¿Qué lecturas os seducen más?

lunes, 25 de abril de 2011

Prosas escogidas, XII: José Anís

¿De qué se murió el niño?

Cuando las muchachas bajan a este río, las veo bañarse. Catalina es la más hermosa. La pienso a cada rato. La beso en la piel azucenada, salada y tersa. La sueño como las abejas sueñan con las flores.

La conocí en alguna tarde brillante igual a hoy. Venía enfermo de los ojos, los traía todos amoratados y casi me estaba quedando ciego. Ella vivía con la amiga Gabriela en la choza que hicieron en el pantano. Entré despelotadamente por la puerta, dije no se qué de piedras que me lanzaron y caí desmayado a los pies de ellas. Luego, me acostaron sobre montones de centeno que guardaban para calentarse en las noches. Duré dormido cinco días. A la mañana siguiente Gabriela empezó a preguntarme que si me gustaba Catalina, que si me quería casar con ella.
Entonces me olvidé de Tatiana.

Tiempo después, cuando ya me había casado, me llegó la noticia de la muerte de Esteban, el hijo que tuve con la Tatiana. Hasta aquel momento, jamás había sabido del hijo mío.
Salí del pueblo, le hablé a Tatiana con la verdad. Discutió que no me la hubieran contado antes. Lo único que faltó fue que apareciera la Catalina a alborotar el entierro.

María Arcángel, mujer sabia, casta y viuda llegó llena de remordimientos. Fue ella quien me rompió el compromiso con Tatiana. Fue ella quien se robó el oro con que pensaba pagar el costo de la boda. Me organizó la fiesta de despedida de soltero. Me emborrachó con ron de caña. Me metió a la mujer del viejo Enrique en la cama. Todo lo hizo para impedir el casamiento. Pero la vi tan vieja, que no me inspiró la rencura que siempre alimentó en mi corazón, sino la ternura senil por ser la niña más grande que habría podido conocer.
Le pregunté:

—Vieja, ¿de qué se murió el niño?

No supo responderme.
Más tarde, cuando la gente se regresó con el estómago vacío, pues la plata no les alcanzó para los pocillos de tinto. Volví a preguntarle:

—Vieja, ¿de qué se murió el niño?

Se hizo la muy sorda y no me volvió a hablar.
Cuando ya nos íbamos a dormir. Aproveché la ocasión para preguntarle por última vez:

—Vieja, ¿de qué se murió el niño?
—¡Ay!, Sebastiano. Tú si que eres muy insistente.

Calló un momento.

—Esteban no es tu hijo. Tatiana te quiso, Sebastiano. Pero no llegó a parirte el hijo.
—¿Tú sabes que a ella la intentó violar el viejo Enrique?
—Sí.
—Pues ese no se quedó en intenciones. Lo hizo. Y la manchó para siempre.
—Tú eras la esperanza de remediar la situación. Pensaba que, tal vez, casándola contigo recuperaría la honra. Pero ella fue más allá. Se enamoró de ti. Y eso yo no iba a permitirlo.
Enmudecí.
—¿De qué se murió el niño?
—Eso no te importa.
—¡Yo soy el padre!
—¿De quién?
—Del niño.
Me convertí en jinete por despecho. Tatiana no me perdonó la infidelidad. Bebí el aguardiente más amargo, la indiferencia. Me fui de la villa para siempre. La busqué en los ojos negros de otras mujeres. Jamás la encontré. Aprendí a contar las noches que pasaba lejos de ella. Aprendí a cazar las panteras de la selva. Aprendí a llenar mi vida de nostalgia. La nostalgia envejecía como las azucenas que crecían en el jardín, que Tatiana no volvió a regar. Pero la tenía petrificada dentro de mí. Envejecía con mí.

La vida se transformó en el débil son, muy débil, que siempre pensé que era el idilio. Al contrario, era el sonido de las ranas, era la cadencia de la pesadumbre. Avanzaba por los naranjados senderos de la hiel. La lloraba hasta alcanzarme la noche. Me dolían los labios que la amaron. Luego, la desprecié. No sospechaba que allá en el pueblo, todavía se moría por mí. Las cascadas purificaban ese amor. Las hermanas de la Tatiana eran más hermosas que Tatiana. Y la Tatiana tenía los ojos bonitos, negros como el café. De eso me enamoré.

Empecé a frecuentar la casa de la mamá. Le llevé girasoles, leones de juguete y hasta la cría de mi burro. Así fue creciendo la simpatía entre los dos. La llevé a los arrozales, donde la hice mía. Cuando decidí casarme, le llevé orquídeas. Su papá era cónsul en Milán. Allá conoció a la María, que murió al bautismo de Tatiana.

Vagaba por el desierto de la soledad. Entonces conoció a esa mujer italiana, bella como el narciso, dulce como el caramelo. El nicho vacío se hizo fértil. El año siguiente su mujer dio a luz a la niña Tatiana Teresa y Carmelo.Tras eso, la madre del cónsul, lo mandó a llamar, porque los viudos nunca serán felices sin la compañía de cualquier mujer. Y menos con hija que criar. El señor Joaquín se conoció con María Arcángel en la escuela rural. Por esa época, él presidía la junta de maestros. Ella llegó para reparar la vida de ese ermitaño atolondrado, que bien podía comer jabón por el desorden que le dejó en los sentidos la muerte de María Teresa. Ambos pasaban las noches, oyendo la música del trío de guitarras que se reunía a cantar en la plaza del pueblo.

Pronto, cuando María Arcángel ya se había instalado en la Pensión de los Maestros, el señor Joaquín empezó a enviarle frutas. En agradecimiento, ella lo invitó a cenar alguna noche de julio fría. Encendieron la chimenea. Desde entonces lo amó con el alma.
Los meses subsiguientes fueron zozobrantes para los dos. María había quedado embarazada. No estaban casados. Los hijos les nacerían bastardos. Decidieron ir a donde la mamá de Joaquín. Ella los recibiría. Los ayudaría a guardar el secreto.

La Tatiana tenía diez años. La raíz de la femineidad le brotó tan de prisa, que ni siquiera la buena Encarnación Dolores, que presentía los pasos de la niña antes que ella los resolviera, se dio cuenta de cuando nacieron los vástagos de tal belleza. El espíritu de la abuela no la juzgó nunca. En cambio al papá, cada vez que no le agradaba algo, agarraba el cinturón y se lo lanzaba a las nalgas de Tatiana. Ese hombre llevaba el corazón inquieto del león.
Tatiana no lloraba. Gemía como gata. Gemía cuando la mantenían a pan y agua. Gemía al torcer el camino que su padre predestinó para ella. Gemía cuando en los campos se escuchó las semillas del arroz creciendo con la lluvia. Los montes desbordados por el agua de los manantiales. Los bueyes enterrados por la melaza del trapiche. Los hombres escapando de la creciente que llegaba. Y nosotros pensando en el amor. La corriente nos arrastró fuertemente. Al otro día, el fuego se extinguió.
El dolor fue siete veces mayor.

Encontré el diario que al huir ella olvidó. La primera hoja traía el corazón pintado con sentimientos que fueron verdad. Pero luego me explicaba que tendría que marchar. Releí, releí. Recordé los domingos, sentados en la mesa me pedía escucha los fragmentos del diario de mi vida. Buscaba alivio para vendar mis heridas.

Después del entierro la besé.

—Me besaste... —Se tocó los labios.
Me agarró la mano.
—Me da tristeza hablarte así, creo que lo que sentía por ti ya se murió.
Me dio la espalda.
El día que regresé de otro lugar, la gitana del puerto donde anclaba el barco, me llevó a la tienda que atendía. Sacó del baúl pesado de debajo de la mesa de barajas la fotografía que Tatiana se tomara de perfil, para que la llevara en el bolsillo del pantalón. Tan feliz me sentí, que hasta pensé en otro encuentro, que algún día la volvería a ver.
Por ella me fui. Y por ella volví.

 

La luz de luna. La luz de estrellas. Todo se hizo eterno. Cuando rió sentí nacer flechas de cariño dentro de mí. Los niños me contaron que a nadie quería. No la olvidé de ahí en adelante. Dejé caer mi alma en las manos de Tatiana. Una, dos, tres serenatas y ya la tenía.

Al hablarme la vieja María Arcángel de la violación de Tatiana, valoré el temple de Tatiana, el mejor que podía tener cualquier sagitario en esa situación. Me imaginé cómo se habría sentido, siendo tan niña, tan frágil de espíritu, tan dócil como las palomas de la plaza. Siempre que me encontré con ella, evité mencionar ese percance. A veces el polvo del tiempo es mejor no correrlo.
¿Cómo me habría perdonado?; ¿cuál llaga habría cerrado más rápido?; ¿habría conseguido algún nuevo querer?; ¿habría logrado borrar el recuerdo del viejo Enrique?; ¿de qué se murió el niño? Esas preguntas pronto hallaron reposo en otras mentes. Yo quería volver a ser el amigo. Lo único que se había preservado del odio era la amistad. La cuidé todos estos años. Lo único que debía hacer era preservarla algo más.

El bebé nació en agosto, muy lejos de mí. El bisabuelo mío, que estaba muy enfermo, se tomó la última foto de la vida con él. Tomó mazamorra de plátano hasta los nueve años. Y se murió a los quince. Yo no sabía qué sentir cuando me contó que tuvo niño. Ni tampoco qué decir cuando supe que había muerto. Fue como el escalofrío que da al subir los páramos. Eso. Tatiana me miraba a los ojos con los ojos heridos. Esperé que se le pasara la angustia. Al rato, vi que estaba mejor. Llamé a Catalina. Trajo dos pocillos de café y se sentó a hablar con nosotros.
A la mañana siguiente, Tatiana despertó nueva, brillante y con la tez cambiada. Catalina la había invitado a pasar la noche con nosotros. Ella aceptó. Parecía vieja por las vicisitudes, pero al otro día se volvió más joven. Ya no tenía arrugas en la cara. Ya no tenía canas.
El luto que siempre usara desde que la reencontrara, desapareció del equipaje. Lo tijereteó. Luego, lo quemó en el patio de las gallinas. Miré esto con estupefacción.

Esa no podía ser la Tatiana que me había buscado por mil caminos. Esa no podía ser. Esa no podía ser la Tatiana que me había visitado ayer. Esa no podía ser. Esa no podía ser la mujer, la madre de mi hijo. Esa no podía ser. Le pregunté:
—Tatiana, ¿te sientes bien?
—Sí, estoy de maravilla.

No podía ser.
Quedé atrapado en cierta época, y eso no me dejaba ver que la gente a mi alrededor cambió. Las raíces de mi descendencia fueron cortadas muy temprano, sin dar tiempo para que se enamoraran, o al menos besaran. Hoy no entiendo por qué me tocó vivir tanto tiempo. La selva me retrajo los sentires. El mar me infló el pecho. ¿Y los hijos? La luna me los arrebató.


Fue en noche plateada la violación de Tatiana. Fue en noche plateada mi huida de la villa. Fue en noche plateada, cuando el demonio me arrebató la esperanza de hacer mi vida con los niños.





Joan Sebastián Ascanio, natural de Ocaña (Colombia), es un autodidacta que empezó a escribir con tan sólo doce años. Convertido ya en adulto, se muestra a sus fans por las vías que ofrece Internet (principalmente blogs y redes sociales), que es donde publica su poesía y prosa corta, las cuales yacen en una línea donde la ficción es, a menudo, descrita con connotaciones un tanto surrealistas. Su nombre de combate es José Anís, seudónimo con el que ha querido firmar algunos de los textos con los que colaborará, a partir de ahora, en LITERATURA DEL MAÑANA.




 

Imagen, fuente para la reseña y relato: ©José Anís
 
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