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lunes, 1 de noviembre de 2010

Prosas escogidas (IV): José Ignacio Restrepo


EL SECRETO

Cuantos barcos adornando la bahía. Luce así, siempre que hayan pasado las tormentas, pues los que andaban de faena han llegado al más próximo refugio, un lugar semejante a este, con otros hombres de mar como ellos, que cargan sus estúpidas historias a cuestas, precisamente para momentos así, cuando los marinos vencidos deben cobrarle al mar su castidad perdida, su hombría maltrecha. Es tonto oírles comparar faenas, mostrar a todos sus feas cicatrices, aun antes de que el alcohol les robe el poco sentido común, del que aun puedan hacer gala, si sus bocas cerradas observaran por ejemplo, la tarea del clima por sincerar las nubes con el suelo, dejándolas inocentes y vacías…Ahí están, ocultándose entre ellos, para esconder el tumultuoso terror, que unas horas antes había habitado sus cuerpos, y sus almas, en medio del espantoso temporal. Pero, así son todos los marinos, intentan orgullosamente convencer al resto de ellos y al mundo que piensan los escucha, que son más hombres, más fuertes y resistentes, que otro cualquiera, digamos, por ejemplo, un caminante que solo pasa, un carnicero, un cura, o un tranquilo tenedor de libros… como yo.



Llevo ya diez años, anclado como viejo barco a este lugar, donde a fe digo, viene a dar sin que mi voluntad mediara en ello. Entonces, tenía yo treinta y cinco, poseía objetivos, había hecho planes, pese a que la vida había dictado su cátedra demostrándome que las cosas que uno persigue, no tienen porque resultar según las piensas. Deportado, llegué a este sitio desde Turquía, pues allí me capturaron intentando entrar un contrabando, un cargamento de mercaderías americanas, un negocio que me reportaría lo suficiente para establecerme cómodamente en cualquier país de Europa. Era ese el último intento de una larga serie, donde mi escaso capital se había consumido, y que de no terminar felizmente, como de hecho sucedió, me dejaría en la ruina.
Mis compadres, en peores condiciones que yo mismo, fueron encarcelados. Unas piedras que llevaba desde antes, como seguro de vida, pasaron a las manos del jefe de la policía de aduanas, quien autorizó como contrapartida mi deportación inmediata. Así arribé a este lugar, en un buque mercante, que hubo de resguardarse de una fuerte tempestad, lastrado y sin fuerzas, como los barcos que veo anclados, y solo después de apearme supe que esto era Tesalónica. Al día siguiente, el carguero partió sin mi, pues el capitán se negó a embarcarme nuevamente rumbo a Italia y no tuve más remedio que ver en este giro de mi vida, por lo menos la buenaventura de no haber muerto.
¿Cuantos oficios hube de llevar a cabo para guardar la vida de la lamentable acción de la indigencia? sin duda fueron muchos. Sin embargo, mi instrucción me ha permitido acceder a labores académicas que, en los pueblos costeros como este, las más de las veces no hay quien lleve a cabo. Me convertí en librero, gracias al salario como maestro de escuela, que me paga el ayuntamiento hace ya siete años. Entonces, todavía abrigaba la idea de marcharme, y por ello reunía algún dinero, ahorraba para poder marcharme. Pero, la vida otra vez iba a demostrarme que las cosas nunca salen como uno las plasma en su cabeza. Apareció alguien, una mujer, y me quedé.
Su nombre era Sondra (he olvidado presentarme ante vosotros, me llamo Filippo). Los autoritarios rasgos de su rostro eslavo y su estatura superior a la media, eran contradichos por su voz delgada y su tímida personalidad, dotándola semejante contraste de un atractivo al cual era imposible sustraerse, después de haberla tenido al frente. Cuando la conocí, ella aun guardaba luto de su esposo, muerto en el mar tres años antes. Yo, en cambio, ya había gastado tres lazos, mi alma los llevaba a cuestas, muertos, fallecidos tristemente, sin la desaparición de ninguno de los contrayentes, su fin solo debido a mis cambios negativos de fortuna.


La frecuencia de mis visitas a la modistería donde ella trabajaba, terminó por doblegar su timidez, tornándola en apasionada atención y dedicación, cuya contenida demostración fluctuaba con su ánimo pero se fortalecía con el paso de los días. El noviazgo fue muy breve, nos casamos una mañana de domingo, con los chicos de la escuela llenando la iglesia, y pasamos nuestra luna de miel en una villa chica que alquilé, con una partecita de los ahorros con los cuales pensaba irme de aquí. Se que ahora han puesto allí un turístico hotelito.
Los dos años que compartí con Sondra fueron los más felices de toda mi vida, y se que no habrá un tiempo igual a ese. Cayó enferma de bronquitis, y esta le incubó una mortal pulmonía, que atacamos, y de la que después, nos defendimos, durante seis meses de postración. Se fue, y por poco pierdo del todo el acento por la vida, pasó casi un año para volver a interesarme, fue desear morir, y conservar su recuerdo. Leí mucho, mientras trataba de averiguar que sería de mi vida, y acaso fueron todos aquellos libros los que me sacaron de la ruina horrible en que me sumí al morirse Sondra.


La vieja librería con el pequeño dormitorio atrás, lugar donde habito y trabajo, se la compré a un anciano judío, que volvía a Jerusalén después de cincuenta años de no estar allí; pobre, estaba destinado a no pertenecer ya a ningún lugar, esa ciudad era ahora un sitio distante y distinto del que habitaban sus recuerdos, ni siquiera la nostalgia le ayudaría a encontrar a las personas o a las calles…Creo que no tengo un buen motivo para dejar este lugar, y tal vez si algunos para quedarme: los niños, la librería…la muy próxima muerte de Moritz. Claro, en últimas, es esta tercera razón la que me sostiene aun en este lugar…
No conozco a Moritz, se que tiene más o menos la misma edad que yo. Quienes hablan de él, dicen solo conocerlo por ese único nombre desde que llegó aquí, nadie sabe de donde. Es un enganchador, uno de esos personajes que diariamente recorren el muelle en busca de personal, cada vez que algún barco ha conseguido financiar un nuevo viaje. Moritz es, pues, un intermediario entre la tierra y el mar. Y era respetado, hasta que un día el buen Cristo le dio la espalda, y cada legión de los marinos que embarcaba terminaba ahogándose o se perdía, en las aguas conocidas, pero celosas del Mediterráneo. Nadie en el pueblo de Tesalónica aun se explica el fenómeno, ese cambio en la suerte del hombre, y su posterior empecinamiento en devolver a su destino la perdida fortuna, acusando el síndrome del jugador –que mientras más pierde, más tiene la compulsiva necesidad de jugar– que tiene a Moritz buscando incautos marineros, voluntarios que formen parte de nuevos viajes, para los barcos que frecuentemente dejan aquí sus cansadas tripulaciones, que solamente desean algunos meses de asueto, barriles de vino y mujeres solícitas para sus contenidos deseos, que sean bonitas o no, es igual, con tal que no hagan preguntas y sean baratas.

Moritz simplemente es un asesino. Ignoro que sortilegio extraño domina su vida, pero se que solo terminando con ella volverá todo a ser como era antes. Nadie se le acerca siquiera, su presencia es preludio de muerte y ya es su nombre una voz impronunciable, en cualquier conversación, nadie se atreve, aunque es un secreto, al menos a pensar en él. Es un hecho que tampoco nadie será capaz de idear un plan para matarlo.
Ahora pueden entender que me impulsa a escribir todo esto: la vida me ha demostrado que las cosas nunca salen según lo planeado, y quiero que esta constancia cuente las causas reales que estimularon el desarrollo de los acontecimientos. Sin embargo, yo se que esta vez todo saldrá conforme lo pienso. Por primera vez, uno de mis ideales se cumplirá acorde a mi deseo, y modulará las debidas consecuencias. Moritz desaparecerá, del mismo modo que llegó un día, no dejará huella alguna, sin causar el más mínimo embarazo con su definitiva ausencia, y solo estamos a una cuantas horas que por mi mano se cumpla definitivamente su destino.
Son las siete y ya es noche cerrada. El cuchillo de seis pulgadas, destinado a anidarse en el pecho de Moritz, duerme tranquilo en su funda. He de vestir un atuendo algo distinto del que corrientemente uso, para poder ir en su busca, sin llamar la atención: botas de cuero, altas, pantalón de gruesa mezclilla, ya bastante gastado, y en su cinturón el arma. Chaqueta de cuello alto, y pasamontaña negro de lana. Estoy listo, ahora veremos cuanto dura mi búsqueda.

***




He vuelto aquí. Debo empacar mis cosas, unas pocas, y marcharme de este lugar para siempre. No he podido matar a Moritz. ¿La razón? Como explicarlo sin narrar la búsqueda…Entré al bar de Cora, en la Ensenada, porque el frío me hizo desear un café. Mi sorpresa fue mayúscula, cuando a mi paso todos los parroquianos sin excepción, dejando abandonados sin terminar sus consumiciones, salían rápidamente del lugar, pasándome a estrujones, sin mirarme siquiera. Me asomé a la ventana, esperando ver algo que me causaría similar sorpresa que a los otros, y así verme impelido de salir corriendo de allí. Pero no, no había nada. Solo sombras..
Me volteé, con la muda pregunta apenas formándose, pero con mi rostro expresando el desasosiego por el anterior evento, de que no me veía como protagonista. Cora estaba de pie y me miraba asustada, desde atrás de la barra alta de caoba. Sostenía un arma en sus manos y repentinamente, me espetó, con su ronca voz de fumadora…
–¡Moritz, por favor! ¡Si en algo estimas tu vida… sal de aquí ya!
Volteé mi cabeza, sin comprender que ocurría. Di media vuelta, y mi imagen se reflejó sobre la mugrosa superficie del espejo, y vi el reflejo que mi cuerpo producía ante él. Era Moritz, tal como todos lo describían, con su rostro avejentado y cetrino, las marcas del sol formando una desierta geografía que no constaba en bitácora alguna…
Corrí tanto que perdí el resuello, pero al llegar aquí, ya superado el recuento básico de todas las historias de diabólicos seres duales, con sus varias y malditas vidas a cuestas, solo sabía que debía salvar a Moritz. Había comprendido la verdad, tenía la explicación del porque nunca nada había resultado como lo planeaba: Yo soy Filippo, yo soy Moritz…







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sábado, 24 de julio de 2010

Nuestros autores: José Ignacio Restrepo

A menudo, los hechos cotidianos nos suelen producir más pavor o sorpresa que todos aquéllos que no comprendemos, y a los que damos cita en películas y libros, entendidos como paranormales, y que, a su tiempo, nos causan poco o ningún asombro.

En el siguiente relato de nuestro colaborador colombiano, José Ignacio Restrepo, descubriremos cómo no hay nada más interesante, y anodino, que los ecos que emite la persona humana, en su mundanal ruido y arquetípico semblante:




El milagro de Lucas


Con una mañana tan oscura uno pensaría que el sol aún no había salido. Lucas, sin embargo, saltó contento de la cama, con una sonrisita en la boca que hacía sospechar que algo se traía, alguna cosa sabía, que los demás desconocíamos. En la mesa del desayuno todos lo mirábamos, sorprendidos por verlo contento, y no huraño y malgeniado como de naturaleza se comportaba, desde aquel día de hace casi dos años, cuando cayó del árbol del patio, y se fracturó irremediablemente sus piernas.
La negra Aurelia lo levantó de la silla de ruedas y lo posó suavemente en el taburete con brazos donde siempre comía. Lucas nos miró a todos, amplió todavía más su sonrisa, y luego pronunció cuatro palabras perfectamente comprensibles:

-Quiero jugo de naranjas…

Todos seguimos con nuestros desayunos y él guardó silencio hasta terminar el suyo. Aurelia lo puso nuevamente en su sillita y se quedó mirándolo, esperando la seña acostumbrada que la autorizaba para levantarlo y llevarlo a su cuarto, pero esta vez Lucas la detuvo con un gesto distinto. Otra vez iluminó voluntariamente su rostro con una desconocida sonrisa, y pronunció otras cuatro palabras, en un magnífico tono de voz:

-Mañana volveré a caminar…

Sin esperar a la negra, el pequeño dio media vuelta y empujó, decididamente, las ruedas de su silla para llegar a su alcoba. Todos nos quedamos de una pieza, cada uno murmurando para dentro alguna oración corta por la salud del infante, más de uno mal pensando que Lucas se nos estaba enloqueciendo. Bertha y yo nos fuimos para la cocina, nos urgía compartir los últimos sucesos, ver de qué modo podíamos ayudar al niño, a entender ese nuevo capítulo de su actual comportamiento.


Pero, Bertha no entiende nada. No sabe nada y está hecha un manojo de nervios. Decido confiar en mis buenos instintos de que me he sabido ganar en mis oficios como tía, que están basados más en la confianza construida y el respeto por los actos de Lucas, que en la autoridad o el mimo, como suele ser corriente ver. Ahí, en esas dos últimas categorías quedan su padre y el resto de los adultos de la casa. Al entrar, el niño ya tiene sus ojos posados en los míos:

-Sabía que vendrías…
-¿Sí? Últimamente pareces saber muchas cosas…
-No, no son muchas.
-¿Cuántas?… Cuéntame, mi amor…
-No tía, no puede uno ir contando lo que ha sido revelado en secreto…

Miré a Lucas, concediéndole que lo que decía era verdad, y con mis ojos le aseguraba que en nombre del amor no forzaría su silencio fundado.
Al salir de su alcoba, pensé que otra persona estaba envuelta en este asunto, y decidí averiguar quien había convencido al niño de que al otro día volvería a caminar.

Me pasé todo el día hablando con el uno y con el otro, tratando de averiguar con la gente del colegio, con el padre Alcides, quien frecuentemente visita a Lucas, pero todo resultó infructuoso. Ya en la noche, me senté con el papá del niño, en el estudio. Mientras compartíamos una taza de café, escuché a Felipe, quien nuevamente demostró su liviandad frente a la vida, calificando las palabra de Lucas como algo natural, un juego pueril nacido de la imaginación de un chico que pasa metido demasiadas horas, entre las páginas de los cuentos. Al despedirme, le rogué que estuviera en la casa al día siguiente, pero me dijo que ya a las seis estaría rumbo al aeropuerto, por una reunión de trabajo en la capital. Me fui a dormir, templada por la inquietud y ansiosa de que amaneciera.

Me desperté con la sensación desastrosa de haber dormido solamente unos instantes. Llamé a la negra Aurelia y cuando ella entró en mi alcoba, sin darle siquiera los buenos días la interrogué sobre Lucas. Comprensiva, me respondió que el pequeño todavía estaba dormido. Tomé una ducha bastante larga, mientras me convencía de que mis miedos eran solo eso, que no tenían un real fundamento. Que todo mi amor por Lucas, mi incapacidad ara librarlo de su estado, se proyectaban de forma inadecuada. Cuando terminé de vestirme quedé sorprendida por la elección de mi atuendo. Me había puesto el mismo traje que usara en la fiesta de su primera comunión, tan sólo un año antes.
Cuando llegué al comedor, ya todos estaban sentados desayunando. Le hice señas a Aurelia para que fuera por el niño. La negra volvió, al instante con la cara demudada, haciendo gestos de negación con las manos; todos nos paramos y empezamos a correr por la casa, gritando y llamándolo.
Mientras todos recorrían las habitaciones yo llegué al ventanal del gran jardín y vi a Lucas. Estaba sentado bajo el gran árbol, justo donde cayera aquella fatídica tarde… Pero, no estaba su silla de ruedas… Salí caminando, queriendo correr, formulándome preguntas sin sentido que iban de mi cabeza a mi corazón.

-Lucas…
-¿Sí, tía?
-Que pasa mi amor, ¿qué estás haciendo aquí?
-Dando mis primeros pasitos…

Sin otra explicación más, el niño apoyó firmemente sus manos en el suelo, y haciendo un esfuerzo que dudé de que completara con éxito, pues era más propio de un gimnasta que de su pobre estructura corporal, simplemente levantó su torso y luego el a él, por completo…Sus piernas colgaban de forma extraña, mientras riéndose se alejó hacia la vega del zapotero, como saltimbanqui, caminando en las manos…



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Relato:
José Ignacio Restrepo©

Introducción:
LITERATURA DEL MAÑANA©

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Nina Nikolova©

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sábado, 10 de julio de 2010

La prosa breve de José Ignacio Restrepo



Uno de nuestros más recientes colaboradores, el colombiano José Ignacio Restrepo, nos vuelve a sorprender con un relato que presume de hacer olvidadizo aquel tópico de que “todas las cosas que pasan por nuestra mente, no pueden jamás ocurrir”. Una prueba más de que la realidad puede superar, incluso, a nuestros pensamientos más remotos, o condicionarlos, acotando, paso a paso, nuestros destinos.




Érase una vez un martes

Los otros banquitos también tenían gente, me dije, como si estuviera mirando, entre agotado y distraído, a un montón de gente amoratada y quejumbrosa, y este lugar no fuera más que el fatídico escenario que inspira el discurso de un náufrago, que flota a las 11:36 de la mañana, horas después de que su soñado crucero turístico “de primera clase” se fuera a pique en algo así como 18 minutos, en algún lugar del hermosísimo mar Caribe, entre Martinica y Saint Pi..., Sanpi... ¿Pero a dónde diablos voy? ¡Qué manía de elucubrar!

Las personas que recorrían los alrededores parecían disfrutar de unas sencillas vacaciones. Seguramente, han estado visitando los lugares de la ciudad que son dignos de aparecer en las tarjetas postales, es decir, aquellos sitios representativos de la historia patria o del desarrollo, como este hermoso Portal de la Independencia (¡que vaina esto de las independencias! En todos estos paisitos nos inventamos batallas y héroes, para luego diseñar y construir estos lugares turísticos, en los cuales casi siempre transitan más barrenderos e indigentes que visitantes de otros lugares). Me estaba marchando lejos, elucubrando otra vez. ¡Ah!, sí, las tarjetas postales de los sitios estos, que desde lejos mirarán en una única dimensión nuestros amigos, los que se fueron huyendo de los problemas que nos son propios y fraternales, y también aquellos otros que aunque extranjeros, se convirtieron en nuestros hermanos, en nuestros acompañantes vitalicios, por haber compartido experiencias definitivas, o quizá no tanto, pero si recordadas y amadas... Pensé que sólo habíamos enviado cuatro o cinco tarjetas esta Navidad, casi nada en comparación con las dos docenas que enviábamos hace unos años, seis o siete para “la gente de fuera” ; entonces no estábamos en recesión, no había esta angostura tan espantosa, sí, esa es la palabra, espantosa, terrorífica, pavorosa, espeluznante... Horripilante... Hórrida, que es la forma corta de este vocablo, pero sin embargo la de más difícil recordación. Ha de haber una lista interminable de sustitutivos elocuentes para estos sonoros términos, digo, puesto que el hombre lleva sufriendo y haciendo sufrir ¡¿Cuántos ?! Los años de saber que habla, quiero decir, de saber que lo entienden, unos cincuenta mil con algo, sí, son bastantes interjecciones, maullidos, maldiciones, etc., que asumieron su respectiva forma al alcanzar el hombre mejor control sobre signos y sonidos. Y más entendimiento, para enfrentar el sufrimiento de una manera menos argentina... Quise decir menos estúpida.

Pero bueno, a nosotros tampoco nos enviaron ni una tarjeta, ni siquiera una esquela de medio pez, como dicen por ahí. Y ahora estamos Gloria y yo en la duda de si ésto se deberá a que los otros están más pobres que nosotros, o si fue que... Sería que los recordados de siempre se olvidaron de nosotros, primero que nosotros de ellos. Eso estaría muy mal, ante todo para los propósitos y los sueños medio construidos, que en nuestras evocaciones de medianoche sin hacer el amor y también sin ganas de dormir, aunque al otro día, joder, haya que madrugar más que todos los días de la maldita vida laboral, perdón, decía, sueños en los que como en esas películas con problemas de escenografía y de sonido, aparecemos nosotros y nuestros amigos del extranjero, disfrutando de bellísimos momentos en nuestras futuras vacaciones. Ya Gloria ha tenido la lección, que en ella lamentablemente, debo reconocérselo, no ha producido el escarmiento suficiente para ocasionar el sencillo milagro del aprendizaje, de ver morir una y otra vez, por falta de cuidado, los pequeños pomponios y las altas astromellias, totalmente acrisolados por el sol en sus carísimos materos imitación porcelana, que le regale hace tres navidades. Se supone que uno cultiva la bendita mata, pues, vaya, nunca he visto yo un maldito cactus llevándole a alguien a la cama su desayuno favorito. No, de lo pequeño hacia lo grande, de lo sencillo a lo refinado, y así también, de lo popularcito hacia lo extranjerito, coño, hay que cultivar estas amistades porque si no nunca podremos por lo menos sentarnos en el salón, de noche, para ensoñarnos más o menos aterrizadamente, con un futuro viaje o con el contenido que debiera tener una breve película bien in, un producto cuasi-hollywoodiense de 8 mm bajo la Torre Eiffel o el Arco del Triunfo, mientras Pi... Pierre o alguna de sus nuevas conquisticas nos hace la queridura de filmarnos.

Y entonces, ¿qué postal podríamos enviar, por ejemplo a Pierre, a estas alturas de Marzo? Apenas llegue Gloria debo platicarle de este asunto, no sea que después se convierta en algo prioritario de veras, y como nos suele ocurrir, se nos olvide... Son las 12:05. ¿Qué le habrá pasado a mi mona? Bien dicen los viejos cuando comparan a una primeriza encinta que espera su bebé grandote, con el que esta desocupado: Qué puede hacer, qué función puede desarrollar sin que se vea intervenida o interrumpida por alguno de los requiebros tan propios de ese estado. Y cuan poco sabe de eso mi no tan querido vecino de escritorio Fedo, que en este momento se debe estar encontrando el Archivo Butscher, justamente en medio de su recargada mesa. Fedo, de seguro no esperaba ver ese fardo de informes y proyecciones comerciales allí, pero se asombrará todavía más cuando el jefe le informe esa nueva asignación... Todo, junto, le impedirá el estar desocupado unos quince días.
Gloria no sabe que mi puesto en la oficina pende de un hilo con la nueva administración. Con la belleza de día que está haciendo, debería aprovechar el almuerzo para contarle y así quitarme esta otra preocupación de encima. Porque la posibilidad de vacacionar dentro de uno o dos años, que ahora es remota merced a la incomunicación en que andamos todos, gracias a la reciedumbre de la baja en la economía, entonces sí que sería muy inconcebible. No sólo el descanso a fin de año sino la cotidianidad toda, son impensables sin un empleo formal... Un empleo formal, como el que tengo hace ya nueve años, porque antes fue apuntar y errar, tirar y no darle, ir de acá para allá... ¿Cómo sería eso, carajo? ¿Cómo le hacen cientos de miles de extrabajadores de la rama formal de la economía, alguien llamado Pedro, por ejemplo, digo, para poder imaginármelo mejor, cómo le hará Pedro Quiroga, por ejemplo, que ha perdido su chambita por un forzado plan de retiro, o por la acción nefasta de un recorte presupuestal que causó la desaparición de treinta y tres cargos, entre los cuales estaba el suyo, un quehacer de segundo o tercer nivel, un quehacer como el mío, que en realidad podría desempeñar cualquiera de los otros mandos, un trabajo que ha sido producto de la inflación administrativa de otros años, cuando la idea de burocratizarlo todo iba de la mano con el pensamiento adolescente, ese que todos tuvimos, de que hacer negocios entre amigos daría origen a empresas que durarían para toda la vida... Serían muchos los que volarían con él si se produjera un recorte de esos, lo cual es perfectamente posible en esta época. Bueno, no hay que llegar hasta allá, conversar de eso le dañaría el almuercito a la Mona, y el asunto no es por ese lado. El tema de hoy versará sobre: “Cómo recuperar las amistades medio perdidas del extranjero, enviando tarjetas de Navidad en mitad de Marzo”, estoy casi seguro qu...

-¿Señor...Contreras?
-Sí... ¿Lo conozco?...
-No señor, que lamentable... Es que su esposa, doña Glorita, yo soy compañero de trabajo de ella, bueno, no tanto. Soy el portero... Este... Ella está al otro lado, digo... La arrolló un coche... Me alcanzó a decir que lo buscara a usted aquí...
-¿Perdón?






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Relato:
José Ignacio Restrepo©


Introducción:
LITERATURA DEL MAÑANA©


Imagen:
Abi Pap, 2010©


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sábado, 3 de julio de 2010

Poetas colombianos de nuestros días: José Ignacio Restrepo


He aquí cuatro nuevos poemas de un autor, para nosotros, también nuevo. El nexo común que los une: el drama de nuestras vidas, aquí expresado en una etapa que bien pudiera instalarse en la senectud. Época en la que se nos abren, en nuestras sombrías mentes, un correlato intenso y “caduco” de imágenes y flases que, igual que los poemas de Restrepo, analizan nuestras experiencias vividas para reflejársenos como un envoltorio subliminal de aquellos actos que nos han hecho y convertido en lo que somos; a menudo, vapuleados por esos sentimientos vacuos que nos han oprimido, del que solo uno nos queda: la melancolía.
Ante todo, una poesía edificante y que te hace pensar en aquellas interioridades que todos nos guardamos para nosotros pero que, al final de la carrera de nuestra existencia, cuando pocas cosas importan ya, siempre salen a la luz.






A ALGUNA


Abrasiva,
inmensamente volcánica,
con su resuello
que semeja estampida de bestias nocturnas,
esta tristeza me recorre una y otra vez...
Una y otra vez, como a ti,
lo sé.






EXTRA-BIOS


Brillo de esta diadema,
perdido,
extraviado en nubes oscuras,
de tempestades que prometen negros,
como los actos de esos párvulos malvados,
injuriosos, dispuestos a lo malo sólo...
Musa perdida
a que sitio buscarte,
conque genuino esfuerzo rehacerte,
ni el brillo de este poco sol,
que me habla desde los charcos
con fondo de asfalto,
ni el del bello sol que estará allí aún
cuando esto haya muerto,
ni el fulgor imaginado de tus ojos
que ya no están aquí.






PRIMER GRADO


Quemado vértigo,
que asciende sin fe
desde la piel conversa e irredenta
del calcinado estómago hasta el velo nacarado,
donde se empotran brillantes y amarillos
estos cuchillos cortantes, los pocos que quedan
y desde allí, tras de ese ingobernable cantillo
que ha nutrido al viento...
Quemado, irreconocible sentimiento,
por nuestras manos vuelto vil ceniza,
a que lugar enviarte en la memoria
donde te pueda visitar de pronto,
en las noches de marisma cancerosa
cuando por equis razón me acuerde de sus ojos de fuego.






SEGUNDO RECUERDO


Suave destreza del hilador curtida por fiebres e insomnio,
por años de ser escolar de una sola asignatura,
me abstraigo en tu disciplina para lograr comprender
estos míticos trabajos de olvido,
lentos gotereos de agua, socavados palpamientos,
recuerdos breves vagando sin un lugar en el tiempo,
como entrevistos fulgores
que luego no sabemos si realmente fueron.
Suave, una semilla redonda que se queda implorante y seria,
a centímetro y medio de mi mano,
y me permite ver sus hilos y fisuras,
las fibras y vasos,
que habrán de formar algún inmenso ser
en un futuro no sé cuan distante,
a mí, pequeño enano salido de no se sabe dónde.






Algunas notas sobre el autor...


José Ignacio Restrepo vive en Medellín (Colombia). Este antiguo profesor de Sociología de la Universidad de Antioquía, también escribe a menudo, tanto en redes online como en revistas. En esta ocasión, ha tenido la amabilidad de enviarnos algunos poemas que, como hemos anunciado en la introducción del post, están en la línea de ese existencialismo que tan comúnmente ha vestido la poesía de las últimas dos décadas; aquí, empero, decorado de forma muy sutil, con una prosa poética que abusa de figuras de dicción como la imagen o el oxímoron, para expresar lo que desea, siempre unida a una visión, particularmente filosófica, de tratar sobre la vida y las cuestiones que afectan y preocupan al hombre de nuestros días.
Esperemos que no sea su última ni única colaboración en esta página.






Copyright:


De los poemas, fuente para la biografía e imagen:
José Ignacio Restrepo©
.
Introducción y reseña:
LITERATURA DEL MAÑANA©


Publicado en este blog bajo el consentimiento del autor:
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