¿Qué lecturas os seducen más?

sábado, 5 de junio de 2010

Un anillo para la colección (Recortes en prosa).



Bajaba por una calle desierta, en dirección al puerto. Un puerto pesquero solitario que se mostraba algo tosco, y decrépito, ante mí. Cada día me levantaba a las seis de la mañana para ir andando hacia ese montón de buques y botes de pesca abandonados. La distancia: seis kilómetros, más o menos. El camino: silencioso y vacío, como mi vida. El clima: glacial, mortuorio. Pero lo tenía que hacer. Siempre existía alguien que tendría que hacer aquello u lo otro. Lo importante era que el trabajo de cargar las cajas de hielo para el único barco que quedaba en Thule me alejaba lo suficiente de mi vida anterior, para que nadie sospechase nada, hasta ahora. Tarde o temprano, a todos nos llega la hora. El momento en el que tenemos de pagar algunas de las deudas que nos atan a nuestros actos pasados. Y allí donde me encontraba, en mi huida de todos y de todo, en el último confín helado de la Tierra no era excusa, tampoco, para pasar desapercibido; acabarían encontrándome; hasta allí llegaron esa mezcla de mala suerte y desdicha personal que siempre habían navegado, pegaditas, junto a mí. Hecho que me hicieron reseguir el rumbo de parte de mi vida. Por ese motivo me hallaba, ahora, frente a la Bahía de Baffin, un conjunto, prácticamente inexplorado, formado por rocas calcáreas y abetos desperdigados, de proporciones hercúleas. Y también por éso lanzaba a ese mar el contenido de mi bodega. El trabajo de descarga: costoso. Mis amigos: yo mismo. Mis compañeros de fatigas: un poderoso brazo derecho con un tatuaje de pescador en la grupa, mi brazo, y muchas horas de calima con la que compartir mis pecados. Y una gran sierra, afilada y oxidada, situada en la bañera de la nave, que se encargaba de deshacer lo hecho, y salvar mi conciencia de pasada. Lo malo era que, ésa nunca queda tranquila; cuando las voces chillonas y los nudos pasionales que te unían al mundo real se esfuman, continúan flotando en tu mente, cohabitando en ella como pruebas fácticas de tu maldad. Y en torno a ti, un suelo grave y duro es pisado por tus velludos zapatos de ultratumba; un navío de piedra perdido en las inmensidades de un océano mental cuya única referencia que te une con la realidad es la ingrávida sonrisa de las focas al despertarte. En mi caso, un ligero tintineo al caer unas doradas alhajas de metales preciosos en un cuenco de arroz, mostraban esa brizna de un estado concupiscente que siempre quedaba ligado a ti y que nunca había conseguido eliminar de mi vida. Ésa era la razón de subsistencia de cuyas ropas, miembros y rostros aterrorizados se hundían, en cada viaje, en los abismos de mi mente y las profundidades de ese mar.




Copyright:


Del relato:
Ángel Brichs©


Imagen:
Abi Pap, 2010©


Publicado en este blog bajo el consentimiento del autor:
www.literaturadart.blogspot.com



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