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viernes, 20 de noviembre de 2009

Cómo saber hablar en público...





Imaginaros que os encontráis frente a una sala con doscientas cincuenta personas sentadas. Aguardan vuestra presencia. Lentamente, como en un oscuro ritual estudiado para iros tranquilizando en la medida en que dais un paso y otro y otro... Se hace una eternidad, el camino que os separa de la balaustrada donde iniciaréis vuestra conferencia se hace largo, demasiado largo, y sin embargo la corta distancia que os separa de ella se podría trazar con las palmas de vuestras manos. Finalmente, después de concienciaros, de ejercer una presión sobre vuestra mente, y ella, en sí misma bajo vuestro pecho, iniciáis el ascenso del peldaño de poco más de cincuenta centímetros que os hará elevaros por encima del resto. Ascendéis a la tarima y os sentáis en la mesa. Todo el mundo calla. Silencio total. Vosotros pensáis en el sentido de todo lo que hacéis. Un mórbido sentido del humor os embriaga en ese instante fatal. Luego, siguen las dudas, el pesar y el miedo a no saber controlaros, de forma que podáis expresar con claridad lo que queréis decir, suscitando ese interés que todo orador busca. Pensaréis, el público lo es todo. Nosotros nada. Pensamientos de inferioridad e impotencia os acudirán a la cabeza. Pensaréis no ser vosotros mismos y os imaginaréis estar gravitando por el reducido espacio que queda en la sala, como si en un viaje astral os encontrarais. Queréis huir de todo, os despersonalizáis y...en el instante justo de vuestra caída...sorprenderéis a todos los que os escucharon.
¿Somos superhéroes? No. Pero lo pensaremos. Mas no es así. Sólo somos personas normales que huimos del protagonismo, aunque él nos busque. Gente con criterio que, provistos de apropiadas palabras, le habla a la gente con humildad y alegría. Contraemos el diafragma y nos ponemos a intercambiar sonidos agudos y tónicos. Somos los contrabajistas de la palabra. Sabemos tocarla bien y hablarla también. No somos héroes. Sólo somos personas.


¿Cómo saber hablar en público? Dicen que se aprende al nacer. Es innato en nosotros. ¡Sandeces! Uno aprende desde que nace a hablar; estructurar esa capacidad vocalizadora viene luego, gracias a otra capacidad que no despaparece hasta el justo instante de nuestra muerte: LA EXPERIENCIA.



Os recomiendo un ensayo de Marco Tulio Cicerón, el jurista y senador romano que expulsó a Catilina de Roma. Se llama “EL ORADOR”, y concluye todas las herramientas que le son necesarias a cualquier orador, explicado con esa retórica latina típica, no exenta de recargamientos estilísticos y academicismos en toda regla, pero sí englobando de una forma proverbial toda la teórica sobre, como denominó Cicerón, “el arte de la oratoria”. En la versión española en formato bolsillo existe una edición de Alianza Editorial de hace unos diez o doce años, traducida y adaptada del latín, la cual posee numerosos comentarios al margen de cada página, lo que nos permitirá entender mejor muchísimas cuestiones y temas que allí se estudian.


Copyright:


Del artículo:

Ángel Brichs©


De las imágenes:

ABI PAP, 2009©

1 comentario:

ramon dijo...

Personalmente pienso que lo mejor es la experiencia en estos casos, y la mejor forma de obtenerla es paso por paso, sin prisas ni sobresaltos. A la gente en general ya le cuesta hablarle a la vez a auditorios reducidos de 10 ó 12 personas,hasta tratándose de amigos o conocidos, pero cuando se acostumbra, ya pueden ser 25, y de 25 a 50 es solo otro paso, y así hasta llenar la plaza de toros. A esto último yo no he llegado, pero ya no me preocupa tanto como antes ;-)
Es cuestión de ponerse y saber de lo que uno va a hablar.
Y no importa ser tímido, que es la excusa más utilizada. Yo lo he sido durante muchos años, y creedme si os digo que cuando uno deja de serlo (basta con proponerselo)se quita una verdadera losa de grueso granito negro de encima.

Ramón Cerdá - novelista
http://www.ramoncerda.com

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