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domingo, 5 de febrero de 2012

Algunas prosas escogidas, XXXIII: Felipe Alonso Simarro





En cama ajena

 
Con Sonny pariendo notas imposibles en el saxofón, Paul Martin soltando su cháchara habitual y las chicas buscando algún tipo a quien confiar su dignidad, la noche adelgazaba sin prisa en el Korova hasta que el contorno de Emma Walsh rozó mis ojos. Dave se puso en guardia enseguida, como si un inspector de sanidad pudiera echar abajo la excelente mala reputación de su local. Ella no hizo caso, buscó un lugar vació en la barra, encendió un cigarrillo y desató su sonrisa sin intención de hacer prisioneros.

Los chicos comentaban que había pasado una temporada en Las Vegas después de un encontronazo con uno de esos tipos a los que el aliento les huele a quince años y un día. Me fijé y comprobé que había cogido varios kilos de belleza, y que seguía siendo aquella mujer de formas contundentes y peligrosa presencia. Mientras la observaba se le acercó un tipo que un minuto después estaba sentado a su lado y tres sonrisas más tarde era carne de cañón. Con seguridad aquel tipo no se habría acercado de conocer la historia de Emma y de haber sabido que aquella mujer era una jornalera que cada día labraba su presente sustrayendo la cartera a incautos.
Desde mi lugar en la barra del club alcancé a escuchar la risa de Emma cuando el tipo le decía unas palabras al oído. Faltaban todavía unos minutos para que él propusiera buscar una habitación y algunas copas más para vencer la calculada resistencia de ella. Después saldrían del local, abrazados, y el tipo despertaría a la mañana siguiente en un hotel, satisfecho y orgulloso, hasta el momento justo en que advirtiera que su cartera, su reloj y buena parte de su orgullo habían desaparecido.

La noche siguiente me sorprendió que no apareciera el tipo en busca de Emma, con la vana esperanza de ajustar cuentas. Tampoco lo hizo dos noches más tarde. Él no asomó por allí, pero quien sí se dejó ver fue Emma. Aquello no era propio de ella después de desplumar a alguien. Se sentó a mi lado enredada en el humo de su cigarrillo. No tardó en preguntarme, «oye Pike, el tipo con el que estuve el otro día, ¿lo has vuelto a ver?», «cariño, ese tipo todavía debe estar por la calle preguntándose cómo va a explicarle a su mujer que ha perdido la cartera». Me dejó media sonrisa por respuesta y se quedó a mi lado en la barra, en silencio, dejando que los whiskeys fueran resbalándole dentro. Más tarde, cuando el garito languidecía volvió a hablarme: «Pike ese tipo me gustó, me ha dejado huella. ¿Sabes que no le quité ni un centavo? Me fui a la cama con él pensando que había encontrado a un hombre especial». Emma sabía que aquella confesión me estaba asombrando, pero continuó: «y cuando desperté a la mañana siguiente el tipo se había largado llevándose mi monedero». Vio que me costaba digerir aquello «así fue cariño», me dijo. Me costó unos segundos que mi mente ubicara al tipo desde la categoría de incauto a una casi desconocida. «¿Y sabes lo mejor Pike?», me dijo Emma apurando su copa con mirada nostálgica, «¿sabes lo realmente grave? Que pagaría lo que fuera para que volviera a robarme otra noche».





Relato:   ©Felipe Alonso Simarro (Los Tipos Duros No Escriben Blogs)
Imagen: ©Wikimedia Commons




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domingo, 4 de diciembre de 2011

Algunas prosas escogidas, XXIX: Felipe Alonso Simarro



Los mejores clientes del Korova

Las noches en el Korova son tan repetidas que cualquiera podría recitarlas de carrerilla. Hoy, como cualquier otro día, puedes encontrar a Dave Manilow detrás de la barra, haciendo esperar a su chica porque en su pasión por el negocio es capaz de intentar perder el billete de lotería premiado que lo retire. Preocupado por no perder a la clientela del garito, siempre le pareció más importante mantener la mala reputación del local que la de su matrimonio.
Esta noche encontrarás a Peter Cost apoyando en la barra la mitad de las copas de más que lleva mientras trata de embaucar con su sonrisa más golfa a una madurita con ganas de pecar. Verás a Put Defen sentado en la mesa con la copa caducada en la mano, mientras fríamente piensa en la excusa que tendrá que inventar para desaparecer cuando el reloj marque la hora de salida en el escote de la camarera. No dirá nada claro, sólo una confusa explicación antes de esfumarse. Paul Ville le escuchará y asumirá la situación sin más, porque es hombre de mundo, y tan sólo Melo Pats parecerá desconcertado, primero y luego comenzará a reír y dar palmas al comprenderlo. A su lado, a Albert Ricks, le bastará con dejar escapar únicamente media sonrisa con la previsibilidad de sus amigos.
En una esquina de la barra Paul Marriage permanecerá ajeno a todo, concentrado sólo en no pedir la sexta cerveza antes de la quinta, sin aparentar darse cuenta de que casi todas las chicas del local querrían estar casadas sólo para poder ser infieles con él. Mientras, Chemi Marriage, su hermano, estará apoyado en el piano, atento en poner banda sonora de risas a la ácida historia que Paul Martin cuenta agarrado a su gintonic y sin dejar de tocar.
En la mesa de al lado George Carrill y Di Pine no necesitan a nadie. Aunque el viejo profesor Gus Revert esté sentado a su lado callando al silencio, ellos continuarán riéndose en voz baja de la misma broma que comenzaron hace media vida y que todavía no ha terminado. Y permanecerían media vida más si no fuera porque George ha mirado ya el reloj tres veces, pendiente de no recoger tarde a Lorraine del trabajo.
De vez en cuando se incorpora gente nueva al club, de tan pésima reputación como JJ, un matón enorme que trabaja para la banda de Josh DaDa; o Tite Meka, el portero de otro local de mal nombre. A pesar de su fama, ambos se ganaron hace tiempo a toda la clientela cuando demostraron que hasta para ser un gánster hay que ser un tipo de principios.
Y en medio de todos está Jake Gittes, un periodista que observa a toda aquella fauna sin perder detalle en su bloc de notas mental, grabando cada borrón de la noche. Hoy no ha venido sólo, ha traído con él a Jou «el Chino» un tipo que trabaja en correos. Jake le ha invitado a tomar algo para saldar un agravio con él sólo porque la otra noche soñó que no le dio propina cuando le llevó un paquete.
Hace tanto que Jake pasa más tiempo en este local que en su casa que tiene allí su dirección de correo. Dentro de poco se casará y algunos piensan que posiblemente el matrimonio le alejará del Korova. Yo le pregunté a Paul Martin que llevaba años casado.

—¿Qué Jake no vuelva? Muchacho, lleva años viniendo aquí sin razón, ¿por qué diablos se marcharía ahora que tiene un verdadero motivo para no estar en casa?

 


«[...] A veces me entristece que Andy no esté aquí y tengo que acordarme de que algunos pájaros no pueden ser enjaulados, sus plumas son demasiado hermosas. Y cuando se van volando se alegra esa parte de ti que siempre supo que era un pecado enjaularlos. Aun así el lugar donde tú sigues viviendo resulta más gris y vacío cuando ya no están. Supongo que hecho de menos a mi amigo [...]».
Ellis Boyd Red Redding (Morgan Freeman) · Cadena perpetua

Pike Bishop, 21 de junio de 2011.







Relato:   ©Felipe Alonso Simarro (Los Tipos Duros No Escriben Blogs)
Imagen: ©Wikimedia Commons

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lunes, 5 de julio de 2010

La prosa "gang" de "Los Tipos Duros No Escriben Blogs"


Hace pocos meses, ya tuvimos la oportunidad de introducir, en LDM, ese género negro que tanto interés despierta en muchos lectores. Estreno que vino de la mano de dos nuevos colaboradores que hoy, queremos presentarles nuevamente. Herederos de una línea literaria que corre paralela a ese "film noire" tan apreciado por cineastas como Tarantino u Scorsese; los hombres de los "Tipos Duros No Escriben Blogs" nos regalan otro relato que, estamos seguros, colmará, sobradamente, las expectativas de aquellos lectores que aman a ese género literario tan ocurrente, que corre deprisa, entre el velo de la realidad y la ficción:



AROMA DE LEYENDA

Los días buenos, en el Korova, tiene uno la oportunidad de ver resbalar las historias por los vasos de whisky. Algunas de ellas acuden a la barra de forma recurrente, como la leyenda de Paul Marrige. Paul es uno de esos tipos a los que no les cabría la reputación en los bolsillos. Su apuesta imagen de guapo descuidado y sus modales de galán, circularon durante años por todo Chicago como el maldito viento. Incluso la policía se preocupaba de averiguar donde había comprado los trajes que llevaba en sus atracos antes que de localizar el botín. Él se dedicaba a dar golpes selectos, ejecutados pulcramente, y luego pasaba largas temporadas disfrutando del botín hasta que la necesidad le hacía actuar de nuevo. Y aunque trabajó con la banda de los hermanos O'Donell, prefería trabajar por libre o con compañeros que elegía para la ocasión.
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Verle entrar al Korova y sentarse en la barra, recuperaba todo lo que yo había escuchado sobre él. Tenía tan buena fama que incluso aseguraban que había atracado algún banco armado tan sólo con una sonrisa y sin necesidad de disparar ni una sola mirada. Hasta contaban que, en su detención tras el atraco a una joyería, la policía consideró un arma el pañuelo de seda italiana que adornaba su cuello. La policía sólo logró incautarse de esa prenda y del número de teléfono que una dependienta había deslizado, escrito en un papel dentro del bolsillo de Paul.
Pero el juez no tuvo compasión y le condenó a doce años, en la prisión de Chicago. La cárcel, que por lo general roza un barniz ajado en cualquiera, hizo que Paul conservase todo su empaque. Dios santo, hasta parecía que las arrugas se las hubiera hecho su cirujano plástico.
El día que nos visitó en el Korova atesoraba ese aspecto digno que solamente tienen los tipos que han sido educados con hambre y de forma pulcra y honrada. Ver a Dave, el ladino dueño del Korova, invitar a una copa a un cliente era un acontecimiento que solo unos pocos privilegiados aseguran haber visto. Así que el que le hiciera una seña a Paul para que guardara la cartera fue su gesto más altruista desde la noche que le sirvió la copa Lizz Cannigan con dos posavasos siete años antes. Paul Marrige exhibió su legión de blancos dientes que le hicieron famoso y agradeció el gesto con la cabeza. Agarró su sombrero y se largó dejándonos el inconfundible aroma a prisa y torpeza que llevan los tipos recién puestos en libertad.
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Cuando se marchaba, topé con la mirada nostálgica de Lisa Jones viéndole salir. Lisa llevaba largo tiempo trabajando en el club y le pregunté: "¿le conociste bien?". "Pasé alguna noche con él. Era un encanto"-dijo sin dejar de mirarlo hasta que, recordó algo y me dijo: "¿sabes Pike?, me habló del tiempo que pasó en Francia cuando estuvo en la guerra. Cuando le oía hablar de aquel país tenía la sensación de estar allí, te hacía sentirlo tan próximo… . Maldita sea Pike, con un tipo así, hasta tuve la sensación de que si nos fuéramos a la cama me haría el amor en francés".



Algunas notas sobre los autores...


Pablo Albert Martínez y J. Felipe Alonso Simarro, son naturales de Elda (Alicante). Empleado de banca uno y empresario informático de profesión el segundo, comenzaron a escribir, en verano de 2006, el blog "Los Tipos Duros No Escriben Blogs", ambientado en un bar: el Korova. Colaboradores de la "Revista loca Deep" recibieron, en 2009, el "Premio Exclamación" a la Mejor Publicación Virtual. En este 2010, han participado en la edición colectiva en papel, "Cuaderno de Legados, I".



Copyright:


Del relato, fuente para la biografía e imagen:
Pablo Albert Martínez y J. Felipe Alonso Simarro©


Introducción y reseña:
LITERATURA DEL MAÑANA©


Publicado en este blog bajo el consentimiento de los autores:
www.literaturadart.blogspot.com




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