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jueves, 21 de abril de 2011

Prosas escogidas, XI: Ignasi Raventós

La fuerza de la fe

Aquella mañana, la plaza mayor de Chañaral amaneció ocupada por cientos de sillas de madera perfectamente alineadas y encaradas a una pantalla de vídeo gigante. Entre ese mar de sillas, se veía al Padre Carmona con un ir y venir apresurado poco frecuente en él. Corría más que andaba. Daba vueltas, se frotaba las manos, miraba a uno y otro lado, se ajustaba su gastado alzacuellos. Ahora estaba contando sillas, ahora apremiando a los técnicos de la pantalla de vídeo, ahora saludando a los pocos periodistas acreditados; dos minutos más tarde estaba asegurándose que no faltasen bebidas para los congregados y acto seguido mirando el cielo y rogando a Dios que esos nubarrones que despuntaban por las montañas no desluciesen un día tan especial.
Aquel día, un veintitrés de abril, a miles de kilómetros de distancia, con la Cordillera de los Andes y todo un océano por medio, se estaba eligiendo un nuevo Papa. Y entre los papables estaba el cardenal chileno Ferrero, hijo predilecto de la comuna de Chañaral. Un hombre de Chile que representaba a más de setecientos millones de católicos latinoamericanos, africanos y asiáticos. El defensor del mundo pobre. Un pastor del pueblo que, de ser elegido, haría llegar la voz del tercer mundo al resto de la cristiandad. De eso estaba convencido el Padre Carmona, que había tenido ocasión de oficiar con el papable en varias misas de alto postín y conocía bien sus buenas obras.
El domingo anterior, el padre Carmona había exhortado a sus feligreses para que acudiesen a presenciar el cónclave en la gran pantalla, y a rezar por la designación de su eminencia.
–Id a vuestras vuestras aldeas, a vuestras casas, animad a vuestros amigos y vecinos. Nuestro querido cardenal necesita el apoyo del pueblo. Chañaral será el centro del catolicismo y aquí tenemos que estar todos –les dijo en la homilía.
El padre Carmona consultó su reloj y una vez más repasó las hileras de sillas. Todas tan bien alineadas como los bancos de su pequeña iglesia. Estaban vacías, de momento. Pero ya se llenarían. Se dirigió al lado izquierdo de la pantalla. Sobre un caballete, un gran retrato del cardenal Ferrero. Le pareció que estaba un poco bajo y ajustó la altura del soporte. Luego se giró y observó la amplia plaza engalanada. Se secó el sudor. Ya no había nada más que hacer. Tan sólo esperar la llegada de sus feligreses.
Un técnico de vídeo se le acercó para pedirle permiso para poner en marcha la pantalla y preguntarle qué canal quería ver. Por supuesto, el Canal Nuevo Tiempo, le dijo y fue a sentarse en una silla de una fila intermedia para asegurarse que se veía bien. Al tomar asiento se le aflojaron los músculos y se le distendió el ánimo. Suspiró. En la Capilla Sixtina, junto a la gran basílica de San Pedro en el Vaticano, el cónclave ya había empezado. La jornada sería larga y dios quisiese que gloriosa.
En el canal Nuevo Tiempo, estaban retransmitiendo una tertulia sobre el cónclave. En una ventanita sobreimpresionada en la esquina superior, se veía un gran plano general de la Plaza de San Pedro. Ahí estaba el cardenal Ferrero haciendo valer su santidad, pensó y le envió una bendición. Las intervenciones de los tertulianos centraron su atención. Estaban hablando sobre el perfil de uno de los papables. Un italiano de setenta y dos años. El que más opciones tenía para llevarse el anillo del pescador, a entender de la mayoría. Uno de los tertulianos destacó su defensa de la liturgia como medio para recuperar a la Europa laica y cada vez más atea que amenazaba al catolicismo. Restaurar un sentimiento de identidad católica, fuerte, musculoso. Era lo que se proponía el italiano. Intervinieron otros tertulianos y entre aportaciones, discrepancias y comparaciones, el Padre Carmona se durmió.
Soñó que una columna de humo salía de la pequeña chimenea que sobresalía, escuálida, en el techo de la Capilla Sixtina. !Fumata blanca! Veía cómo los pórticos del balcón más iluminado de la cristiandad se abrían de par en par con gran estruendo de pirotecnia y efectos sonoros especiales y tras ellos aparecía el nuevo Papa. !El italiano! Y vio cómo el nuevo representante de Dios sobre la tierra bendecía a la multitud congregada en la plaza. Y como luego señalaba hacia la cúpula de San Pedro y decía: mallaviraos católicos del mundo entero, la fe católica nunca será tan fuerte. Y acto seguido la cúpula de la basílica se abría en segmentos como los pétalos de una flor y de su interior emergía entre una nube de humo blanco un misil balístico intercontinental cargado con una ojiva nuclear.
El rugido de una multitud despertó al Padre Carmona. Miró a su alrededor. La plaza de Chañaral estaba llena a rebosar. !Habían venido todos!
–¿Fumata blanca? –le preguntó al feligrés que tenía sentado al lado.
–Déjese padre, que ha sido un golazo.
¡Gol, gol, gol!, aullaban todos. En la gran pantalla de vídeo, un delantero corría por la banda del campo de fútbol agitando los brazos.






Ignasi Raventós (Barcelona, 1958) ya de joven empezó a sentir un fuerte clamor en su interior. Un impulso que cobró bríos leyendo versos de Espronceda y se manifestaría, algo más tarde, en forma de relatos un tanto jocosos, e incluso de corte erótico (lo que le valió más de una reprimenda de sus profesores). Pasados ya esos años de pasión juvenil, el mundo real le reclamaba. Olvidadas sus inquietudes literarias empezó a estudiar Ciencias de la Información, carrera que al terminar le condujo –en parte, a reencontrarse con su vocación–, empezando a trabajar en una editorial, como corrector de estilo. Posteriormente, entró como creativo publicitario consiguiendo, durante más de dos décadas, cierto reconocimiento, lo que le permitió fundar su propia empresa.

Después de unos años al frente del negocio, cesó en el cargo y, después de vendérsela a su antiguo socio quiso orientar su vida hacia otras lares. Su primer día de libertad –como nos lo cuenta–: «[...] fui a una librería con la idea de comprar cualquier libro que me distrajera. Y el primer libro que toqué fue Viaje del Peregrino de Paulo Coelho. Y en sus primeras páginas, vi mi historia reflejada. Y las siguientes acabaron de convencerme de que debía retomar mi sueño olvidado. Debía convertirme en el escritor que siempre había querido ser. [...]». Desde entonces, se dijo a sí mismo que jamás volvería a dejar esa vocación perdida. Prueba de ello son los cien relatos que ha reunido, hace un tiempo, agrupándolos en su obra, Relatos aleatorios.



Relato, fuente para la reseña e imagen: ©Ignasi Raventós


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