¿Qué lecturas os seducen más?

jueves, 19 de agosto de 2010

Algunos Colones de la literatura actual (artículo)



Muchos dicen, que, las fuentes del mestizaje cultural hacen peligrar -del mismo modo en el que opinan algunos biólogos posdarwinistas- la continuidad -en su perfección- de algunas tradiciones que siempre han existido. Lo cierto es que, cuando hablamos de estandarización lingüística, y la enfocamos dentro de un territorio determinado, podemos observar, aun en el mismo epicentro donde se forjó dicha lengua; hablando del caso castellano, España, todo un correlato de distintas semiologías y aspectos diferenciadores que las destacan, tanto en su fonética como en su morfología, dándole un resultado final que conocemos con el nombre de léxico o vocabulario.
En función del carácter colonizador, es decir, de supremacía o estirpe belicosa del pueblo que la constituye, en el caso español, como tantas otras potencias europeas conocidas como imperialistas, adquirió un trazo superior. Y es que es precisamente en la confrontación, en el entrar en contacto con otras lenguas -que un idioma evoluciona- como inició, hace más de quinientos años, la lengua castellana. Pero vayamos más allá; intentemos profundizar en los cambios que pueden transformar un idioma, incluso su proceso normalizador. Como establece Édouard Glissant, una de las plumas más destacables en la literatura antillana actual, los recursos lingüísticos de los territorios que padecieron -y padecen aún- los efectos de la descolonización, deben optar por no caer en la influencia masiva que la semiología ancestral produce en el idioma que importaron los colonizadores. Sólo así, en una mezcla que no produzca conflictos, y asiéndote en los valores de una y otra, será posible rehuir ese excesivo embellecimiento formal, pudiendo mantener ese "continuum", a fin de abogar hacia una progresiva estandarización de la lengua.
Aunque, a decir verdad, si satelizamos todo el léxico que ha permanecido inmaculado a la destrucción de la literatura estándar, coadyuvando a esa otra hispanoamericana, por medio de dialectos amerindios y expresiones criollas -tan exóticas como de una belleza formal sin precedentes-, ¿qué nos quedaría?.
¿Realmente conviene anular, en lugar de crear?. ¿Y si lo que tenemos, ya existe, sin necesidad de crear nada?. Desde el lumfardo al castellano de Nueva Orleans, existe una interminable serie de recursos sintácticos que han formado una variante propia, en continua evolución y diametralmente opuesta -aunque dotada de las bases formales de la lengua colonizadora- que se nutre a sí misma a lo largo de más de cinco mil kilómetros que son testimonio de la hiperculturalidad de la América Latina; una herencia que se nos descubre en forma de puente que, aunque a veces no se quiera, debe abrazar dos continentes, y es precisamente en esa unión invisible, en esa rama de expresiones dispares, donde reside la auténtica literatura, los Colones literarios, como podemos apreciar en este fragmento de la novela Última rumba en La Habana, del cubano Fernando Velázquez Medina:



[El día que maté a Juan el Muerto, que lo volví a matar, el aire tenía una consistencia caliginosa tan adicta como algunas visitantes asiduas al solar de Ángeles, esa casa solariega trocada hoy, ahora, en su propia excrecencia. Mi abuela Fé decía, sentada en una recia mecedora que soportaba, impasible, sus trescientas cincuenta libras, decía que esas mujeres eran de ampanga, palabra que aún hoy no he logrado definir nítidamente, pero sospecho con desgana un significado oscuramente salaz.
Ese verano en que el Muerto volvió a morirse, el zaguán del solar resultaba tan cálido que recordaba al infireno cantado por Benny Moré -ese calor e infierno / que me abrasa la frente- y se confundía en mi mente con los rumores de su agonía.
Sentada en la escalera de madera semipodrida que asciende hasta las cuatro piezas donde vivían mis padres, abuelos y tíos, memorizaba al Bárbaro entrando al solar en compañía de tío Junio y sus ecobios Cuquito y Carlos Embale, los vecinos de enfrente. De enfática risa, alto, todos los hombres suelen ser altos en nuestra infancia, con la pasa planchada, se había mostrado en el cine mediante una difusa película mexicana y las mujeres andaban bobitas detrás del negro. ¡El Bárbaro de Ritmo! ¿Cómo se pudo morir un tipo así?
Sigo sentada y veo, de veras, entrar a mi tío: pero viene solo, de cargar y descargar sacos de chícharos de los barcos y estibarlos en las bodegas de los almacenes. Todavía los ñáñigos controlan los muelles; son más fuertes que la madre de los tomates. Mi tío pasa, me toca la frente y dice: en boca cerrada...].



Todo un precepto ético-lingüístico que exime fronteras.




Copyright:


Artículo:
Ángel Brichs©

Publicado en este blog bajo el consentimiento del autor:
www.literaturadart.blogspot.com




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