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lunes, 22 de febrero de 2010

Los leones blancos (cuento)


"Un interesante relato que describe ese vacío existencial que padece el ser humano, el cual siempre busca ese "beatus ille" atemporal, aquí truncado por la realidad del visitante del parque de las fieras, que busca en vano alguna conexión con el mundo animalizado en el que vive y las bestias del zoo, que, contra todo pronóstico se muestran menos salvajes y más civilizadas que él; ya que ellas tienen un fin, un objetivo, algo por lo que vivir, cosa que, en su imparable alienación, el ser humano va perdiendo día a día."
Ángel Brichs
escritor y crítico literario





Los leones blancos


Majestuosos, solemnes, indiferentes: los leones blancos. Ahí están, de espaldas a los ojos del espectador que los mira curiosos. Son una pareja de leones blancos encerrados en el zoológico. Están al sol, como yo, un sol de cuarenta grados, verano, maldito verano en la ciudad, una ciudad tan encerrada como esos leones, en apariencia sueltos en su lugar redondo, de tierra seca, tan indiferentes a su destino como ella.
Tal vez piensan en sabanas, en lejanas selvas exhuberantes y húmedas, quién sabe.
Tal vez corren un venado, se separan, ella sale a cazar. Meses después la leona ha parido dos o tres hijos. El león escapa de un cazador furtivo y lo celebran. Comen entre los dos, ella y él y los tres pequeños vástagos un delicioso venado. Le han arrancado la piel, la carne, se lo han comido hasta chupar los huesos. Las fieras se relamen de placer. Gozan de la selva, del rocío en las plantas de los pies al caminar, del agua fresca que van a beber a un lago cercano. El león se mira en el espejo acuático, ve dos ojos, una mirada extraña, no sabe o sí sabe que es la de él. No teme. Tampoco sabe que él es un león blanco, una especie distinta, poco común y que algún cazador codicia para lucir su cabeza, su piel en el living de su casa.
Esa pareja de leones blancos mira hacia el otro lado, donde un cerco verde de arbustos y de plantas los separa de otros ojos, de otras miradas. Nadie le puede ver los ojos a ese par de fieras. Un pájaro grita a lo lejos, en una jaula, seguramente un guacamayo o un loro, como sólo puede hacerlo un pájaro tropical. Camino por el sendero de tierra mirando jaulas, animales, monos a los que algunos les dan de comer. Les arrojan alimento que los monos toman, otros, indiferentes como los leones blancos miran hacia arriba, hacia la nada. Silbo a uno de los monos, me mira, parece ciego de no ver, de no importarle, tan habituado está al encierro, a la soledad.
¿Dónde está la salida? de pronto me he olvidado por dónde vine, he olvidado el camino y el mapa. Se va haciendo de noche, pronto cerrarán las puertas del zoológico. Los pájaros han comenzado a cantar y a refugiarse en los árboles, el atardecer siempre tiene ese canto triste y confuso de los pájaros. Es casi de noche y no sé cómo saldré de ahí, aunque escucho lejano, el sonido de una campana y un altavoz que dice: en diez minutos este zoológico cerrará sus puertas hasta mañana.
Alguna vez, en una situación similar, aunque mucho más fea, pasé la noche en un silencioso y oscuro lugar. Los mármoles, las placas con nombres y fechas grabados, las tumbas blancas y yo caminando por ahí como un espectro, llamando a quien se suponía que sólo estaba durmiendo, desesperadamente. Aunque él no escuchaba, sólo dormía. ¿Dormía realmente? Me tendí a su lado, el piso estaba demasiado frío.
Como un Daruma, un muñeco japonés de papel maché que representa a un monje budista, sin importar las veces que caiga, siempre se levanta simbolizando así la perseverancia y el esfuerzo continuo, me levanté.
Tuve que esperar en ese horripilante aunque calmo escenario nocturno, rodeada de sombras y tenebrosos silencios, a encontrar la salida. Al lado del lugar había una fiesta: luces de colores como guirnaldas de carnaval cruzaban el espacio nocturno y mucha gente entrando y saliendo de ahí, se escuchaba una música alborotada. La entrada era cara, carísima para mis modestos bolsillos, en ese momento sólo tenía algunas monedas. Decidí esperar. La luz del amanecer no tardaría. Si el sol siempre sale, la tierra da vueltas, sería demasiado extraño que no lo hiciera esta vez. Y esperé, esperé hasta ver los primeros rayos de luz y la gente, el movimiento del mundo de los vivos aparecía por primera vez , las personas iban y venían, reconocí las caras, era de día y salí, sin miedo, sin temor de juzgar ni ser juzgada.
La jaula del cóndor está un poco más lejos, el ave mira el cielo con las alas dispuestas a volar en la cúspide, entre las rejas. Parece una marioneta que alguien hubiera puesto ahí como adorno, pero sólo es un pájaro inerte sin sus cumbres, sin montañas. Tal vez él también sueña con otros cielos, otras cumbres, otras montañas.
El día es soleado, el cielo azul y diáfano hace de escenario para que el cóndor crea que puede volar libre alguna vez. Tal vez lo haga.
El hipopótamo estará en el agua, ahora no se ve. El cocodrilo sólo aparece en un cartel que da su nombre científico, alerta contra posibles peligros de caer en ese lugar cerrado y acuático. Y así, recorriendo las jaulas, mirando animales, oliendo a fieras encuentro como de casualidad el lugar, la salida, el exit. Y una vez ahí afuera, respiro aliviada, voy haciendo el balance del día, contándome a mí misma recuerdos, imágenes, símbolos, sin saber si a la vuelta de la esquina o más tarde me encontraré de frente con esos leones blancos, podré mirarlos a los ojos y salir corriendo, abdicada ya su indiferencia o tendré que pasar otra noche oscura, esperando el amanecer, en algún tenebroso lugar, porque quién sabe cuáles son los sueños, cuál es la realidad.



Copyright:


Del relato:
Araceli Otamendi©


De la imagen:
Abi Pap, 2010©


Publicado en este blog bajo el consentimiento de la autora:
www.literaturadart.blogspot.com




4 comentarios:

Pluma Roja dijo...

Un buen cuento, que nos lleva por la angustia existencial del ser humano. esa angustia que no cesa ni aún al final de sus días, porque la angustia cambia, superada la anterior.

Interesante,

Saludos cordiales,

Hasta pronto.

Pluma Roja dijo...

Interesante relato que nos lleva por la angustia del ser humano, angustia que nunca termina. Superamos una, y caemos en otra.

Saludos cordiales,

Hasta pronto.

Creí haber dejado un comentario, pero no estoy segura.

Araceli Otamendi dijo...

Gracias por publicar mi cuento.
saludos cordiales desde Buenos Aires,
Araceli Otamendi

Araceli Otamendi dijo...

Gracias por este comentario.
saludos cordiales desde Buenos Aires.

Araceli Otamendi

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