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viernes, 19 de agosto de 2011

Hechos pequeños que cambian el mundo



En plena temporada vacacional, la ong catalana Ayuda Directa fue la protagonista de un nuevo acto solidario




Fátima Ibsihyama, una joven viuda de treinta años, a cargo de su padre (un hombre mayor con graves problemas de visión) y de tres niños, a la vez que una de las familias que se encuentran bajo el programa de Ayuda Directa para la cooperación al desarrollo en algunas zonas de Sri Lanka fue la autora de una solicitud, definida por miembros de la agrupación como «anodina».
Y es que el plan de esta mujer para procurar el futuro de su familia (al menos a corto plazo) residía, tan sólo, en la compra de seis únicas gallinas.




Cuando el pasado julio algunos representantes de la ong fueron a Sri Lanka, entre su apretada agenda figuraba una visita obligada a casa de Fátima. Huelga decir en las condiciones pésimas en que se encontraban la vivienda y sus integrantes. Una familia pobre que se ha adaptado como ha podido a su situación precaria, enfrentándose a su incierto destino literalmente sin nada:

 
«[...] Cuando conversábamos en su humilde casa, nos dimos cuenta de que nos enfrentábamos a una situación de precariedad absoluta y de extrema pobreza, además de que su vivienda no reunía las condiciones mínimas de higiene, ya que se encontraba infestada de ratas, escorpiones, arañas de gran tamaño y de todo tipo de insectos [...]».
(Marcial Peralejo, presidente de Ayuda Directa)

Al margen de los negocios de subsistencia (basados principalmente en el comercio del intercambio de alimentos), que, familias como la de Fátima desempeñan cada día gracias a las ayudas que reciben de diversas personas y entidades como la que lidera Marcial; Ayuda Directa ha proyectado, para este año, una inversión de 20.000 € que se destinará para mejorar la calidad de vida de más de mil personas en esta zona de Asia.

Después de realizar tareas de limpieza y una ligera reforma de la vivienda de Fátima, Ayuda Directa realizó unas charlas sobre higiene doméstica a muchas de las mujeres beneficiadas con sus programas de desarrollo.
Pero fue Fátima, una de esas caras «sin rostro» de ese tan ufano mundo de la pobreza, quien nos ha enseñado que la humildad no sólo habita en aquéllos que carecen de recursos, sino en la simplicidad de aquellos hechos pequeños que devienen grandes, gracias a la complicidad entre las personas.






Imágenes: ©Ayuda Directa
 
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domingo, 12 de junio de 2011

El museo-colección Amalia Lacroze de Fortabat


Visitar el Museo-colección Amalia Lacroze de Fortabat puede ser una opción para los que pasan enero en Buenos Aires. Ubicado en el barrio porteño de Puerto Madero, frente al yacht Club Puerto Madero, el museo se erige como una propuesta cultural singular. Al lado del Museo, está el bar-restaurant La Colección donde se puede tomar algo disfrutando de la espléndida vista al río y a los yates amarrados ahí. 

El edificio fue diseñado especialmente por el Estudio Rafael Viñoly Architects PC con sede en la ciudad de Nueva York.

Frente al Yacht Club Puerto Madero, el museo alberga la colección de arte de Amalia Lacroze de Fortabat, quien fue una de los dos argentinos reconocidos en la edición de Architectural Digest dedicada a 100 años de diseño (abril de 1999) junto con el arquitecto César Pelli. La señora de Fortabat fue en esa edición destacada como coleccionista de arte y se publicó su fotografía en su living de estilo francés. Entre los grandes coleccionistas, Architectural Digest destacó a Amalia Lacroze de Fortabat y al Barón Thyssen-Bornemiza.

El museo de la colección Fortabat se organiza en cuatro niveles: el recorrido empieza en el primer subsuelo con la Sala Familiar donde se pueden ver retratos de la coleccionista, de Alfredo Fortabat, y cuadros que corresponden al Paisaje, la ciudad y la tradición, Siglos XIX y XX.
El segundo subsuelo corresponde a Arte Internacional, El Espíritu de la modernidad, Figuraciones I, Figuraciones II y Antonio Berni.
En el primer piso, se pueden ver pinturas correspondientes a abstracciones y nuevas formas de la figuración.
Y en el segundo piso Raúl Soldi y objetos de la colección.


En la foto: Amalia Lacroze de Fortabat




Vale la pena hacer el recorrido y encontrarse con deslumbrantes pinturas de arte argentino y latinoamericano: Fernando Fader, Lino Enea Spilimbergo, Pedro Figari, Raquel Forner, Fortunato Lacámera, Juan Carlos Morel, Emilio Petorutti, Xul Solar, Miguel Victorica, Antonio Seguí, Benito Quinquela Martín, Carlos Gorriarena, Guillermo Roux, Juan Carlos Castagnino, Carlos Alonso, Roberto Aizemberg, Líbero Badii, Juan Batle Planas, Luis Fernando Benedit, Vicente Forte, Juan Lascano, Adolfo Nigro, Leopoldo Presas, Raúl Russo, Clorindo Testa.

Y en arte internacional importantes obras de: Pieter Brueghel II, Jan Brueghel I, Marc Chagall, Salvador Dalí, Gustav Klimt, Roberto Matta Echauren, Auguste Rodin, Andy Warhol (un retrato de Amalia Fortabat), Manolo Valdés, Joaquim Miró i Argenter, Félix Ziem, Sir Lawrence Alma-Tadema, Hermenegildo Anglada Camarasa, entre otros.

También se incluye una pintura del escritor Ernesto Sábato, quien en sus últimos años se dedicó a pintar y realizó varias exposiciones internacionales y pinturas de Amalia Amoedo.

La entrada cuesta $ 15.
Tarifa para menores de 12 años, jubilados, estudiantes y docentes: $8.

Dirección: Olga Cossettini
141, Puerto Madero (Buenos Aires)
Horario: martes a viernes de 12.00 h a 21.00 h; sábados y domingos de 10.00 h a 21.00 h; lunes cerrado.

Hay visitas guiadas en español de martes a domingo a las 15.00 h y a las 17.00 h y en español y en inglés, en grupo se reserva con anticipación: +54 (11) 4310-6600.


Artículo: ©Araceli Otamendi 


 
Bibliografía:

  • Nota de Alberto G. Bellucci en revista Cultura (Segunda época): Una excepcional edición de Arquitectural Digest recorre el siglo a través de sus décadas publicada en  julio de 1999 (Buenos Aires).


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miércoles, 18 de mayo de 2011

Lorca, tras la estela de una tragedia

Con las primeras luces del alba comienzo a preparar los pocos enseres que he decidido me acompañen (bolígrafo, cuaderno de notas, gafas, mi inseparable gorra y por supuesto mi cámara de fotos, calzado cómodo y prendas ligeras).
Mi casa está situada a unos 100 kilómetros del lugar de la tragedia, Lorca.
Confieso que a pesar de la cercanía no conozco la zona, aunque sí he pasado con motivo de otros viajes (Sevilla, Granada…) cerca de esta ciudad; mezcla de culturas y encrucijada de caminos, ostentando el meritorio título de Conjunto Histórico-Artístico gracias a su legado arquitectónico, verdadero emblema del barroco español.

Durante el trayecto el mar con ese azul que comienza a imaginarse va quedando a mi izquierda. La carretera es despejada y mis pensamientos se van abandonando entre bellos paisajes de mar y montaña que se van inventando para mí.

Apenas una hora ha transcurrido y a medida que me voy aproximando se va haciendo patente el trasiego de coches y vehículos. La ciudad ya se divisa al fondo. Lo primero que se nos descubre a lo lejos y frente a nosotros es la conocida como Fortaleza del Sol, bastión defensivo que marcó durante siglos la frontera entre el reino cristiano y el musulmán, atalaya que es la seña de identidad de la ciudad y su territorio.
Un paseo amplio donde cientos de vehículos en caravana nos vamos agolpando en el acceso a la ciudad. Apenas se avanza pero el tiempo de espera entre arrancada y arrancada es imperceptible. La vista se pierde buscando los detalles de la tragedia entre las fachadas de las primeras viviendas.
Observo personas formando corros, hablando, saludándose. Seguramente compartiendo sus particulares odiseas. Ante mí comienzan a aparecer los primeros estigmas de la tragedia. Fachadas apuntaladas, zonas cercadas y precintadas, bajos de edificios totalmente abiertos dejando desnudos los pilares. Es en ese momento donde uno comienza a adquirir conciencia del horror vivido por estas personas.
Quiero llegar, ya siento como deseo mezclarme con la gente, respirar esas calles, captar (si es que con una simple cámara ello es posible) todo el dolor y toda la tragedia que se vivió.
No sé donde debo aparcar, ni tan siquiera donde debo dirigirme. Ignoro si estoy cerca o lejos del lugar donde me gustaría estar. Hay muchas fuerzas del orden (Guardia Civil; Policía Nacional; Policía Local...) que van indicando y desviando a los vehículos por accesos señalizados al efecto. Intento pasar el control para adentrarme en el casco de la ciudad. Finalmente consigo separarme del resto de la caravana y dirigirme, llevado del sentido de curiosidad, hacía otro lugar. He llegado a una calle de las principales del núcleo urbano y es ahí donde decido aparcar el vehículo y disponerme a «empaparme» de emociones.
La calle es amplia, atravesada por una vía con doble sentido de circulación. Edificios relativamente nuevos de varias plantas. En los bajos comerciales se van sucediendo bancos, establecimientos de moda, bares, cafeterías, locales comerciales. Toda la calle dispone de mobiliario urbano y elementos decorativos que la embellecen: jardineras cuidadas, farolas,... Da la sensación de ser una calle de las llamadas principales, una arteria de paso obligado.

Lo primero que uno descubre al bajarse del vehículo es una extraña sensación, un escalofrío que recorre todo el cuerpo, al contemplar, en una primera mirada los daños de esas construcciones. Grietas en todas las fachadas; unas mayores otras menores. Grietas que como cicatrices atraviesan en todos los sentidos y direcciones las fachadas de todos inmuebles. Montones de escombros que están siendo recogidos por las cuadrillas de hombres que afanosamente están trabajando. A medida que voy recorriendo la calle voy reparando en escenas que captan mi atención. Escenas que en otro momento o lugar hubieran pasado desapercibidas. Una chica en la puerta de un establecimiento que callada contempla la escena, acaso pensando y recordando el fatídico momento cuando tembló la tierra bajo sus pies; dos personas que seguramente no se habían visto desde entonces fundiéndose en un sentido y solidario abrazo; esa madre que lleva a su hijo de la mano quizá mas apretado que nunca…

A medida que van pasando los momentos y uno se va sobreponiendo a ese primer impacto visual, comienzo a caminar dejándome llevar de ese sentido natural de orientación que uno se reconoce a si mismo. Todas las calles están cortadas o precintadas en su totalidad o en una buena parte de ellas. Las personas se amontonan en grupos –tertulias urbanas improvisadas– donde el tema de conversación es el mismo en cualquiera de sus múltiples variables.
El trabajo de limpieza y aseguramiento de las zonas peligrosas por parte de los equipos de trabajadores destinados a ello es ágil. Se trabaja con aparente organización, unos amontonan escombros, otros fijan paredes y fachadas, otros descuelgan definitivamente trozos de cornisas y revestimientos que caen produciendo sonoros estruendos al chocar contra el suelo. Profesionales con cascos blancos que auscultan las dolencias de todos y cada uno de los edificios, marcando con colores, como en la vida, (el verde: la esperanza, el mañana; el rojo: el dolor… el derribo) los instantes que vamos viviendo.
El trasiego de personas y de vehículos el grande. Sin embargo se respira en el ambiente un clima de vuelta a la normalidad. Los bares comienzan a llenarse; las tiendas van recuperando su habitual trajín.
Los rincones y las formas imposibles dejadas tras el temblor en casi todas las construcciones de todo tipo, comienzan a captar mi atención tras el primer impacto.
Con la cámara en la mano voy dejándome llevar. Es como si mis pies fueran siguiendo el rastro de miedo dejado por lo que a buen seguro tuvieron que ser aquellos interminables segundos de angustia e incertidumbre.
Voy pasando tras algunos precintos y me cuelo en iglesias que están siendo apuntaladas por los trabajadores que me miran con cierta extrañeza; en portales de edificios donde no hay nadie porque todos tuvieron de salir con lo puesto; en entradas a garajes donde la puerta solo se puede intuir entre el escombro; un graffiti llama mi atención (la imagen de una niña escribiendo) ya que la casualidad ha querido que imagen y escombro construyan un solo momento donde simbólicamente la niña parece estar pintando sobre el escombro; torres y campanarios «heridas de muerte» atravesadas por enormes grietas; fachadas totalmente derruidas formando un montón de escombro que impide ver la otra vivienda…
Un largo etcétera de momentos y sensaciones que ninguna cámara seguramente jamás podrá ser capaz de captar.
Quiero más, quiero adentrarme en las zonas donde el acceso es imposible. En aquellos lugares donde el horror se cebó. Lugares que permanecen total y absolutamente sellados al público.

Pienso que lo mejor, sin ambages ni rodeos es dirigirme al Ayuntamiento y presentarme a alguna autoridad correspondiente al objeto de solicitar me asignen una persona que me facilite dicho acceso. No en vano mi intención es intentar, en un sincero ejercicio solidario, mostrar y compartir el dolor dejado por este azote de tragedia. Al llegar a la Plaza del Ayuntamiento, comprendo que mis intenciones pueden esperar, son infinitamente secundarias, no tiene ninguna importancia en comparación a lo que mis ojos ven. Cientos de personas haciendo colas interminables que atraviesan la plaza de lado a lado. Personas que buscan una silla con una mesa donde apoyarse para poder escribir. Personas que explican y detallan a otras personas cómo hacer aquello que deben de hacer. Están rellenando formularios y documentos donde tienen que explicar y detallar todos los desperfectos de todo cuanto tenían, que en mayor o menos medida a todos afecta. Los hay que lo han perdido todo; con otros la fuerza de la naturaleza habrá sido un poco más compasiva. En las caras de todos se refleja esa resignada actitud que, acaso sin demasiada esperanza, decide volver a confiar en que todo pueda ayudar a volver a la ansiada y necesitada normalidad.

Esa plaza donde hoy todo el mundo escribe, también y como paradoja del destino, tiene una placa dedicada del pueblo de Lorca al genio de las letras D. Miguel de Cervantes.
La cola de personas es grande y va serpenteando sobre toda la plaza y sobre sus cabezas se divisan algunas estatuas de la Iglesia del Carmen mutiladas por el terremoto.
Trato, observando aquellas escenas, de ponerme en la piel de quién en apenas en 10 segundos lo ha perdido todo. Trato de hacerme a la idea de cómo o qué escribir en aquél papel para explicar «mis daños», cuando estos son, para quién los vive en primera persona, tan grandes.
Tan fuerte es el impacto de aquellos pensamientos y reflexiones, que finalmente desisto de quitar un solo segundo a ese responsable para dedicarlo a mi y mis intenciones, que por muy loables y solidarias que puedan ser, siempre serán infinitamente menores que aquellos a los que la urgencia en la restitución de sus bienes tanto apremian. Es por ello que continúo con esta dolorosa visita, sin terminar de desprenderme del nudo de la garganta.

Voy deambulando por calles donde inevitablemente se van mezclando las sensaciones. Calles estrechas –de toda la vida– adornadas con plantas y macetas multicolores (geranios, gitanillas; pensamientos...) en sus balcones cuidadas con mimo que dan un aire de alegría y hospitalidad, y que se ven mezcladas con montones escombros. La vida y el color junto a miseria y la destrucción, todo mezclado en un metro cuadrado. Quizá sea esta la mejor fotografía de la vida.
Finalmente y antes de regresar quiero ver donde están las personas. Quiero ver los campamentos. Ver como las autoridades –todas– se han volcado con los afectados. Es muy difícil llegar, los accesos están restringidos. Vivimos en el país de la picaresca y desgraciadamente ni aún en la desgracia mayor algunos «saben estar».
Aún así consigo llegar al recinto. Antes de llegar se divisan las enormes tiendas de campaña de los militares formando «mares caquis», (en mis años las conocíamos como las Parker, muchos buenos y malos momentos vividos entre aquellas rígidas e inmensas lonas verdes).
Tras aparcar el vehículo a cierta distancia del lugar, me dirijo a pié mientras voy buscando con la mirada algo que capté mi atención. Ciertamente y en la medida que me aproximo mis ojos van reparando en el gran despliegue de material y personal que ante mi se aparece.
Tiendas de Campaña de todos los colores agrupadas por misiones o responsabilidades: Blancas de la Cruz Roja; Naranjas de Protección Civil; Verdes del Ejército (heroica Legión); tiendas Blancas de distintos Consulados;…

Trailers y camiones, unidades móviles y punto de conexiones para TV y otros medios de difusión.
La puerta del recinto custodiada por miembros de la Policía Nacional y empresas de seguridad privada. Decidido a pasar me dirijo hacía la entrada y a la pregunta ¿Qué desea?, ¿motivo del acceso? ¿tiene acreditación? La respuesta es clara, rotunda y sincera:
–No tengo acreditación, no soy prensa, solo quiero entrar para hacer un «particular» reportaje, tengo muchos amigos y quiero contarles lo que he visto.
–¡Pase usted! –es la respuesta.

Una vez dentro del recinto de nuevo el alma en los pies. De nuevo la sensación de impotencia y tristeza. Es la hora de la comida o eso creo. Hay varias colas de personas –en su mayoría inmigrantes– que a pleno sol esperan. Dicen que están asignando unas pulseras para controlar a los damnificados de quienes llegados de otros lugares puedan no serlo. Aun así la escenas son impresionantes, mujeres con niños pequeños en brazos, hombres y mujeres hablando, callados,…

Me dirijo a la zona de las tiendas y calles entre ellas van formando, puertas de lona subidas frente a frente, separadas por unos metros. En ellas observo, teniendo la sensación de estar invadiendo con la mirada su forzada privacidad, personas sentadas en las literas preparadas al efecto; niños durmiendo bajo las atentas miradas de sus padres; otros jugando con un balón en el lateral de aquel improvisado hogar de lona: niñas que hablan con sus muñecas quizá contándoles aquello que aún no terminan de comprender.

Decido finalmente no hacer ninguna fotografía en ese lugar. Siento que estoy ocupando un lugar, una casa, (esto es lo que ese recinto es ahora para estas personas), a la que no he sido invitado. No deseo fotografiar el dolor o desconsuelo de una mirada. Prefiero quedarme con la esperanza de una pronta recuperación. Quiero que mis fotografías hablen de destrozos y daños… pero superables.

Salgo del lugar y en la puerta hay un pliego de papel pegado a la pared, donde se han ido dejando escritas las muestras de solidaridad y apoyo a estas personas. Y esto si quiero captarlo. Todo lo escrito en ese trozo de papel por grandes y pequeños, por hombres y mujeres por blancos o negros, por españoles o extranjeros, todo quiero que sea captado por esta fotografía. Sin duda esta será la fotografía de la solidaridad. Con esta me quiero quedar.
Es hora de regresar. Han sido varias horas de intensa emoción. Horas donde ha habido una mezcla de emociones y sensaciones.




Donde he llegado a comprender, una vez más, la fragilidad del ser humano frente a los desastres naturales. Donde he sentido el poco valor que puede llegar a tener las cosas materiales. Donde he podido ver personas haciendo grupo y unidas en la tragedia pero confiadas en la recuperación. Personas que sienten las pérdidas pero que han decidido continuar con la mirada puesta en el nuevo mañana. Y por supuesto me marcho con el recuerdo compartido de las victimas (9 vecinos) que dejaron sus vidas entre los escombros. Espero que estas letras, hayan hecho justicia al sentimiento que aquella mañana viví en Lorca. Sensaciones y emociones que fui descubriendo en cada calle y en cada mirada de cada persona con la que me crucé.

Quiero rendir con estas letras un sentido homenaje a las victimas de esta tragedia y un sincero abrazo solidario a todos los vecinos y habitantes de esta bella y gran ciudad.


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Reportaje (texto e imágenes): ©Juan A. Pellicer

Pueden ver el resto de imágenes de la catástrofe, tomadas por el autor, cliqueando en el siguiente enlace: http://www.los4murosdejpellicer.com/index.php?option=com_community&view=photos&task=album&albumid=111&userid=66&Itemid=54
 
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domingo, 1 de mayo de 2011

Lo sagrado de las pequeñas cosas (artículo)

Ernesto Sábato fue un hombre a la altura de su tiempo, un soñador con los pies en la tierra. Su trayectoria está signada por decisiones trascendentales, que a la vez lo vuelven un profeta. Haber tenido en sus manos la bomba atómica que después se usó en Nagasaki y Hiroshima lo marcó para siempre. Un poco de ese Sábato físico, de laboratorio, voló por los aires en Japón y con esos huesos, de aquel agosto del 45, decidió, sin más amor que el de la palabra, escribir a favor de la naturaleza humana sin miedo a la muerte.

Quienes leímos con pasión sus libros, en nuestras horas adolescentes, adultas, nos enfrentamos de golpe con nuestras propias esperanzas, oscuridades, fragilidades, recorriendo laberintos y lugares y sentándonos en un banco de Plaza Lezama para entenderlo. Darnos cuenta de nuestras propias miserias, incapacidades y de lo mucho que todavía nos falta para hacer una sociedad justa no es tarea fácil. El escritor hacía que tomemos conciencia del valor de la palabra por sobre los actos de prepotencia, que avasallan nuestra dignidad, contra los que necesitan levantar la voz para imponerse por la fuerza del dinero.

Ernesto Sábato nos enseño un camino para la paz y la concordia. Existencialista, ateo, hacedor de lo sagrado de las pequeñas cosas cotidianas, leer para él era un gesto a favor del género humano, porque pensaba que el encuentro con los otros salva, abre la integridad del alma y nos permite vernos en un espejo.

Muchos pensarán que sus libros hablan de la oscuridad, de cosas macabras, de pesadillas inabordables, de ciegos, de informes, de procesos, de amores contrariados; pero cuando el maestro escribe sobre esto lo hace para enseñarnos el camino de la luz, para hacernos tomar conciencia que nuestra existencia, aún estando sumergida en el ahogo de la propia voz, siempre tiene salida porque existe el amor, la espontaneidad del abrazo. En esto se visualiza esa Fe demencial que tenía por creer al hombre capaz de la solidaridad.

Acorde a su pensamiento, decidió enfrentarse y ver el horror de la última dictadura militar, cara a cara, aceptando participar de la redacción del Nunca Más. Asumió la tarea con valentía y no renunció, ni claudicó. No necesitó falsear la historia para escribirla, lo que habla de su coraje. Su encuentro con el testimonio del dolor le permitió comprender, llorar, creer más. Trabajar por la justicia era hacer lo que pensaba porque su corazón buscaba como un náufrago el calor de la vida.

Escritor de oficio, de trabajo, obrero de la expresión precisa, Don Ernesto Sábato nos deja con una gran responsabilidad, una tarea titánica por cierto, la de retomar sus libros, todas sus palabras y hacerlas florecer, para que podamos tener la valentía, que el sí tuvo, para construir una sociedad justa, más humana, que recupere el valor sagrado de la amistad, de la conversación, de la dulzura, de la política, de la existencia misma.
 
(Breves palabras acerca de Ernesto Sábato, desde el Círculo de Escritores del Comahue)



Artículo: ©Santiago Ocampos
Imagen:  ©Wikimedia Commons



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sábado, 25 de diciembre de 2010

Apuntes sobre Arte: Los juguetes de Joaquín Torres García



En oportunidad de realizarse la muestra Aladdin. Juguetes transformables de Joaquín Torres García en el Malba (año 2007) pude ver un exquisito conjunto de juguetes de madera realizados por el artista



Aladdin. Juguetes transformables, producida por el Museo Torres García de Montevideo, Uruguay. Curada por Jimena Perera y Alejandro Díaz, la muestra reúne un conjunto de juguetes en madera pintada, bocetos, documentos de época y un pequeño teatro, con escenografías, que el artista creó para narrar historias a sus propios hijos. Además de ser un artista rigurosamente formado y orientador seguro en la disciplina del dibujo, Joaquín Torres García (Montevideo, 1874-1949) concretó en el diseño una de las bases definitorias de su Arte constructivo que se expresa también en sus publicaciones y en la realización de su Monumento cósmico para el Parque Rodó de Montevideo.

La creación de juguetes constituye uno de los capítulos más interesantes en la vida del artista uruguayo, artista clave de vanguardia latinoamericana e internacional, que además, se desempeñó como teórico y pedagogo buscando establecer un diálogo entre el arte y la infancia a través de formas, líneas, colores y movimiento.
Así como el pedagogo italiano Francesco Tonucci aconsejó no hace mucho tiempo en Buenos Aires: "los mejores juguetes para los niños son veinticinco kilos de barro"(1) Joaquín Torres García creía que los juguetes debían estimular la creatividad de los niños: "Voy a meter toda mi pintura en los juguetes; lo que hacen los niños me interesa más que nada; voy a jugar con ellos", afirmaba.
En oposición al juguete típico, frágil y antihigiénico, el artista uruguayo creó objetos de material noble y natural como la madera, desarmables y adaptables, que sirvieran a la necesidad didáctica de investigación psicológica y motriz del niño.



Torres García emprendió la producción de juguetes en Barcelona en 1918, donde constituyó la Sociedad del Juguete Desmontable junto a Francisco Ramblá, fabricante e industrial catalán. Allí realizó varias exposiciones de juguete y presentó la patente de su "invención para un sistema de balancines para movimientos oscilantes y de traslación", que genera el avance de los caballitos de balancines.




El juego como interpretación de lo real

El enfoque que expone Chateau: "...Se centra en el juego como actividad en la que el niño aprende y ejerce la interpretación de la representación del mundo. El autor se aproxima al juego como proceso de semiosis. Primero en la acción, luego en el gesto y finalmente en la palabra se van instaurando respectivamente los significados. El palo de escoba es lanza, fusil, caballo, etc. y en esta polivalencia del signo reside la capacidad de ir transfiriendo un significado a un comportamiento distinto cada vez, más fino e internalizado. Considera, además, que con el desarrollo del juego reglado, el niño aprende que la regulación del comportamiento posibilita el compartir y adquirir responsabilidad sobre la convención social. Pero también toma conciencia acerca de que las reglas son censuras, límites por lo que deberá controlar su voluntad en la relación con el grupo y el líder". (2).





Copyright:


Artículo:
© Araceli Otamendi


© Imágenes de Joaquín Torres García, muestra Aladdin.
Juguetes transformables en el Malba.



Bibliografía:

(1) Francesco Tonucci en Buenos Aires; nota de Araceli Otamendi, publicada en Archivos del Sur.
(2) Los secretos del juguete, Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano.




domingo, 3 de octubre de 2010

Bibliografías neomodernistas (artículo)


En la imagen: Lev Tolstói en los albores de la publicación del ensayo ¿Qué es el arte? (1897).



Este año cumple un siglo de la muerte de una de las grandes personalidades literarias del s. XIX: Lev Tolstói.
Diversas editoriales españolas y anglófonas nos están sirviendo en bandeja en ésta, la época de la información, algunas visiones por las que ese asceta y confesado abstemio sexual nunca se le conocieron durante años.
Una perspectiva humanísticamente doméstica para sumergernos dentro del laberinto de pasiones y conocimientos que ungieron la vida de este gigante ruso de la literatura. Desde aquí también yo, como humilde escritor y humanista convencido, pragmático en mis ideas durante años y aunque nunca lo confesé, a punto de abrazar el celibato, cosa que medité varias veces antes de renunciar a la idea (hace ya algunos años), después de unas experiencias personales fruto, quizá, de la educación cristiana que me dieron de pequeño, quiero dedicarle un homenaje aunque tardío, sincero desde sus orígenes.
Realidades paralelas que tal vez me encaminaron hacia las tinieblas de lo místico y estudiar, durante años, con gran fervor y dedicación, los sabios y pensadores del Oriente, muy por encima –en interés– de los clásicos pedantes y cáusticos de Grecia y Roma, los que me obligaron a leer –y a estudiar– contra mi voluntad. Puede que por ello, uno de mis ensayos, El Neomodernismo Literario, siga algunos de esos primeros pasos rebeldes que hice cuando mi vida cruzaba la difícil fase de búsqueda que va de los quince a los diecinueve. Vestigios de ira y romanticismo tardío, quizá motas prevalecientes en cualquier escritor, aunque no se presten a ellas, pero que yo reconozco, en parte, como sollozos de una idea inalcanzable en literatura: la bohemia. Una meta vacua y estéril, inocua en la escena cultural de nuestros días y que no sirve para nada más que alimentar una retrospectiva que difícilmente te aporta algo. Sin embargo, no fueron ni sus Memorias (Ed. Blacklist) o Sobre mi padre, de Tatiana Tolstói (Ed. Nortesur) las obras que me inspiraron algunas de las observaciones que me llevaron a definir ciertos conceptos sobre metalingüística y literatura que integré en mi libro, sino un tratado, que, aunque poco conocido, aportaba muchísimo más que cualquier panfleto u breviario que Kandinski, Blossfeldt, Leonardo Da Vinci, Erasmo u Aristóteles escribieran sobre el verdadero sentido del Arte; advirtiendo en él algunas de las premisas que me permitieron llegar a, y abordar, conceptos como el de el gran falsificador artístico o La gracia literaria.
No hablo de otro ensayo que de su obra ¿Qué es el arte?

¡Gracias por tu aporte, Lev!





El apunte:



Autor: Lev Tolstói
Título: ¿Qué es el arte?
Prólogo y traducción a cargo de W. Gareth Jones
Género: Ensayo
ISBN: 1-85399-381-6 / 978-1-85399-381-7
284 páginas
Editorial: Duckworth Publishers (2007)
Disponible en: http://www.fantasticfiction.co.uk
Idiomas: Inglés
Precio: $23.50


SINOPSIS: Esta extravagante obra de Tolstói que apareció en 1898 critica ferozmente distintos episodios y trabajos artísticos antecesores a la época del mismo autor (tales como Beethoven, Raphael, Shakespeare...), y aún algunos trabajos suyos, como Anna Karenina, mostrándolos como un falso arte, y realizando una profunda condena a lo que la masa entiende como tal.
El humanismo de Tolstói se describe en toda su profundidad ante uno de los temas que, según él, le ha dedicado más tiempo y esfuerzo: la búsqueda del puntal básico que sostiene los pilares de la cultura occidental. En su introducción, W. Gareth Jones muestra como la vitalista personalidad de Tolstói y su experiencia vital fueron decisivas para crear What is Art? (¿Qué es el arte?), como un ensayo integral que sería para el arte y su enseñanza, y por qué continúa siendo algo que busca de nuestras respuestas.



Algunos fragmentos de la obra están disponibles de forma pública en la web Ciudad Seva. Para consultarlos, hagan clic en el siguiente enlace:



Copyright:

Artículo:
©Ángel Brichs
Escritor y autor de El Neomodernismo Literario,
(Ed. Cultiva. 2ª edición, 2010)


Imagen (Lev Tolstói):
©Wikimedia commons
Publicado en este blog bajo el consentimiento de los autores:
www.literaturadart.blogspot.com



martes, 31 de agosto de 2010

De nuevas y Platónicas (Opiniones, IV)




Una exultante mezcla de pavor y absurdez por contemplarnos demasiado nos ha llevado, en los últimos años, a una dependencia de los nuevos gurúes del conocimiento del s. XXI: los medios de comunicación. Con sus frases cortas -sentenciosamente dictadas- se nos han revelado, junto con la dinámica que nos vino de la mano del "speed time", convirtiéndonos en máquinas personales, que, cada día carecemos de más criterio y menos sentido común, de globalizar nuestras ideas por nuestros pensamientos, los cuales ya no valen nada en un mundo que ya no ama lo bello sino aquello que puede ser continuamente optimizado, y la obligación de pensar no es un requisito que está dentro de esa ecuación. Podría decirse, ahora más que nunca, de que hemos entrado en el fin de la época de la razón.


¿Quedarnos fritos delante de la pantalla? ¡Durante horas y horas! De un ordenador -ya sea portátil o de sobremesa- clónico o de marca, o de un televisor made in China, made in Vietnam o California space (cerca de Seúl), ¿qué importa ya? Oh, bien ¡qué atropello! -¡qué poco licencioso es este tío!-pensarán cuatro gat@s, de ésos que lo critican todo y dicen que ellos no se rigen por la tele, ni por el mouse, que no son adictos a nada, salvo a ellos mismos.
¿Creéis que no me he dado cuenta?, os digo. Pero a mí no me importáis, no me dice nada un quince por ciento de la población. Es el otro el que me hace salir a flote. Esa totalidad del género humano que yace -de nuevo- en las tinieblas más absolutas. Impedido, narcotizado, huido de la realidad, vindicando un comportamiento que le esconde del resto, para mostrarse, y que no es suya sino de otro y de otra y otro más, una moda que los acompleja, que trasunta más máximas que nunca y busca en los límites de todas las cosas un sentido alegre -y mentiroso- para ilustrar el perfil de nuestras vidas necias y aterciopeladas. Nuestra idea, ¡gran idea!, de asirlo todo con las dos manos, argumentando que todo es demostrable, nos teletransporta a un empirismo radical que todo lo mueve, una objetividad que nos hace resumir cuando es hora de inventar, platicar o argumentar; un hambre y ganas de simplificarlo todo corroe nuestras entrañas, injerta prisa a nuestras venas y sacude los límites de la condición humana, arrojándonos, sin remedio, a un caos de la razón nunca visto hasta ahora y que a todos y todas nos envuelve.

Está claro que uno de los vicios de las personas y causa del noventa por ciento (clínicamente probado) del aumento de la depresión y de otras enfermedades mentales es el exceso de pensamiento. Quizá por ello nos limitamos a pensar en aquello que es importante dejando abajo, más allá de los glúteos, lo que no. Pero hay que advertir una gran indiferencia que nos hace más vulnerables ante las modas, perdiendo la capacidad -o interés- de discernir acerca de algo que puede ser considerado como un principio irrevocable. Pero es ahí donde confundimos la falta de voluntad en criticar o posturar acerca de un hecho determinado con lo que real y verdaderamente nos han enseñado durante los últimos veinte años: esa misma y constante negación de todo aquello que no interesa, es improcedente o sobre lo que, simplemente, existen dudas. Lo que no nos damos cuenta es de que con ello nos acercábamos a una nueva era, donde lo superficial ganaba la partida a la razón, al criterio, al pensar. Nuestros intereses han pasado de ser críticos con nosotros mismos a comernos todo lo que nos venden, ya fuere sabroso o amargo, dulce o picante.
Y ahora, cuando hemos querido evolucionar, en estos últimos años, hemos comprendido que lo único que estábamos haciendo era copiar, emular y remover las conciencias -las nuestras- volviendo nuestra mirada hacia el Dadá, la estética pop de los ochentas, el "old techno" y todas las variantes de una palabra que, ahora más que nunca, sabemos lo que significa: retro. Pero lo que no nos damos cuenta -todavía- es de que este guiso, que es cada vez más espeso, llevaba durante todo ese tiempo las mismas letras de esa palabra maldita que nos condujo a éste: psique.




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viernes, 27 de agosto de 2010

Ser negativo por naturaleza o ser negativo por obviedad (Opiniones, III)



Más que una moda, el auge de las tendencias "coaching" viene por la incapacidad del hombre y mujer de hoy por manifestarse a sí mismos, enfrentándose a sus miedos personales y al mismo contacto con lo social, que les tiene tan desquiciados como sometidos; ya fuere por la falta de orgullo o de objetivos que la sociedad actual, meláncolica en exceso y depresiva por consecuencia nos ha traído, en las últimas décadas, una nueva etapa epicúrea donde el hombre vuelve a yacer, víctima de sus instintos, convirtiéndose en un subproducto zombiesco de lo que fue, despersonalizándose más y más cada día.



La vida es un misterio más oscuro de lo que, a veces, podamos llegar a creer. Cuando transformamos nuestros deseos en cosas más someras, reales, alcanzables, abordamos nuestros destinos con pasión y alegría, cualidades muy humanas que todos poseemos. Pero, a menudo se nos acontece difícil de poder alcanzar un punto de unión entre ellas y el libre albedrío.
La suma de experiencias y reflexiones con las que actuamos en nuestras vidas la solemos llamar con una palabra más corriente. El "carácter" para muchos de nosotros es una forma de ser o una sinergia vital en continuo contacto con la vida que nos tocó de llevar desde que nacimos, en nuestro ambiente (familia, amigos o trabajo). Puede ser el germen de muchos errores e iguales experiencias que -si conseguimos de adaptárnoslas y adaptarnos a ellas- pueden ayudarnos a una ligera mejoría.
Ser humilde y no orgulloso es la clave de todo, lo que me hace pensar en todos aquellos botarates que creen que el individuo se le puede educar, emocionalmente, acordándome -al tiempo- de esa frase de un empresario catalán, de Lleida, que se llama Emili Duró y que dice: "No te preocupes demasiado con la vida, que nadie sale vivo de ella".



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jueves, 26 de agosto de 2010

Los porqués de la literatura (Opiniones, II)







Aunque con grandes divergencias, literatura y escritura han sido consideradas, tanto por lectores como escritores, como productos afines.
Asidos por los conceptos que transmiten una realidad parecida, un ejercicio maquinal que, desde hace milenios el hombre ha buscado en diferentes culturas y el cual le ha valido y propiciado su esplendor y evolución, cabe diferenciarse ahora, y siempre, ya que la literatura -como género artístico que es- y la escritura -como variante expresa de la palabra y canal transmisor de la misma, que también es- aun corriendo del mismo vehículo que las une: la publicación, son más antagónicas de lo que podríamos imaginar.
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En estos últimos diez años, con el cambio de milenio, un gran interés por los caminos que la ciencia ha dejado a medias, o que no ha tratado, suficientemente, en toda su dimensión -como la psicología- han creado un profundo impacto en nuestras conciencias, hasta tal punto de querer, cómo decirlo, reinventarnos a nosotros mismos. De allí surgieron toda una serie de líneas, con atropellados nombres y distintos significados, los cuales, en voz de filósofos, psicólogos y académicos, "no significan nada". Estos nuevos gurúes del conocimiento del siglo XXI, se enzarzan en disquisiciones sobre aspectos del conocimiento humano que se remontan a las épocas de Aristóteles y Dioniso de Halicarnaso, escrutando ideas que ya sabemos, sin contar nada nuevo, a la par que residen en una peripatética discusión académica que no le llega a la suela de los zapatos cualquiera -también sobre esta temática- que pudieran haber protagonizado Jung y Freud hace casi un siglo.

Hace poco más de un mes, a uno de esos nuevos "eruditos del PNL", como los llamo yo, le dejé un ensayo que escribí hace algún tiempo y, que en muchas de sus funciones básicas, contiene muchas ideas que, precisamente, "estudiosos" como al que se lo dejé pretenden remontarse. Me dijo que me lo quería devolver, que no lo entendía. Yo me negué, un regalo es un regalo; pero lo que me dejó sin habla, y me obligó a pensar no fue eso sino su incapacidad de leerlo y lo que es más grave, de entenderlo. Había confirmado todas mis conjeturas. Mi teoría era, del todo, cierta.

Aunque el PNL es un fenómeno que se estudió ya en la época de entreguerras, del que el uso más recurrido -y por el que lo conocemos- es la propaganda, un súbito influjo, quizás causado por todas esas series de televisión (House, CSI, etc.) que remueven conciencias, nos han demostrado que, lejos de profundizar en explicaciones verdaderamente interesantes para la evolución del conocimiento humano, también la mente "puede estar de moda".

Si la escritura es algo que, en términos médicos, podemos identificar con un cuerpo u ente objetivo, la literatura es la suma de lo subjetivo y lo objetivo, ello para ahondar hacia lo que científica y coloquialmente conocemos como "evolución".

Citando pues, algunas de esas aventuras -como el Coaching-, podemos descubrir los engranajes que mueven el interés mismo del ser humano por alterar el orden existente, para convertirse en el anticoncepto de todo. Lenguajes físicos y expresivos que han aunado -si cabe- en dos aspectos: la fragilidad de la psique y las relaciones sociales -siempre convenientes- que los humanos necesitamos para nuestra supervivencia y, lo que es más, bienestar.

Y volviendo al centro del artículo, podríamos definir de un modo parecido al embrión que decide separar al escritor del escribano, los cuales -aunque se diga- son y fueron siempre profesiones diferentes. Mientras que englobamos la escritura como a un sustantivo que define la metodología y semiología del lenguaje, la literatura es el arte que lo ensalza.

Los psicólogos utilizan los talleres de escritura para elevar el estado anímico de algun@s de sus pacientes. Sólo existe una diferencia entre escritores y pacientes; algo que, en el renacimiento llamaron "humanismo". El interés por transmitir conocimientos a otros es un estímulo que permite reencontrarse con el "yo", ensalza tu autoestima pero también la voluntad de mejorarse a sí mismo, ya que el contacto con el gran público hace eso posible, al sentirte útil. Y es por cosas como esta lo que nos separa de "otro" tipo de escritores, o sea, los que escriben por escribir.


Para ello, el escritor se ha valido, a lo largo de los siglos, de la capacidad de unir dos aspectos que evocan un hedonismo que siempre ha estado ligado a la imagen de este impertérrito y perenne bohemio. Si la escritura es algo que, en términos médicos, podemos identificar con un cuerpo u ente objetivo, la literatura es la suma de lo subjetivo y lo objetivo, ello para ahondar hacia lo que científica y coloquialmente conocemos como "evolución".
El laberinto de pasiones que se hallan en la mente del ser humano desde que nace, y a lo largo de su existencia, son para el escritor, el motivo vital que le impulsan a manifestar el equilibrio entre su vocación y creatividad. Si ello lo intentáramos explicar a aquellos seudocientíficos que acuden al PNL para argumentar su nulidad en el campo de la razón y las relaciones humanas, ya lo saben: no nos entenderían. Contradirían sus propias normas, ya que la pieza clave que les quedaba por descubrir: que el autocontrol de las pasiones no es propiedad exclusiva de un tercero. Y eso porque no es el carácter lo que hace al hombre sino sus inquietudes espirituales, las cuales pueden anunciarse tan impersonales e irracionales como los mismos impulsos, los cuales son la cuna de nuestra psicomotricidad y por ende, del estímulo, piedra filosofal de nuestro sistema nervioso.
Y dado que no todo se puede diagnosticar "lógicamente", al no ser blanco o negro, tampoco la escritura y la literatura pueden ser términos idénticos, pese a que sean parecidos.






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martes, 24 de agosto de 2010

No es país para estrellas (Opiniones, I)


En la foto: Antonio de la Rúa, el presidente de los EUA, Barack Obama, y la cantante Shakira Ripoll.








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La misma estrella que inundó el Palau St. Jordi
o el Camp Nou, yace víctima -al saltarse algunas
normativas municipales barcelonesas- de las
"multas de los políticos".



Ocurrió hace dos o tres días tan sólo. En verdad, es que no me acuerdo bien. Pero, ¿qué más da?. No es precisamente de "memoria histórica" de lo que quería trataros aquí. Fue otro tema, quizás, más grave. Corrió como la pólvora. Shakira, en otro de sus vídeoclips musicales -de facturación barcelonesa, esta vez-, había arrasado con todo.
Y aunque eso es algo habitual en ella, no contaba con la delgada pero pesada losa de la ley. Y nadie, aunque muchos la escalen, está por encima de aquella.
Lo que más pena me da es de que haya sido de la mano de un gobierno que día tras día, hace del impuesto, más que una obviedad, de una "obligación natural" para la supervivencia de la mayor tecnocracia jamás vista ni oída.
No quiero decir de que los arbitrios no deban ser unánimes -nadie se salva de ellos-, pero, de aquí a convertirlo en un arma de propaganda política lo veo un tanto, cómo lo diríamos, "inapropiado". Y digo eso porque lo que piensas que es correcto, a veces te la quita (la razón). Es ley de vida, y la gran masa social, que es la que apoya -o decide no hacerlo-, la que tiene la última palabra.
En un país considerado como la cuna de la cultura -y que sin embargo es donde existen menos esperanzas de vida para los que nos dedicamos a esta profesión-, cuya Consejería de Cultura -de la Generalitat- dispone de foros online con presupuesto de "cancha de fútbol" (como el que sostiene el portal QUÈLLEGEIXES.CAT, para el fomento de la lectura, valorado ¡¡¡en cerca de 720.000euros!!!), nos forman una idea de donde queremos ir a parar.
Y ha sido el caso de Shakira, no por quién es sino por lo que representa, que hemos despertado a ese viejo fantasma de la exclusión, y que por ello -en todo el mundo- se nos conozca de una forma diferente a la que queríamos mostrar.
Tampoco digo que a algunos no se les pueda tocar; no estamos en la antigua California, ni en la nueva; pero si andamos por esta dirección, no creo que falte mucho para vernos en un "Ok Corral" donde los que disparen, y reciban los balazos, sean los mismos: los que promulgan las leyes y muestran al mundo lo ridículos que somos los catalanes y, sobre todo, toda esa "línea ofensiva" que forma la "Conselleria de governació". Los otros: ya no estarán entre nosotros. Habrán cruzado la frontera que nos separa -por ahora- del país vecino.

Un triste final para Catalunya; un país que empezó siendo de estrellas para acabar estrellado.







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Artículo:
© By "El Eterno Aguafiestas",
enviado especial de LITERATURA DEL MAÑANA en Barcelona.


Fotografía:
©http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Obama.jpg .




jueves, 19 de agosto de 2010

Entre dos mundos... and@ perdid@ (artículo)




Hace unos meses, conocí a una chica. Era rubia, eso sí, pero no de natural. Aunque no me lo dijese, intuyo de que el suyo sería el castaño u el azabache. Alta no era en exceso, altura que quizá igualara su “pretendida personalidad”, la cual engañaba más a ella misma que aquéllos a los que deseaba embaucar.
Lo cierto es que era una de ésas de las que “enamoran”, pero le faltaba aquello que todo el mundo -o la mayor parte, al menos- posee: sentido común. Ella lo tenía. A su manera, claro. Esa era una de las palabras que solía utilizar, cuando estaba conmigo al menos.
Tenía un suave, y sencillo, problemilla: no había probado el sexo desde hacía meses; yo más bien diría décadas. Quizás no lo hubiese probado nunca, y era una lástima porque estaba muy apetecible.
Sus reacciones querían ser normales, “querían” he dicho. Yo las veía más simples y predecibles que la alquitranada palabra que sus labios sensuales tipografiaban sin cesar. Clar@, toda ella estaba de contenerse una y otra vez. Parecía haberle cogido gusto a esa vida. Se había acomodado. ¿Qué placeres tenía?. ¿Cómo se divertía?. Era algo que no me cabía en la cabeza.


Siempre he pensado que los escritores pensamos un poco más y más rápido que el resto de mortales. No nos consideramos científicos, mas no argumentamos los pensamientos de una forma “exclusivamente lógica”, nadie nos leería; pero podríamos decir de que lo analizamos todo -o casi todo-, sea bueno o malo, más interesante o menos. El colmo de la estupidez es que la mayoría de escritores no nacemos como tales. Yo, al menos, no lo he visto como una profesión, ni siquiera vocación; lo veo más como un impulso, algo que le da sentido, llena y complementa nuestras vidas; una necesidad. Claro está de que algunos -como en el ajedrez- tienen más de cinco ideas -a la vez- en la cabeza; una selección natural, que, a todos nos mueve y que, del mismo modo en el que dos negocios no funcionan igual, tampoco hace que todos los escritores podamos suscitar el mismo interés.



Estamos en una categoría diferente. Igual que los espías, tenemos que vivir con dos, tres, cuatro, cinco vidas, o más -las de todas nuestras historias- para desconcertar, a tiempo para vivir la nuestra y propia y la otra que nos impulsa a escribir.



Vistos como bohemios -en el pasado- y “yuppies de la pluma” -en el presente-, estamos ya hastiados de oír palabras como perfección y vehemencia. ¡Sabemos que no existen!. ¿Qué sería del trabajo sin el placer?, ¿y del placer del trabajo sin el trabajo?. Y no es un sofismo. Es una realidad, nuestra realidad, la que nos hace más entendedores a los ojos del lector, ya que al buscar en el sentido común y ser lógicos en su contenido, demostramos de que somos un@ más de ellos, y nos leen.




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Ángel Brichs©


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Nina Nikolova©


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