen todos los domingos que tengan que pasar para que llegue el día en el que él me declare el consabido discurso del adiós y yo me pinte de domingo el día jueves y empiece a imaginar que tren tomo otra vez.






Nacida en Vallenar (Chile, 1977), Cintia Espinosa es profesora y periodista freelance. Su medio de actuación: Internet y todas sus redes.
Su narrativa moderna, trasunta un hilo de romanticismo vacuo con un falso existencialismo que nos muestra la ingravidez del mundo en que vivimos y la insignificacia de cada uno, en una época falta de mitos y provista de un humanismo exacerbante.





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