¿Qué lecturas os seducen más?

sábado, 20 de marzo de 2010

Nada es casual (relato)



'Dicen que la vida es una caja de sorpresas. Lo cierto es que, sea eso cierto o no, a mí, día tras día continúa sorprendiéndome.'
Ángel Brichs



Estaba solo. Desde hacía varios minutos la había estado observando. Me parecía un ser intrigante. Su cabello rizado, delgadísima y atlética figura, sus largos brazos y poderosos hombros junto con su no menos hercúlea estatura, conjugaban todo un compuesto anatómico de lujo que debía ser mío costara lo que costase.
Sé que pensaréis que esto es algo cursi y anecdóticamente romántico. Demasiado idílico para concebirse en nuestros días. Pero me da igual. Yo siempre me había considerado un histriónico; y cuando ves la realidad desde un solo plano todo te da igual, excepto tu singular objetivo, el cual buscas, incansablemente, sin dejar de perseguirlo.
Lo malo es que esta vez la muchacha tenía esa mueca en la cara, propia de todas las mujeres en algún momento de su vida -unas más que otras- que te anuncia la histórica y muy usada frase de 'vete a la mierda'.
En esos instantes no tienes nada que hacer. Estás perdido. Toda estrategia quedará desbaratada por ella. Estarás solo y sin nada. Tan sólo dos opciones te quedan: una botella o cambiar el dinero; ya me entendéis, ir de -como dicen en ese programa de TV3 que salen imitadores- 'campamentos'.
Como la idea no me gustaba y el súper había cerrado me fui en busca del primer bar que encontrase. Por desgracia, era tarde y la mayoría se hallaban cerrados. Tras mucho andar, un rótulo con el nombre 'Café-Kebab' se me apareció en un cruce de dos callejuelas intransitables.
Me encontraba en pleno centro de Figueres. Durante la tarde había entrevistado a un artista catalán, un pintor cubista, para una crítica de arte que me habían encargado desde un par de revistas culturales con las que colaboro. El tren se había retrasado y había llegado tarde a mi cita. Para el colmo, había tenido que grabar la entrevista dos veces por culpa de un fallo técnico. Culpa de eso, las prisas y todo en general había perdido el último tren y tuve de coger un hotel para pasar la noche en la ciudad.
En el bar, un paquistaní y un hindú me esperaban. En el fondo, la palabra 'menjador' con letras de neón color verde y una flecha que indicaba su dirección. Más al fondo todavía, una tragaperra que arrancaba las últimas monedas que quedaban en el bolsillo de un pobre incauto que pretendía hacerse millonario en cuestión de minutos.
Pido una cerveza rumana, cuya marca no logro acordarme todavía, y le añado dos carajillos con un whiskey de nombre impronunciable. El strock que me estaba tomando hubiera fulminado el hígado de cualquier otro en pocos minutos. Pero cada uno tiene su aguante.
De pronto, un golpe seco. Era el amo el bar manipulando un netbook. Le había pegado un tortazo al aparato. Se veía que a algunos se les terminaba pronto la paciencia.
Recostado como estaba hubiera sido capaz de satisfacer mi estómago durante horas y horas con océanos de alcohol, pero ese ruido intrascendente me hizo sentirme filosófico y, como es obvio en esos casos, las dudas sumieron mi ya de por sí mareada cabeza. Pagué y me dirigí hacia el hotel. Hacía un frío que te congelaba los huesos y, aunque todavía caliente, también la garganta.
Tras diez minutos de paseo y cruzar la vía del ferrocarril, llegué a mi hotel. Miré el reloj: las dos de la madrugada. Con pocos ánimos y un notable cansancio acumulado por un día tan agotador como vacío, subí al ascensor y con una parquedad inimaginable abrí la puerta con la tarjeta que me dieron en recepción.
Hecho un flan como estaba caí de bruces sobre la cama, inerte, sin vida, como los estarracazos que pegaba contra las butacas opuestas a la suya con carpetas y folios, aquella estudiante madura, ya mujer, que daba una clara idea de una buscada notoriedad, la cual a la vez de ser algo tan simple, vacío y trivial, ejercía como preludio de una inseguridad manifiesta contra ella misma y el mundo que la rodeaba. Y yo delante de ella, sumido en esa mezcla de revisionismo continuo y extrema catarsis propia de los escritores, acababa de trazar las últimas líneas de una historia más real que ninguna de las que hubiera contado hasta ahora, pero tan efímera como los personajes que les presento en cada una de éstas; siniestros a la vez que común bodevil que cruza nuestras vidas, mide nuestras experiencias y completa nuestro modo de pensar, recreándonos en la monotonía más absoluta de escenas intrascendentes que, algunos, sólo algunos, muy pocos, encontramos interesantes.



Copyright:


Del relato:

Ángel Brichs©


Imagen:

Abi Pap, 2010©


Publicado en este blog bajo el consentimiento del autor:


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