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lunes, 29 de marzo de 2010

Círculos de hierro



“A todos nos gusta que nos saquen las castañas del fuego, aunque cuando hace calor y nadie quiere castañas le advertimos, diciéndole: ¡quien juega con fuego se acaba quemando!”
Ángel Brichs



Hace más de tres décadas, una película de poca trascendencia, aunque no carente de interés, se estrenó en un inapropiado formato panorámico para gloria de los Carradine en su estado más filosófico y ascético que se pudiera haber imaginado. Sin embargo, tanto exotismo valió de muy poco ante un filme de artes marciales que, aún obedeciendo a un gran presupuesto, se alzó como un título más de serie B que lejos de encandilar al espectador, pasó prácticamente desapercibido ante él.
Ése no ha sido nunca ni es ni sigue siendo todavía el caso de Baltasar Garzón. Aunque el juez no ha sido nunca una estrella de cine -en el modo que lo fueron los Carradine- sí lo fue desde su investidura como magistrado en numerosos medios de comunicación. En los últimos quince años, en España, tras la consolidación del gobierno democrático y la cimentación de los principios sólidos de nuestra Constitución y valores como estado laico, independiente y de “derecho”, no hubo causa importante que no impartiese Garzón en su calidad de juez de la Audiencia Nacional. De él conocemos centenares de arrestos, que van desde jerifaltes de la droga gallegos, pasando por redes y células terroristas y alguno que otro ex-gobernante de algún país amigo. ¿Qué le podemos reprochar a este funcionario del estado en ese ámbito?
Pero, profundizando un poco más, ¿qué sabemos del juez, internamente, de su persona? Y, lo que es más importante, ¿debemos saber las interioridades de un funcionario del estado? ¿Debe o ha de tener vida privada, o debe limitarse el límite de sus funciones considerando su postura tanto en público como en privado? Más que jurisprudencia, a estas cuestiones podríamos calificarlas de otro concepto más propio del órgano político: la diplomacia.



“En su trayectoria profesional, la figura de Garzón adquirió visos de grandeza que, en más o en menos, aún a pesar de las grandes diferencias en el espacio, costumbres y el fairplay, podría considerarse como una versión moderna del Conde-duque de Olivares; aunque esta vez ha sido un gobierno democrático y no una monarquía absoluta la que recabó en sus acciones y méritos como delfín.”

Ángel Brichs



Igual que muchas personalidades del mundo cultural de este país, también a mí me parece un hecho descalabrado las causas imputables que han llevado al enjuiciamiento del juez Garzón. Es más, tengo esa extraña sensación que detrás de todo ello se cierne una mano negra llamada conspiración del poder que ha tejido la red para socavar la autoridad del magistrado. Muchas personas, de las que yo me incluyo en su grupo, desterramos la política como opción en nuestras vidas, aunque a veces muchos de nosotros hayamos tenido una relación anecdótica con ella.
Pero son en casos como éste cuando la pluma del escritor no puede, por más que quiera, quedarse al margen. Situaciones en las que ves a alguien acorralado, en un cerco de hierro, al que le han exprimido como un limón durante años para verlo convertido en una marioneta, un muñeco de guiñol al que se le ha hecho actuar al antojo de unos pocos y que, después de su trabajo y sin darle una palmadita en la espalda, le echan a los lobos a la primera de cambio.



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Artículo:
Ángel Brichs©
escritor


Publicado en este blog bajo el consentimiento del autor:
www.literaturadart.blogspot.com




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