¿Qué lecturas os seducen más?

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Apache havoc (cuento)





"Vivir es nacer a cada instante"
Erich Fromm



Las hélices del ventilador giraban sin cesar. Un tenue murmullo se abatía a las afueras de despacho del gerente: unos operarios discutían la reducción de las pagas extra mientras el calor sofocante aislaba cualquier vida carente de voluntad y escrúpulos para querer trabajar en semejantes condiciones infrahumanas.
Pero Juan Morilla era diferente. Mientras sus trabajadores se desconchaban de trabajar, él, impasible pero inquieto, azuzaba su mente en pos de cualquier idea que le interesara aportar en su negocio. Se abrió la puerta y salió Don Juan con una cartera debajo del brazo, mientras la otra mano soportaba un i-phone con el que estaba conferenciando.
Fue como un alud, o mejor dicho, como una estampida, esa carga que realizaban los búfalos americanos cuando se hallaban acorralados y en peligro. Les faltó poco para que al par de empleados, que se encontraban charlando al lado de la puerta, fuesen atropellados por el bólido humano que se dirigía hacia el aparcamiento. Era de imperiosa necesidad para él llegar cuanto antes, subirse en su coche y pisar el acelerador. Su mente estaba centrado en ese único objetivo. Era su razón de vivir; se encontraba agotado, cansado, y no tenía tiempo de disculparse. Es más, eso les daría en lo que pensar. “Otra vez se dedicarían más a lo que les interesa” -pensaba. A su modo de verlo, si podían parar unos instantes de trabajar, y aún más habiéndoles recortado el sueldo, con más ganas volverían a sus respectivas labores una vez le hubieran dado al palique.



Juan era el amo ideal. Pensaba en todo... y en todos. Eso sí, menos...en él. ¿Era un defecto de forma? ¿Quién sabe? Lo cierto es que en el centro de sus aseveraciones estaba cuando se dio cuenta de que se encontraba ante las taquillas de la estación. ¿Cómo podía ser? Hacía unos instantes que se encontraba camino del aparcamiento y... Debería ser cosa de su cuerpo. Sí, era eso. Se hallaría inmerso en una de esas disquisiciones filosóficas acerca del impulso vital. Es decir, lo que la miente piensa el cuerpo no necesariamente siempre ejecuta. Y así fue como Juan se deslizó por las escaleras mecánicas, pisando al fin la inhóspita estación.
Tan pronto puso el pie en el andén, tres jóvenes universitarios le empujaron sin querer. Ni se dieron cuenta de lo que habían estado a punto de realizar. Por suerte, un hombre de avanzada edad se encontraba cerca de las vías y le asió de la mano para cogerle. De todos modos no pasaba ningún tren.
Al girarse, distinguió dos mujeres maduras, una que vestía con minifalda y otra con un vestido de noche que apenas la cubría bien, el cual hacía juego con unos pantys rosa, igual de llamativos. Dichas no reflejaban, precisamente, la sensatez de la estación. Pero es que después de otear en el panorama que le rodeaba, no es que se pudiese decir que la mayor parte de los pasajeros brillaran por su modosidad. Un gigoló lo hubiera tenido de lo más fácil ante tal cantidad féminas; mas Juan no era así. Ya le había pasado la edad de hacer locuras; y además, ahora las mujeres ya no le hacían temblar el cuerpo, y no es que no le gustasen. La verdad, el frío se le ponía en su delgado cuello y la ligera gabardina que traía consigo poco le resguardaba de la intemperie. Por lo demás, estaba cansado. Sólo quería llegar a casa. Ardía en deseos de quitarse la ropa y ponerse algo cómodo, lavarse sus pies callosos y untarse con aceite las manos y las piernas, tal como le había recetado su traumatólogo, dar un beso a su hijo y dos ó más a su esposa. Era todo lo que quería, claro.



Se arrimó a la asa y subió al coche número tres. Tres pasos más adelante se sentó. Reclinó el reposabrazos y se echó. Al girar la mirada hacia su derecha, la vio. Se trataba de una mujer despampanante. Una extraña mezcla americana con una media melena morena y piel de color del ébano. Sólo le hizo falta una mirada. Tres paradas más. A la que hizo cuatro se bajó. La mujer de color del yute desembarcó cinco segundos después. Al caminar hacia el Seat León que se encontraba a la salida de la estación, la cabeza le empezó a dar vueltas. No sabía qué hacer...pero lo hizo. Treinta minutos más tarde se hallaba delante de los porticos de su casa. La cabeza ya no le dolía. Saludó a su mujer, y también a su hijo, se lavó, se puso un pijama de rayas. Después de un ligero aperitivo se limpió los dientes y se fue a dormir.
Mientras yacía en la cama junto a su esposa piensa: “no quería, pero lo hice. Bueno, no tiene importancia. Mañana será otro día”.



Juan era el típico adulto de media edad que, lejos de romper con sus compromisos, ya sea en o fuera de casa, tenía que ahuyentar sus temores pueriles con el sexo. Existían millones como él. Y todavía siguen existiendo. Hay algunos que se aficionan a las drogas o al juego, él lo hacía con el sexo. Era el placer que necesitaba. Se lo pedía el cuerpo. Formaba parte de su carácter maquinal, el cual, le hacía creerse independiente, cuando en realidad no lo era en absoluto. Esa era la vida en que vivía, la de un extraño que sólo aparentaba lo que era, sacudiendo sus males con otros peores. Y no se trataba de fijaciones; todo el mundo las tiene. En sí era algo más, como aquella pauta que se sigue en todas las cosas que hacemos. Un orden específico que muchos lo tienen reproducido en sus agendas, réplicas exactas de la ajetreada vida que llevamos. Él, sin embargo, no era así. Su agenda radicaba en su cabeza que, de la misma forma que un helicóptero de combate, resultaba ser un torbellino, pero cuando acababa la tormenta, todo resultaba ser un desierto...de ideas, sin prejuicios, de la forma más maquinal e insensible posible...como antes. Carente de toda humanidad, vagaba por ahí. Tanto le daba. Con una pierna en un lado y su cabeza en otro; y si tenía algún problema...no pasaba nada. Sólo tenía que hacer una cosa: volver a despegar.




Copyright:


Cuento:
Ángel Brichs©


De las imágenes:
ABI PAP, 2009©

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