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domingo, 7 de febrero de 2010

El EXTRAÑO (microrrelato)


Desde Guatemala, nuestra amiga y colaboradora, Aída Niederheitmann, nos trae un nuevo relato, el cual pasará a formar parte, próximamente, de su nuevo libro "El Abuelo que fabricaba Memorias". ¡Qué lo disfruten!





El EXTRAÑO



Se preguntaba sorprendido si la postura de la persona que permanecía frente a él era la adecuada. Consideró que no podía existir otra actitud. Dijo para sí, que si aquella persona utilizaba esa compostura, probablemente no existía una manera diferente de actuar. Que esa debería ser la actitud más antigua y que usualmente el comportamiento de las personas que laboraban en ese lugar era el mismo.

Abrió la boca del tamaño de un túnel, expresó que le parecía extraño que en lugar de saludar con la mano, lo hicieran con el pie, y que al mismo tiempo le parecía extraño que las féminas en lugar de usar falda, vestido o jeans usaran ese horrible overol que les proporcionaba aspecto de obreras, y realmente no tenían esa apariencia.

Estuve tentado a preguntarle en que forma creía él que se debía vestir una mujer, pero como sabía de antemano que diría todos esos chismes que acontecieron en otra época, en otra dimensión, decidí guardar silencio y dejar que observara los otros objetos que existían a nuestro alrededor. No pasaron inadvertidos para él los uniformes blancos colocados en el escaparate de vidrio, ni la neblina propia del lugar; tampoco las bancas color naranja instaladas en forma circular que se encontraban en un desnivel a la entrada del local en el que estaban las oficinas principales. Preguntó porqué todo era blanco. Le informé que el blanco da sensación de claridad, que es el color de la luz solar; además simboliza la paz. Aquí se utilizó principalmente para proyectar paz y luz. Además, como refleja el sol, se percibe un calor infinito aunque se creyera lo contrario. El contraste resultaron ser los overoles azules y las bancas anaranjadas; color éste último, que se utilizó como complemento del azul. Lo pasé adelante de la oficina del que él creía que era el patrón, no sé cómo hizo para diferenciarlo de entre todos. Pues al igual, vestía overol. De seguro tenía la tendencia servil, de inclinarse ante quien consideraba patrón, y al ver que irreverente saludé con el pie, por poco y cae con desmayo pues cuando entramos en la oficina, me miró como acongojado. Al presentarlo, hizo exactamente lo que imaginé, se quitó el sombrero, lo puso sobre su brazo izquierdo y con una inclinación de cabeza extendió el brazo derecho para saludar. El mismo, o jefe para él, le dijo que se sentara y que no había necesidad de tanta ceremonia, me volvió a ver incrédulo y no pude disimular la risa que empezaba a emanar de mi boca.

Cuando salimos, me preguntó que si no sabía que hacía él en aquel lugar, a lo que contesté que aquí se llega casi sin saber porqué, pero se llega. Que realmente ignoraba cual había sido la causa de su presencia o los medios que había empleado para su aceptación; naturalmente me desconcertó su pregunta, pero de todas formas le dije que no se excitara, que poco a poco iba a admitir su nueva residencia, era cuestión de esperar, que cuando transcurriese la etapa pre-muerte se daría cuenta del motivo que lo había impulsado a llegar aquí, se sorprendió aún más, no comprendía el significado: pre-muerte. Le pude haber informado que era la sala de espera para dar el brinco a lo desconocido, o bien sala de espera para regresar a la realidad. De seguro su ingreso fue como el de un tipo que la vez pasada se presentó delante de mí y casi amenazante me dijo que quería regresar de donde venía, en ese caso el sorprendido fui yo, porque se supone que quien llega aquí lo sabe de antemano, solo en caso de haber sido golpeado en el lugar denominado cabeza en el momento antes de cobrar conciencia de que se va a morir, se pierde por completo la relación con la realidad, y cuando se vienen a dar cuenta es porque ya están dentro. Sin embargo, consideré prudente no decirle en donde se encontraba para evitarle un choc.
Lo conduje casi imperceptiblemente al salón circular de las sillas naranjas, en el que debía permanecer antes del examen final. Examen indispensable para continuar con el proceso de adaptación. No se resistió. Al contrario, considerando su extrañamiento del inicio, su sumisión me pareció un acto de inconciencia. Se sentó sin ninguna indicación en la tercera fila, sillón uno. Le entregué el formulario que había que llenar como simple requisito, y empecé a cortarle el cabello hasta la rape. Cuando me entregaron el camisón blanco para ponérselo, el individuo contaba del uno en adelante, exactamente como contando ovejas para conciliar el sueño.



Copyright:


Del relato:
Aída Niederheitmann©


Imagen:
Abi Pap, 2006©


Publicado en este blog bajo el consentimiento de la autora:

1 comentario:

Nemesis dijo...

Hola, voy a tomarme la libertad de hacer un comentario y es que el relato ciertamente esta bien elaborado, tiene concordancia y no pierde la coherencia durante el mismo, es un modo diferente de ver o relatar la transicion de vida-muerte, es algo mas burocratico,
Las palabras estan bien utilizadas, pero el lenguaje es un poco pobre, y se queda algo corto aunque las descripciones son muy concisas y nada mas que lo necesario para el largo del relato lo cual es muy apropiado.

El simbolismo de los rusticos overoles azules contrastando con el estetico ambiente blanco es algo inquietantemente familiar.

Es un estilo un tanto diferente a lo que he visto de su parte pero no deja (para nada) de ser bueno.

Corto y bueno, dos veces bueno...

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