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domingo, 9 de mayo de 2010

Gott mit uns (Microrrelato)



Un inmenso hormigueo de rusos cruzaban las ya atrofiadas alambradas de hierro que separaban nuestra posición de una línea de frente que se adivinaba como un biombo risueño que se jactaba de nuestras vidas, las cuales no valían nada.


-¡Klon, nos van a despedazar!-Gritaba el cabo Schmidt a su hermano Günther, un veterano del Frente del Este que también había servido en más campañas de las que pudiésemos recordar.
-¡Calla, coño! ¡Qué vas a acojonar a la tropa! Coge la Schmeisser y sígueme. Vamos a repartir pepinos entre estos cerdos bolcheviques...
Rápidamente, el sargento Günther parcheó diez o quince hombres entre los que se hallaban desperdigados -y medio huidos- en el campo de batalla.
Los gritos de los moribundos al estallar los obuses del 88, entre las apenas diezmadas filas comunistas, dispersaban los trozos de metralla convirtiendo en carnaza, cascos, uniformes y soldados.
Por su parte, el enemigo lanzaba sus 'mosquitos' contra nuestra inexistente posición, rociando con bombas incendiarias una extensión de tres kilómetros y medio, convirtiendo lo que antes eran hombres, trincheras y caballos, en una inmensa prole de desperdicios, mientras que los pocos blindados que nos quedaban ardían o estallaban por los aires, convirtiéndose en chatarra.
Las balas trazadoras silbaban, rebotando en la espalda de cobardes y ombligos de héroes, mientras que, los veteranos, luchaban codo con codo para 'aguantar' un pedazo de ese imperio de los mil años que no volvería jamás a renacer.


Una explosión ensordecedora hizo temblar todo el suelo, anunciando un cataclismo bélico que parecía destronar toda existencia viviente.
Desde mi posición, en la zona de mando, distinguía claramente los movimientos de tropas enemigas y propias; una excelente área de visión que quedaría truncada por el golpe mortal de ese último estallido. Una deflagración que había sesgado la cabeza del águila alemana de un solo tajo. Y en la penumbra causada por la nube de humo y pólvora, el oso ruso -caprichoso y alegre- enviaba a sus innumerables cachorros, los cuales desaparecían y volvían a aparecer, en una incontable marea humana que se abatía sobre nosotros como las mismas hordas del infierno.


Una mano firme y recia me asió del brazo y me levantó.
-¡Venga, en pie soldado!
Era Günther, un sargento mayor condecorado incontables veces que, a modo de epílogo, guardaba el poco de sentido que quedaba en lo que antes había sido el bastión Q de la línea Voronetz.
-¡Klein, contén a esos puercos! ¡A las MG! ¡Dadles su merecido! ¡Hay que ganar espacio para nuestra retirada!-Mascullaba un cabo rubio que iba con el sargento.
¿Retirada? Estábamos corriendo. No quedaba nada para salvar, sólo a nosotros mismos, los que quedábamos, y ya era mucho.
Mientras huíamos de ese infierno, una gran masa de cadáveres bañaba todo el -otrora- precioso valle, invirtiendo -de ese modo- la misma guerra, aquello que años atrás habían sido campos reservados al cultivo y a la ganadería.



Cota cero. Todo volvería a empezar, de nuevo. Nosotros, en cambio, seguíamos huyendo, de un lado a otro y de una realidad a otra, subrogándonos a un triste deseo al que nadie ya creía, y ahogándonos en nuestra propia sangre, tanta, que ya no cabía en unas sollozantes tumbas hechas con el metal podrido de una palabras mortales que en otro tiempo creímos divinas.
Sólo cabía huir. Sabíamos que ni aquí ni allá había salvación alguna para nosotros. Vivíamos a tiempo prestado y huir era todo lo que nos quedaba. Atrás, tan sólo humo y cenizas.




Copyright:



Del relato:

Ángel Brichs©


Imagen:

Abi Pap, 2010©


Publicado en este blog bajo el consentimiento del autor:


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