Bajo el manto poco refrescante de treinta y cinco grados a la sombra, una pequeña -antes grande- mota de polvo, carne y huesos desconchados, y ropas sucias, oculta la cobardía y sinrazón de esas gentes que abrían la boca y ocultaban sus manos.
Es, más o menos así como, hoy, todavía y después de siglos y siglos de evolución humana y progresos civilizados, algunos -unos pocos, por suerte- solucionan sus diferencias ejecutando leyes y sentencias promulgadas y conservadas desde otras épocas, aparentemente, menos modernas que la actual. Bajo un argumento pobre, más bien innoble y, por supuesto, profundamente tendencioso, esas personas, satelizan los derechos humanos a los misterios de la teología, una ética adscrita a cultos religiosos, una moral que escenifica un código de conducta, con el patronato -tan sublime como blasfemo- de aquél o aquéllos que actúan, por gran soberbia e inmedido despecho, en nombre de dioses sin nombre, dioses sobre los que recaen las culpas de sus actos, después de obtener ese perdón imaginario que les exigirá nuevas víctimas, para repetir, de nuevo, su funesto, lúgubre y anacrónico ritual.
He aquí la descripción de en lo que pocos días, horas, minutos o segundos, le puede suceder, en un remoto paraje de Irán, a Sakineh, esa nueva reo de esa parte del mundo que no ha evolucionado, donde la mera existencia de la mujer se ve como un error evolutivo, muy lejos de esa libre abstracción occidental, donde lo “fetish” y lo “hot free” se entremezclan en un perfil subjetivo donde lo dramático puede ser interpretado en clave de humor, tal como pueden inspirarse en las imágenes de Van Halen o lo “hardest” de la Obama girl.
Libertad y obediencia, unos sustantivos que tienen más en común de lo que, a simple vista, parecen separados. Y, finalmente, nosotros, solos, los que tenemos de decidir, y escoger lo uno, o lo otro. Vuestra es la elección:
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